Cultura

Una pizca de maldad

Autor: Yi Ah. Editorial: Adriana Hidalgo. 184 páginas.

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Las pocas novelas de China que llegan a la Argentina permiten colegir que en las antípodas cunde el malhumor existencial entre aquellos intelectuales que se han dedicado al cultivo de las bellas letras. Es extraño, lo mismo ocurría en Estados Unidos a fines del siglo XIX cuando la nación comenzaba a transformarse en una gran potencia económica, en un nuevo actor global.

Esa enemistad al orden establecido (una plutocracia), es en ambos casos más social que político, en el caso de los chinos, quizás, porque la odiosa censura del Partido Comunista aprieta como la peor camisa de fuerza. Cualquier generación iconoclasta ve aridez, esnobismo y simple insensibilidad por doquier. Por lo general, la insatisfacción de los modernos se manifiesta, en última instancia, contra lo moderno en sí. Además, suelen mostrarse irritados no porque el país -la época- sea socialmente injusto (que lo es), sino porque es espiritualmente vacío.

Una versión particularmente radical del malestar chino con la modernización acelerada y sin alma acaba de llegar a la Argentina. Con el apoyo del aparato estatal chino, el sello Adriana Hidalgo Editora, especializado en exquisiteces, publicó una novela extraordinaria, más psicológica que policial, que parece hija de convulsiones como la I Guerra Mundial o de pesimismos disolventes como los que ha establecido Cioran. Un tal Ah Yi (Ruichang, 1976) la entregó a la imprenta en 2012.

Una pizca de maldad (182 páginas) narra, básicamente, un asesinato por aburrimiento. «Porque no encontraba manera de llenar un vacío y solamente por eso, una persona decidió jugar al gato y al ratón, y mató a otra persona». Tremendo, ¿no? Pasa todos los días, sobre todo en el sector de la sociedad afortunado, pues el que lucha por el sustento cuando mata lo hace por razones más lógicas como los celos, la envidia o la codicia.

La novela está compuesta en primera persona. Oímos la voz del criminal desde la cárcel, desde el corredor de la muerte. Evoca paso a paso su historial delictivo un jovencito proveniente de una familia, si no acomodada, con algunos privilegios, pues pertenece a la nomenklatura roja. En Oriente u Occidente, al parecer, ocurre lo mismo: estás dentro o fuera del sistema.

UN INADAPTADO

El protagonista vivía con sus tíos. Así se describe:

«…la abulia, el tedio, la pereza y la crueldad con que los años habían formado parte de mi personalidad se habían grabado en mi rostro e intimidaban a todo aquel que me observaba…».

Es más que una adolescencia mal llevada. El inadaptado cree que nada tiene sentido y que no existe asunto que lo conecte con el mundo. Piensa como Zarathustra:

 «…entendí la razón por la que tantas personas se dedican a la caridad. Como si fuera una especie de Dios, el afecto y la autoridad parecían emanar de cada uno de mis gestos…».

Con un ardid, el chico cita a una compañera de colegio (acababan de graduarse) a la casa de sus tíos. La cose a puñaladas y arroja el cadáver, boca abajo, dentro de un lavarropas. Huye de la ciudad. Tiene dinero, le había robado a la tías unas monedas tan antiguas como valiosas. Con casi veinte mil yuanes en la faltriquera, divaga de un lado a otro, la policía le pisa los talones, se había convertido en un caso famoso. En todos lados tropieza con la maldad, la estupidez y el materialismo agobiante. Mientras corre siente que la vida se convierte en algo compacto, simple y lleno de tensión, por eso cuando las autoridades y el periodismo pierden interés en él, nuestro antihéroe primero quiere suicidarse y luego se entrega. En prisión gana respeto con una brutal agresión. En los tribunales, malogra un intento de su madre de que le permuten la pena de muerte. China está obsesionada con el asesino sin móvil: se exasperan por entender por qué la mató.

Una espantosa sensación de tedio no es una excusa válida. Ha llegado el momento de dedicarle un párrafo al autor. Ah Yi es el seudónimo de Ai Guozhu. Antes de dedicarse al periodismo y a la literatura, fue agente de la policía. Ejerció cinco años en un pequeño pueblo de provincia ¡Ah, la experiencia como fuente de conocimiento! ¡La buena y vieja experiencia de John Locke y David Hume! Ese saber elemental y profundo que en la Argentina llamamos calle le permite a Gouzhu tallar unas notables escenas de incompetencia policial, roñosería carcelaria y deshonestidad judicial.

La siempre atractiva figura del cínico no es la única virtud que lleva en volandas al libro.La prosa es sutil, elude con elegancia las trampas del costumbrismo. La chinesidad aflora con delicadeza en alguna metáfora, en expresiones aisladas. Los comentarios suenan siempre inteligentes. El telón de fondo esta teñido por el feísmo; los personajes son casi todos personas deleznables, incluso los niños. Paladas y más paladas de realismo sórdido. La China en franco desarrollo parece una distopía de Philip Dick con muchedumbres opresivas allí donde une pise y un Estado policial que te obliga a exhibir el documento si quieres usar Internet en un cibercafé.

Como pieza artística, Una pizca de maldad es sobresaliente, en forma y fondo. Se entiende por qué Beijing ha querido promocionarla incluso al otro lado del planeta. El genio literario es un don rarísimo, aflora donde uno menos se lo espera; en última instancia no depende de talleres literarios o estudios universitarios. También un ex agente de policía de provincias puede escribir una de las mejores novelas del año.

Calificación: Muy bueno

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