Cultura

Hijo de hombre

Augusto Roa Bastos. Novela. Eterna Cadencia, 414 páginas. Edición 2011

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Solo dura el sufrimiento. El sufrimiento tiene una rara vitalidad.
Augusto Roa Bastos

Cuando languidece la producción de novelas como hoy en el Cono Sur, lo mejor es volver a los clásicos. El refugio ideal hasta que escampe. Hijo de hombre fue concluida en 1959, al comienzo del boom de la narrativa latinoamericana, un tiempo en que la riqueza de vocabulario, el esculpido minucioso de los personajes, la trama entretenida, las densidades temáticas y estéticas eran valores que la Alta Literatura de ninguna manera podía soslayar. Otra época. A nadie se le antojaba entonces que una novela podía ser la cosita que cabe en el buche de un pitogüé (Pitangus sulphuratus).

¡Qué librazo tenemos aquí! Fruto -como destaca el prólogo de Sergio Ramírez- de una imaginación impenitente. Va ensamblando fragmentos de la tremenda historia paraguaya, como la Guerra del Chaco, la represión de los alzamientos campesinos de principios del siglo XX o la esclavitud en los yerbatales (el mensú enterrado vivo en las catacumbas verdes). La trama rompe la progresión lineal, va y viene en el tiempo. En rigor, se trata de diez relatos independientes, en los que los personajes se repiten y el sufrimiento de los débiles también. El lector va atando cabos con el correr de las páginas.

La obsesión es aquí una virtud semejante al coraje. Hombres y mujeres atontados, bestializados, a los que el infortunio los ilumina con una especie de recia luz interior. “En lo que tiene que ser no se piensa. Se lo pone el pecho y se acabó”, es lema de valientes como Casiano Jara, huido con su familia del infierno de Takurú-Pukú. O incluso de un antihéroe, como Miguel Vera, el entregador de los rebeldes de las olerías y luego asesino de sus camaradas, enloquecido por la sed (“la muerte blanca“), en la demencial reconquista del Fortín Boquerón. También encontramos cretinos con poder que golpean al pueblo como una peste (caso Melitón Isasi, el macho cojudo o Atanasio Galván, el telegrafista buchón). Todas las historias resultan entretenidas por lo siniestras, transcurren en “un contorno inculto, encallado en el atraso del primer día del Génesis”.

También la expresión ha sido templada con esmero. Hay frases que refulgen como un verso (“en el silencio engrudado de luna y relente dormía el pueblo”). La formidable aunque dulce presencia del guaraní y los giros regionales (“es el destino, dijo el sapo que murió debajo de la tabla”) le proporcionan al texto un sabor exótico y fresco, como la pulpa del mango. La prosa de Roa Bastos, en sus mejores momentos, tiene una tersura incomparable. Vale decir, el lector encontrará una lírica potente, una denuncia social e histórica muy filosa, y un puñado de personajes espeluznantes. Para los amantes de las etiquetas, podría decirse que fue tallado en clave de romanticismo selvático.

Roa Bastos compuso buena parte de este libro extraordinario cuando trabajaba en Buenos Aires como mozo en un albergue transitorio, que es como llamamos los porteños a los hoteluchos por hora que satisfacen la necesidad de intimidad de las parejas. Es posible que el contacto habitual con el sexo sea un poderoso acicate para la imaginación. Recuerdo que Faulkner, que fue recepcionista-conserje en un prostíbulo, decía que no hay mejor trabajo en el planeta que un lupanar para dedicarse a escribir (para un hombre supongo).

Calificación: Excelente

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