Sociedad

Cancelación no es Cultura

La cancelación es un artefacto de opresión que opera bajo la sola amenaza de la muerte civil.

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Michelangelo Merisi nació el 29 de septiembre de 1571. Quedó huérfano de pequeño tras una peste que asoló Milán y llegó a Roma en 1592: «Desnudo y extremadamente necesitado, sin una dirección fija y sin provisiones«. Le ofrecieron trabajar en un taller de pintura al servicio de Clemente VIII, donde pintó un autorretrato al que tituló Baco. Viendo su virtuosismo, el cardenal Francesco Maria del Monte, destacado mecenas, le consiguió los encargos más importantes de la ciudad. Allí pintó La buenaventura y Partida de cartas. Su arte se volvió requerido y fue contratado para decorar la Capilla Contarelli donde pintó El martirio de San Mateo y La vocación de San Mateo. En 1598 pintó en honor de Fernando de Medici: Medusa, luego el cardenal Del Monte le encargó la obra Júpiter, Neptuno y Plutón.

Pero Michelangelo Merisi lideraba una banda callejera, era violento, ladrón, alcohólico y jugador, aficionado a las prostitutas, a usarlas como modelo vivo como en Magdalena Penitente, y también a golpearlas. En mayo de 1606 provocó una pelea con Ranuccio Tomassoni, un joven al que tiró al piso para tratar de mutilarle el pene mientras lanzaba, según los testigos: «Una carcajada cargada de ira«. Le cercenó una arteria y lo mató. Ante el aberrante crimen, el Papa Pablo V, cuyo retrato acababa de pintar Merisi, se vio obligado a sentenciarlo a muerte. El genial Caravaggio, puesto que de él estamos hablando, dejó para la posteridad un arte maravilloso. ¿Deberíamos cancelar su obra por haber sido él tan horrible persona?

Mucho más pretencioso, arrogante y difícil es trazar una línea política/moral que sirva de forma inequívoca y general para determinar la censura sobre un trabajo dependiendo del autor de la misma. Es imposible ser consistente.

Resulta muy difícil determinar qué artista es aceptable y quién no, dependiendo de su personalidad. Tampoco es sencillo divorciar al artista de su obra o de lo que su arte representa para nosotros, si el autor nos resulta repugnante o reprochable. Mucho más pretencioso, arrogante y difícil es trazar una línea política/moral que sirva de forma inequívoca y general para determinar la censura sobre un trabajo dependiendo del autor de la misma. Es imposible ser consistente. 

Se llama “cultura de la cancelación” a un fenómeno de supresión social violenta muy de moda. Es curioso que se use la palabra “cultura” porque equipara a este accionar con la Cultura como ese conjunto de arte, conocimiento, ideas, tradiciones que una sociedad tiene en común. Como si cancelar fuera una cosita más del acervo. Sacando la palabra cultura, la cancelación suena más cruda, porque lo es, y una vez desatada tiene vida propia. No tiene reglas claras, no se sabe ni dónde puede terminar y a quienes afectará. Esta condición de volatilidad es con la que no contó Neil Young quien, haciendo uso intenso de la cancelación, usó como rehenes sus canciones en Spotify sosteniendo que no quería que convivan en la misma plataforma con el podcaster Joe Rogan, al que acusó de invitar entrevistados escépticos sobre las vacunas y que difunden información errónea sobre el covid-19. Neil Young publicó: “Quiero que le avise a Spotify inmediatamente HOY que quiero toda mi música fuera de su plataforma. Pueden tener Rogan o Young. No ambos

En este caso la excusa para la cancelación de Rogan es el pecado de la desinformación y sus consecuencias para la salud de la humanidad. Como pecado está muy validado por el dogma del establishment, es el discurso oficial mundial. Sin embargo encierra una paradoja: es el mismo Young y su adscripción al espíritu de una época, el que pregonaba el uso extendido de sustancias infinitamente más letales que la presunta desinformación de Rogan. Hablamos de una generación de artistas que predicaron exactamente lo contrario de lo que pregonan ahora. Para mayor abundamiento el diario Washington Post (1) destacó la desinformación vertida por Young durante años contra los alimentos transgénicos apalancado en su militancia ecologista cuyas consecuencias podrían ser hambrunas mundiales, también mucho más peligrosas que el podcast de la discordia. En fin, que el interés de Young por el bien común es una farsa. Se trata de una de esas personas que cree que la libertad de expresión es el derecho de todos a opinar como él. Su berrinche cancelatorio era una puja ideológica y de poder.

El interés de Young por el bien común es una farsa. Se trata de una de esas personas que cree que la libertad de expresión es el derecho de todos a opinar como él. Su berrinche cancelatorio era una puja ideológica y de poder.

Cuestión que Rogan es el humorista y entrevistador más famoso del mundo. Cada vez que abre la boca 11 millones de personas lo escuchan, superando la suma de las cadenas televisivas más exitosas. Firmó con Spotify un contrato de $150 millones de dólares hace sólo un año. Spotify, puesto a elegir, eliminó la música de Neil Young que perdió con esta movida más del 60% de sus ingresos. A Young la cancelación lo contraatacó pero esto no significa que la cancelación como fenómeno haya fracasado.

Spotify no es una empresa reconocida por su respeto a la diversidad de opiniones. En este caso hizo un primer movimiento basado en el cálculo básico de quién era más exitoso y qué contrato le costaba más rescindir. Pero se jacta de haber eliminado más de 20.000 episodios por difundir información que no le gusta al poder, 40 de esos episodios pertenecían a Rogan pero esta semana le eliminaron al menos 50 más. Spotify, además, rápidamente redobló su compromiso con el relato oficialista agregando toda clase de material que confirme las verdades gubernamentales. Rogan a su vez ha aceptado la censura de sus podcasts y apenas ocurrió este escándalo grabó un mensaje en el que se disculpa y acepta que su programa “se le fue de las manos” y que en adelante se va a moderar. 

Todos: Young, Rogan y Spotify están ejerciendo la prerrogativa de hacer de su vida lo que quieren, pero la ganadora indiscutida es la cancelación. Esto pasa porque Young, aún perjudicándose, dio una estocada que hizo una herida y Spotify y Rogan acusaron el daño. Young, como en los 60, fue vanguardia. Ahora vendrán nuevos censores en sucesivas oleadas. Barbra Streisand y Sharon Stone no tardaron en pedir sacrificios en honor al dios de la ofensa. En adelante muchos entrevistados se negarán a ir al show. El gobierno de EEUU, a través de la vocera presidencial, abiertamente está presionando para que la cancelación sea exitosa de una manera u otra. En las últimas horas el expresidente Barack Obama y su esposa Michelle se han sumado a las demandas de censura de Young con idénticas amenazas de quitar sus podcast y algo similar hicieron los inefable Meghan Markle y el Príncipe Harry. No van a parar, olieron la sangre de Rogan, los canceladores son gente fanática y persistente.

La cancelación también recoge premios con el veto que deviene de la presión social. Esto es conocido como la espiral del silencio, que es otro mecanismo de opresión basada en la autocensura necesaria para adaptarse a la opinión mayoritariamente aceptada. Si jugadores tan poderosos como Rogan y Spotify bajaron (con matices) la cabeza, qué queda para el estudiante, el empleado, el profesor o el periodista con opiniones disonantes. La espiral del silencio explica gran parte del apogeo de la cancelación, ambas son mecanismos de control social. Que loco, justo lo que denunciaban los artistas rebeldes de los 60, transformados en apóstoles de la burocracia estatal.

Si jugadores tan poderosos como Rogan y Spotify bajaron (con matices) la cabeza, qué queda para el estudiante, el empleado, el profesor o el periodista con opiniones disonantes

El deseo individual de acallar al oponente existió siempre y en diversos grados; evadimos, discutimos, bloqueamos o silenciamos a las personas con las que no estamos de acuerdo. Pero la institucionalización de la ofensa individual como mecanismo de censura colectiva ha crecido exponencialmente en el seno de las democracias liberales y de las instituciones que daban cobijo a la filosofía de la tolerancia. 

La cuestión central de la “cultura de la cancelación” es que la ofensa, por sí sola, construye sentido y genera realidad. Si me ofendo, entonces existe el agravio. El ofendido, Neil Young por caso, ve peligro en Rogan pero no lo ve en la ingesta sistemática de drogas ni en la eliminación de la producción de granos a escala mundial. No importa. Lo que vale es que se ofendió y por eso merece atención y condolencia. Un infantilismo galáctico.

El antisistema de pronto se volvió oficialismo y esto nos plantea más paradojas: ¿Debemos fiarnos de los políticos actuales, así como debíamos desconfiar de los políticos del siglo pasado? ¿Tiene que ordenarnos la vida el mismo sistema que había que combatir hace 50 años? ¿No es acaso el poder que denunciaba Neil Young el que diseña la moral global que ahora no se puede contradecir? La hipocresía se pasea a sus anchas.

Podemos elegir de forma individual qué creación o pieza artística consumir en función de nuestra ideología o estómago, pero lo que plantea la cancelación es que la Cultura, como producción de sentido, puede convertirse en un peligro social. Es una cosa bien diferente. La cancelación es el ostracismo cultural basado en la ofensa como creador de realidad. Es un mecanismo tan seductor como peligroso: ¿Se debe reprobar la creación cultural surgida de personas malditas o de aquellos con los que no comulgamos moral o políticamente? 

Cuando era jovencísimo, Johannes Brahms recibió el apoyo de Robert Schumann y de su esposa Clara con la que, traicionando a su mentor, tuvo un fogoso romance que continuó cuando Schumann murió. A Prokófiev le encantaba la velocidad y se valió de su amistad con las autoridades soviéticas para importar un Ford con el que arrolló a dos ciclistas y atropelló a una joven que caminaba por el centro de Moscú. Dmitry Shostakovich escribió música para celebrar a Stalin y Richard Wagner era abiertamente antisemita. Queen, Rod Stewart, Cher, Beach Boys, Village People, Tina Turner y Paul Simon rompieron el boicot contra el apartheid de Sudáfrica. Egon Schiele fue acusado de abusar de su propia hermana y arrestado por seducir a una niña de 13 años. William S. Burroughs pretendió emular a Guillermo Tell disparándole a una manzana situada sobre la cabeza de su esposa Joan que murió con un agujero entre los ojos. Woody Allen fue acusado de abusar sexualmente de una de sus propias hijas durante el tormentoso proceso de divorcio que tuvo lugar cuando Allen inició un romance con la hija de su esposa a la que había criado desde niña. En un concierto en 1976 Eric Clapton, totalmente intoxicado, se puso a gritar consignas racistas. Algo similar pasó con David Bowie y el fascismo. Los ejemplos son miles, imposible homogeneizar nuestras reacciones.

Individualmente podemos sentir ofensa o repugnancia por las acciones citadas, pero nadie tiene realmente una posición muy coherente porque nos gustan y nos repugnan diferentes cosas. ¿Es lo mismo la postura política que el delito? ¿Podemos cancelar colectivamente, y en ese caso, quién decide qué es aquello que más nos ofende? ¿Deberíamos, como sociedad, anular todo ese arte? ¿Es necesario estar de acuerdo con un artista para disfrutar de su trabajo? ¿Sería mejor el mundo sin el arte de estas personas?

La cancelación es un mecanismo de poder que ataca a la cultura porque (todavía) está mal visto penalizar la expresión artística, pero si se cede tan solo un milímetro la derrota está asegurada.

La cancelación no es un grupito de escrachadores ni es una carta de repudio, tampoco es un boicot. Es la institucionalización del pensamiento único permeando por cada poro del tejido social, es tan destructivo como aterrador. Es abrir la puerta a una acción invertebrada pero pertinaz, en la que la moral agraviada es sólo una mascarada. Los agravios, finalmente, serán determinados y sopesados por los totalitarios de siempre y veremos artistas que hace unos años se publicitaban saltando de los edificios sermonearnos por el uso responsable de los barbijos, simplemente porque simpatizan con la ideología gobernante.

La cancelación es un mecanismo de poder que ataca a la cultura porque (todavía) está mal visto penalizar la expresión artística, pero si se cede tan solo un milímetro la derrota está asegurada. Lo que los gobiernos no pueden hacer abiertamente, lo hacen estos sicarios de la imaginación y la creatividad. Es el mismo artefacto de opresión que opera bajo los regímenes dictatoriales con la sola amenaza de la muerte civil. Es un mecanismo molecular, descentralizado, pero eficaz para que el individuo se cancele a sí mismo o para que la sociedad neutralice el disidente. La cancelación cultural es una máquina de crear realidades paralelas, inconsistentes pero taxativas, para que las frustraciones individuales se sientan contenidas en una hoguera catártica de todo sentido común. Como sea es autoflagelación.

  1. https://www.washingtonpost.com/business/there-are-no-heroes-in-the-neil-young-spotify-saga/2022/01/31/738598a6-82de-11ec-951c-1e0cc3723e53_story.html
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