Economía

El qué y el cómo del acuerdo

Han transcurrido dos semanas y nadie sabe de qué estamos hablando. Razón de más para que las especulaciones acerca del papel que jugaran los distintos bloques en las dos cámaras del Congreso.

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El anuncio que, en su momento, hizo Alberto Fernández respecto del acuerdo al cual se había llegado con el Fondo Monetario Internacional no fue un globo de ensayo lanzado por el gobierno sino una verdad a medias que —para entenderla en toda su dimensión— requiere una serie de explicaciones. Por de pronto, lo que disparó la necesidad de poner en autos a la sociedad de que el entendimiento con el staff que reporta a Kristalina Giorgieva era prácticamente un hecho fue la reunión de urgencia que el titular del Banco Central, Miguel Pesce, y el presidente de la Nación mantuvieron en la quinta de Olivos horas antes de que el jefe de Estado tomara la decisión. Aquél le hizo saber a éste que en las próximas setenta y dos horas —contadas a partir de ese jueves— la institución a su cargo se quedaría sin margen de maniobra, con sus reservas propias agotadas y echando mano sobre divisas que no puede disponer. En consecuencia había que actuar rápido para evitar el terremoto que se generaría a cortísimo plazo.

Si bien el acuerdo estaba adelantado, faltaban ultimar algo más que simples detalles. Pero el tiempo del que Fernández disponía era por demás escaso, de modo que no estaba en condiciones de perder un solo minuto. Al momento de barajar las distintas posibilidades que se le presentaban, la única que parecía cumplir con el propósito de llevar tranquilidad a los mercados, darle un respiro al gobierno por algunos días, y moderar la demanda de dólares, era salir a la palestra con bombos y platillos y vocear a los cuatro vientos que el tema de la deuda soberana —que la Argentina no estaba en condiciones de honrar— tenía un principio de solución. En cierto modo el gobierno decidió adelantarse a los acontecimientos y proclamar que estaba cerrado lo que, en rigor, permanecía indefinido.

La totalidad de los diputados y senadores, sin distinción de banderías ideológicas, se hallan a la espera de que alguien les informe, con pelos y señales, en qué consiste el Memorándum de Entendimiento. Lo curioso es que está en boca del país y, sin embargo, sigue siendo desconocido.

La jugada —que no implicaba riesgos mayores a los que ya se corrían— salió a pedir de boca en la medida que evitó la crisis que hubiese estallado el lunes posterior a aquel anuncio en cuestión. Sin embargo, debido a la celeridad y la improvisación con que fue dado el paso, quedó abierta una brecha que aún no ha podido cerrarse. Se trata de la letra fina del acuerdo que falta redactar y —más importante que eso— las medidas con base en las cuales el equipo de Martin Guzmán piensa honrar el nuevo compromiso contraído con el Fondo Monetario. Han transcurrido dos semanas y nadie sabe —fuera del presidente de la República, del ministro de Economía y de su mano derecha en la materia, Sergio Chodos— de qué estamos hablando. Razón de más para que las especulaciones acerca del papel que jugaran los distintos bloques: el kirchnerista y las facciones opositoras, en las dos cámaras del Congreso Nacional se encuentren a la orden del día.

La totalidad de los diputados y senadores, sin distinción de banderías ideológicas, se hallan a la espera de que alguien les informe, con pelos y señales, en qué consiste el Memorándum de Entendimiento. Lo curioso es que está en boca del país y, sin embargo, sigue siendo desconocido. En tanto y en cuanto no tengan en claro cuales son sus alcances, difícilmente puedan los representantes del oficialismo y sus adversarios de diferente coloratura política —los hay de derecha y de izquierda por igual— sostener una posición coherente y adelantar la dirección de su voto cuando les toque decidir la suerte del acuerdo en el hemiciclo parlamentario. Aunque existe la convicción de que —cualesquiera que sean los tropiezos que sufra— finalmente recibirá más apoyos que rechazos y que antes del 22 de marzo será aprobado, no todo es miel sobre hojuelas.

La indecisión del Poder Ejecutivo acerca de ingresar el proyecto por la cámara alta o la cámara baja no es una cuestión menor. Revela, de manera inequívoca, las dudas que campean en el campo gubernamental. Ello es más perceptible en la bancada oficialista en el Senado, dirigido por Cristina Fernández. Trascendió en las últimas horas que, desde la conducción del bloque, el formoseño José Mayans le pidió a Alberto Fernández que la cámara de iniciación fuese la baja. La suya resultó una suerte de confesión implícita de hasta dónde llegan las dudas entre sus pares partidarios. En diputados —donde el poder kirchnerista ha mermado notablemente, sobre todo después de la renuncia de Máximo— las cosas lucen mejor para el oficialismo. Lo cual no lo autoriza a cantar victoria por anticipado.

Martin Guzmán no va a explicar su hoja de ruta en razón de que no tiene la más mínima idea de cómo orquestar un plan de ajuste sin que parezca un ajuste. De lo que ha trascendido hasta ahora, entre los compromisos contraídos y las promesas de no ajustar media un abismo que mucho se parece a la cuadratura del círculo.

A esta altura, las dudas, temores y conflictos que genera el preacuerdo —a un lado y otro de la grieta parlamentaria— tienen menos que ver con los capítulos todavía ignorados del documento de trabajo elaborado a instancias del staff del Fondo Monetario y de la dupla Guzman-Chodos, que por las políticas públicas que el gobierno deberá implementar para no caer en default. Expresado de manera distinta: si bien la letra chica se hace esperar, nadie imagina sorpresas. En cambio, tanto en las filas kirchneristas como en las de Juntos por el Cambio —los libertarios y la izquierda han anticipado, enarbolando argumentos disímiles, su rechazo— cunde el temor por razones que nada tienen de parecido. Mientras a aquéllos un ajuste les causa escozor —y algún grado de ajuste, por leve que sea, se va a poner en marcha— a los segundos lo que les preocupa es la suba de impuestos que los funcionarios del Ministerio de Hacienda estarían trayendo bajo el poncho.

En esto pasa algo que no escapa al menos avisado de los mortales. Una cosa es el acuerdo escrito y otra es cómo se cumple. Cuanto se discutirá en las próximas semanas en el Congreso tiene que ver con la primera parte. En cuanto a la segunda, sólo Dios la conoce. Es claro que Martin Guzmán no va a explicar con lujo de detalles su hoja de ruta de los dos años por venir en razón de que no tiene la más mínima idea de cómo orquestar un plan de ajuste sin que parezca un ajuste ni que sea un ajuste. De lo que ha trascendido hasta ahora, entre los compromisos contraídos y las promesas de no ajustar media un abismo que mucho se parece a la cuadratura del círculo.

Los diputados y senadores de Juntos por el Cambio —a semejanza de sus oponentes— no tienen una posición común. Pueda que no haya entre ellos visiones tan encontradas como las que hoy son moneda corriente en las tiendas kirchneristas. De todas formas, las coincidencias no resultan unánimes. De momento, han uniformado su discurso y expresado que van a dar quórum y no van a entorpecer la aprobación, en tanto y en cuanto el Poder Ejecutivo no pretenda crear nuevos impuestos como una manera espuria de compensar su falta de convicción a la hora de bajar el gasto público. Bien leída la declaración, no deja de resultar una generalidad. Anticipar su voluntad de hacerse presentes en el recinto es algo obvio. Lo contrario los dejaría expuestos ante la gente de mala manera. En cuanto a condicionar su voto al tema impositivo, tiene todo el sentido del mundo pero no es tan sencillo como parece.

De su lado, al gobierno hoy le preocupa menos la cantidad de votos que está en condiciones de asegurarse —imaginan en la Casa Rosada que el grueso del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio apoyarán la iniciativa— que la contundencia del triunfo. De cara a los dos años que le faltan para completar el mandato, a la mirada atenta de los mercados y a la visión del FMI, no será lo mismo ganar 90 a 10 que 60 a 40. Una diferencia amplia a su favor les daría a los funcionarios que tienen asiento en Balcarce 50 un gran respiro. Si —inversamente— fuese escueta, otro gallo cantaría. En atención a lo expresado resulta claro por qué hay algo mucho más importante que la redacción del acuerdo de facilidades extendidas y su casi segura aprobación: la forma como vaya a cumplirse, o sea, su ejecución en el curso de este año y el que viene.

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