Sociedad

La barbarie sindical argentina

¿Cómo habría de clasificarse a aquellos que impiden las reformas necesarias para que vuelva a existir la movilidad social en un país que alcanzó un 72% de niños pobres en su provincia más poblada?

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La cámara de celular, indolente, recorre la escena. El hombre, calvo, lleno de ira, recoge la silla y la abanica una, dos, tres veces, como si intentase ahuyentar la barbarie a golpes de caño y lona. Sin embargo, al igual que la cámara, también las bestias son indolentes a la acción y tampoco se inmutan. Sólo se limitan a espetar un “calmate, loco”. Pero el “loco” (que no es loco, sino un hombre cansado y desesperado) no da cuenta de la indicación y sigue pidiéndole al chofer del camión que “les pase por arriba”. Finalmente abre la puerta, sube al asiento del conductor y es él el que atraviesa los portones de la empresa. Como último estertor, coronando el delirio, penetra en off el latiguillo que hace de telón: “Vas a salir vos solo, conchudo”.

El periodismo argentino ha elegido como estrategia desinformativa exhibir nuestras miserias diarias en tono de indignación, sin agregarles la más mínima editorial que pueda hacer que el gran público, ese que luego vota y elige dirigentes, entienda por qué pasa lo que pasa.

El continuo, con potencial cinematográfico, se dio en Chaco este último 10 de febrero, cuando Enzo Meucci, titular de la firma Don Sendo, se enfrentó a miembros del Sindicato de Aguas y Gaseosas que bloqueaban la salida del centro de logística intentando que los empleados de la distribuidora, afiliados al Sindicato de Comercio, migraran de facto al suyo.

Escenas así se han repetido hasta el hartazgo, haciendo que lo que podría ser considerado solo una anécdota, se haya vuelto en los últimos años un Modus Operandi que algunos llaman “el método Moyano” por haber sido éste, como en tantas otras perfidias nacionales, el vanguardista impulsor de una metodología que ya ha llevado a múltiples enfrentamientos, heridos y al cierre empresas.

Mientras el presidente de la Nación se abraza al titular del Sindicato de Camioneros y lo señala, con lágrimas en los ojos y la voz tomada por la emoción, como un “sindicalista ejemplar”, la Justicia avanza en no menos de siete causas que podrían terminar con condenas en breve, porque “ninguna norma autoriza la coacción”, tal como supo afirmar el fallo de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional que en diciembre de 2021 confirmó el procesamiento de cinco representantes del Sindicato de Camioneros por el bloqueo realizado en 2020 al depósito de Villa Soldati de la empresa Andar Transportadora.

Sin embargo, nada de esto es lo importante. Es solo la punta de un iceberg enorme del que la mayoría parece haber dejado de percatarse.

Antonio Paulino Mucci, fallecido en 2004, fue un sindicalista argentino, proveniente del sector gráfico, que asumió como ministro de Trabajo en el período 1983-1984, de la mano de Raúl Ricardo Alfonsín. Su apellido pasó a ser recordado por haberse transformado en el título de la última ley orientada a enfrentar el enorme poder sindical. La “Ley Mucci”, como habría de pasar a la historia, se planteaba entre sus objetivos la normalización de las elecciones sindicales, la limitación de la reelección de los sindicalistas a cargos electivos, la garantía de representación de las minorías en los consejos directivos, el quite a los sindicatos del manejo de las obras sociales y la promoción de nuevas organizaciones sindicales. O dicho en criollo: el recorte de poder de lo que en aquél entonces se denominaba en los pasillos de la Casa Rosada como “El Partido Sindical” que, junto con “El Partido Militar”, habían sido durante décadas los grandes concentradores del poder antirrepublicano y antidemocrático en Argentina.

Ubaldini (líder de la CGT de aquél entonces) limó el poder del alfonsinismo con 13 paros generales y el intento de poner en caja a los sindicatos jamás volvió a practicarse.

El 10 de febrero de 1984, haciendo uso de la mayoría en la Cámara de Diputados, el gobierno radical obtenía la media sanción para la Ley. Sin embargo, la hábil gestión en el senado por parte del histórico dirigente justicialista Oraldo Britos, desde la Comisión de Trabajo que presidía, generó que, tras la presión a varios independientes, la iniciativa cayera por tan solo 2 votos (24 a 22) el 14 de marzo. Luego, la historia es conocida: Mucci renunció y fue reemplazado por un inexperto Juan Manuel Casella en la cartera de Trabajo, Ubaldini (líder de la CGT de aquél entonces) limó el poder del alfonsinismo con 13 paros generales y el intento de poner en caja a los sindicatos jamás volvió a practicarse.

Hoy, 38 años más tarde, de los sindicatos no parece acordarse nadie. Salvo los trabajadores y empresarios que los sufren y de vez en vez los medios tradicionales que, para llenar ocasionalmente su grilla, muestran sin explicación alguna episodios demenciales como el bloqueo a una fábrica, tiroteos a la luz del día para dirimir internas o extorsiones sin ningún pudor a trabajadores para que acaten el capricho de turno de algún señor feudal. Y digo esto de “sin explicación alguna”, porque el periodismo argentino ha elegido como estrategia desinformativa exhibir nuestras miserias diarias en tono de indignación, sin agregarles la más mínima editorial que pueda hacer que el gran público, ese que luego vota y elige dirigentes, entienda por qué pasa lo que pasa.

Y lo que pasa, justamente, es que en Argentina conviven hace décadas dos sistemas absolutamente antagónicos: uno, agonizante, basado en un ideario liberal y exhibido dentro de nuestra Constitución y otro, corporativista, cada día más aceptado y vital, impuesto de facto en la práctica cotidiana. En el primero, sin ir más lejos, todos los individuos somos iguales ante la ley. En el segundo, aquellos individuos que forman parte de ciertas corporaciones adquieren un estatus privilegiado que los habilita a ejercer coacción a empresarios, presionar a los gobiernos de turno, imponer políticas públicas, manejar enormes cajas del Estado y, todo eso, sin ser jamás legitimados por el voto.

En Argentina conviven hace décadas dos sistemas absolutamente antagónicos: uno, agonizante, basado en un ideario liberal y exhibido dentro de nuestra Constitución y otro, corporativista, cada día más aceptado y vital, impuesto de facto en la práctica cotidiana

Así las cosas, la Constitución Argentina fue reformada de facto sin que a “Doña Rosa” (utilizando la vieja expresión periodística) se le haya consultado nada o, lo que es peor, sin que esta siquiera se entere.

Quizá el lector ocasional crea que llamar “bestias”, al inicio de la nota, a los sindicalistas que bloqueaban la empresa haya sido un exceso. Pero pregunto: ¿cómo llamaríamos en un país que hace 11 años que no genera empleo genuino a quienes lo destruyen? ¿Qué etiqueta habría de ponérsele a quienes a fuerza de coacción han generado costos de logística imposibles de afrontar que sólo han favorecido la ganancia de mercados internacionales a nuestros competidores fronterizos? ¿Cómo habría de clasificarse a aquellos que impiden las reformas necesarias para que vuelva a existir la movilidad social de antaño en un país que alcanzó un 72% de niños pobres en su provincia más poblada? Los escucho.

Quizá también el lector ocasional se vea tentado a caer en dos trampas simultáneas que los sindicalistas han utilizado a lo largo del tiempo para legitimarse. La primera, aquella que como un latiguillo espetan sin vergüenza al afirmar que de no existir ellos, “la izquierda radicalizada tomaría las empresas”. Este fantasma les ha valido la protección del poder político por décadas, sin considerar que nada hace más a la propagación de las ideas de izquierda más absurdas que la destrucción sistemática del aparato productivo y la imposibilidad real de que cientos de miles de jóvenes accedan a un empleo y vivan una vida digna de progreso y ascenso social. En segundo lugar, no falta el que afirma que los sindicatos han perdido todo poder y que ahora “la manija la tienen los movimientos sociales”.

Sin lugar a duda, esta es una verdad a medias. Desde ya que la implosión del aparato productivo argentino, de la que son responsables todos los gobiernos por acción u omisión desde la vuelta de la democracia, ha generado un bastión de miseria que fue aprovechado hábilmente por esos actores que fueron romantizados por el periodismo de los años noventa y que son legitimados por gran parte de la intelectualidad argentina hoy. Y sin lugar a duda tampoco deja de ser cierto que en un escenario así los sindicatos han perdido algo de peso específico frente a organizaciones que han sabido hacerse con el control creciente de los recursos del Estado orientados a subsidios y de la logística de movilización de cientos de miles de personas que son extorsionadas diariamente para no perder las migajas que éstos les entregan. Sin embargo, no deja de ser cierto tampoco que movimientos sociales y sindicatos son simplemente dos estadios temporales diferentes, pero de la misma naturaleza, de ese corporativismo que mencionaba anteriormente. No por nada en octubre de 2021 ya se hablaba de una integración creciente de la CGT con la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP) y mientras se escribe esta nota, se rumorea sobre la intención del actual presidente de generar un Ministerio de Trabajo paralelo para Emilio Pérsico.

Hace pocas semanas atrás, conversaba con un trabajador de planta de una reconocida automotriz de la zona de Pacheco, en la Provincia de Buenos Aires. En el corto diálogo, me señalaba que la crisis económica actual había provocado la pérdida de beneficios puntuales para los trabajadores de la empresa sin que el sindicato interviniera en la cuestión. No refería a ningún privilegio ridículo, sino puntualmente al tiempo que la empresa le daba para lavarse las manos antes de acceder al intervalo de almuerzo. Algo bastante razonable considerando que su función implicaba estar expuesto a lubricantes y químicos varios. Frente a mi pregunta de cómo podía ser que esto ocurriese, me respondió: “- El sindicato ni viene a la empresa, ni conoce lo que hacemos. Pero eso sí: cuando hay un acto político te vienen a buscar en camiones porque si no todo se convierte en un infierno”. Si para muestra basta un botón, el dialogo podría pensarse como perfectamente representativo de una lógica sindical que se encuentra más integrada a los negocios y a la política que a la verdadera función representativa del trabajador que se le supone.

Sin embargo, nada de todo esto se menciona en nuestras discusiones diarias. Y sorprende, sobre todo de aquellos que se postulan hoy como alternativas a la política tradicional, no sólo la falta de propuestas concretas para avanzar contra el monstruo que hace casi cuarenta años no se pudo derrotar, sino también el coqueteo imprudente que se hace por momentos con esta bestia, también desde este sector, a pesar de vivir mencionando la figura de Alberdi como espíritu rector. Justamente lo contrario a lo que todo este corporativismo, de origen fascista, representa.

Lo cierto es que sin afrontar los pilares que han propiciado la destrucción de nuestra patria, no habrá retórica ni nuevos bríos que se conviertan en la transformación urgente que este país necesita. Y si el espectro político es llenado con alternativas que carezcan de la visión y la praxis de aquello que parecen prometer, solo se terminará alimentando esa sensación de imposibilidad creciente que vive el electorado desde hace décadas y haciendo que Ezeiza siga siendo, para muchos, la única salida real.

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