Política

La irreversible entrega de Gran Bretaña al progresismo radical. Parte 3: Hay que destruir al Partido Conservador

Estamos llegando a una época que es, al mismo tiempo, horriblemente impía y fanáticamente religiosa.

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“Carthago delenda est” (Cartago debe ser destruida), Catón el Viejo (150 A.C.)

Mientras escribo estas líneas la continuidad del actual Primer Ministro británico está debatiéndose. Hace un tiempo la brillante estrella política de Boris Johnson parece estar apagándose. Sin embargo, su continuidad o reemplazo no cambia nada del sistema político británico, porque es sólo el líder de jure del país.

Boris es el personaje adecuado para el rol de liderazgo que el sistema político británico desarrolló luego de la década blairista. Un tory progresista, lo suficientemente amorfo ideológicamente como para conducir la salida de la Unión Europea (UE) pero sin habilitar ninguna deriva de extrema derecha; un aristócrata con el asombroso talento para atraer a personas que normalmente no votarían por los conservadores y convertirse dos veces en alcalde de Londres, un corazón de la izquierda; un mentiroso compulsivo capaz de conseguir la confianza de una aplastante mayoría de británicos con la promesa de terminar con la inmigración ilegal. Es la garantía de cambio sin cambio, la exigencia impuesta por Tony Blair en Wellingborough el 5 de junio de 2001 (ver Parte 2: El lord de la oscuridad).

Hoy, ese mago electoral y bufón entrañable al que le han perdonado todo, está acosado por escándalos y acusaciones de incompetencia, y las señales de alarma entre los tories empezaron a sonar en el Comité 1922 para reunir las 54 cartas necesarias para forzar una moción de confianza y reemplazarlo. Los conservadores tienen una bien ganada reputación de decapitar a sus líderes cuando sospechan que pueden arrastrarlos a una derrota electoral. Y ahora el descontento contra Boris es generalizado y están detrás de su cabeza.

Un político extremadamente hábil que sólo busca permanecer en el cargo, por eso está dispuesto a ir en contra del progresismo si lo necesita. Sin Boris, la completa destrucción de Gran Bretaña será a toda velocidad.

La realidad es que el mayor problema de Boris siempre fue Boris, todos lo sabían. Él puede no ser conservador, ni de derecha, pero por lo menos no es un aliado blairista. Ni siquiera es un progresista radical, es un político extremadamente hábil que sólo busca permanecer en el cargo, por eso está dispuesto a ir en contra del progresismo si lo necesita. Por el contrario, sin Boris, la completa destrucción de Gran Bretaña será a toda velocidad.

Ríos de sangre

El 20 de abril de 1968, Enoch Powell pronunció un revelador discurso ante la Asamblea General Anual del Centro Político Conservador del Área de West Midlands, Birmingham, Inglaterra. Comenzó diciendo: “La función suprema del estado es prevenir los males evitables… es la ocupación más impopular y al mismo tiempo más necesaria para el político.”

Y el mal futuro que identificaba y buscaba advertir a su partido era: la transformación total de Gran Bretaña por la inmigración masiva. Los británicos, dijo: «se encontraban ahora como extraños en su propio país. Encontraban a sus esposas incapaces de encontrar camas hospitalarias para dar a luz, a sus hijos incapaces de obtener plazas escolares, sus hogares y vecindarios cambiados hasta quedar irreconocibles, sus planes y perspectivas de futuro derrotados.«

Sir Enoch Powell advirtió un futuro violento que ilustró con un pasaje de la Eneida donde el personaje de Sibila de Cumas ve: «[al] … río Tíber espumando con mucha sangre». Y realizó su predicción para Gran Bretaña en el caso que continuare la inmigración ajena a la cultura británica. La respuesta a su discurso llegó al día siguiente desde el líder del Partido Conservador, Edward Heath: destituyó a Powell de su cargo de Secretario de Defensa del Gabinete en las sombras, a pesar de que hubo manifestaciones a su favor y cientos de miles de cartas de apoyo.

Powell no fue la única voz tory en la advertencia. Otro destacado exponente, Roger Scruton atacó la tendencia hacia la oikofobia -el repudio de la herencia y el hogar- y el apoyo a entidades supranacionales como la Unión Europea en su brillante “A Political Philosophy: Arguments for Conservatism” (2006): «El dominio de nuestro propio parlamento nacional por parte de los oikófobos es en parte responsable de los asaltos a nuestra constitución, de la aceptación de la inmigración subvencionada y de los ataques a las costumbres e instituciones asociadas a las formas de vida tradicionales y autóctonas.«

Sin embargo, ninguna lúcida advertencia detuvo al Partido Conservador de ingresar a la UE, de promover la inmigración masiva, de fomentar la agenda globalista y fracasar por completo en su deber fundamental de preservar y mejorar la comunidad homogénea que dice representar.

El 23 de junio de 2016, se producía el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE. Los partidarios de la salida (el denominado Brexit) argumentaban que ser un Estado miembro minaba la soberanía británica, por lo que el Brexit permitiría un mayor control de la inmigración. “Let´s take back control” (Retomar el control), volver a ser dueños de su destino, fue el eslogan que dividió al Partido Tory entre los remainers (que querían permanecer) y los brexiters (que querían salir).

Pasaron 48 años desde el discurso de Enoch Powell y un primer ministro conservador se veía obligado a realizar un referéndum para salir de la UE, impulsado por dos arrogantes y risibles tories. La trampa de la UE se cobraba sus víctimas dentro del partido que lo había promovido: el Partido Conservador. El primer ministro tory perdió frente a una alianza heterogénea que enarbolaba la advertencia de Powell y terminó renunciando al cargo.

El Partido Conservador había desoído la advertencia y maniobró, como siempre, para socavar cualquier intento de establecer un verdadero movimiento patriótico a su propia derecha, esto llevó a que algunos de los conservadores se separaran para formar partidos monotemáticos como el UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido) y el Partido del Brexit.

Nigel Farage, ex tory y posterior líder del UKIP, encausó una campaña hacia una implacable agenda de derecha anti inmigración. Dijo: “Controlar la inmigración como miembro de la Unión Europea no es difícil, es directamente imposible.” Su partido denunció el colapso de los servicios públicos debido a la presión migratoria y aseguró que los trabajadores británicos sufrirían importantes bajas salariales por ello.

El brillante ideólogo de la campaña del Brexit, Dominic Cumming logró que el sentimiento de descontento acumulado de la población por la agenda europeísta se tradujera en la conducta de voto de salida. Los 47 años que Gran Bretaña estuvo en la UE, el aumento de la inmigración ilegal en toda Europa y la llegada diaria de oleadas vía el Canal de la Mancha, los crímenes cometidos por inmigrantes a ciudadanos británicos, fueron historias que medraron diariamente a favor de la salida de Gran Bretaña de la UE.

Pero fue la figura de Boris Johnson la que le dio el impulso más importante. En el primer párrafo de su anuncio pro-leave, escribió: «Soy un europeo. He vivido muchos años en Bruselas. Y por eso me molesta la forma en que confundimos continuamente a Europa -el hogar de la mayor y más rica cultura del mundo, a la que Gran Bretaña es y será un eterno contribuyente- con el proyecto político de la Unión Europea. Por lo tanto, es vital subrayar que no hay nada necesariamente antieuropeo o xenófobo en querer votar ´Leave´ el 23 de junio«. Así se convirtió en el político más formidable detrás de la causa leave y un líder nacional.

Soy un europeo. He vivido muchos años en Bruselas. Y por eso me molesta la forma en que confundimos continuamente a Europa -el hogar de la mayor y más rica cultura del mundo, a la que Gran Bretaña es y será un eterno contribuyente- con el proyecto político de la Unión Europea

El pueblo británico entendió el referéndum sobre si apoyaban la inmigración o no, y por ello fueron expuestos a una de las campañas propagandistas más violentas y descarnada. Fueron acusados de xenófobos, estúpidos engañados por el big data, retrógradas que impedirían el progreso inevitable y de ser los responsables del futuro colapso económico del país. Sin embargo, el voto por la salida de la UE fue un riesgo que los británicos decidieron tomar hartos ante una situación social que los estaba haciendo extraños en su propia tierra. Era obvio que el leave ganaría, pero nadie quiso prevenirlo y pocos pudieron entenderlo.

Boris “bufón oportunista” Johnson

Es difícil tomar completamente en serio al primer ministro británico, Boris Johnson. Sólo basta verlo: un gordinflón permanentemente desaliñado, habla con una voz arcaica y susurrante que invita a la burla, rematado por esa característica mata de pelo rubio plateado que despeina deliberadamente antes de cada exposición en la escena pública. Sin embargo, esta figura cómica ha conseguido situarse en el centro de las tormentas populistas de occidente, primero convirtiéndose en el primer tory en ganar dos veces Londres, segundo al ser el político de mayor rango en Gran Bretaña en apoyar el Brexit, tercero en haber ganado el cargo de primer ministro con una victoria aplastante sólo superada 32 años antes por Thatcher y por último al haber sido quien sacó al Reino Unido del épico lío de años de estadía en la UE, que su partido ayudó a crear.

Se ha visto ayudado por el sistema electoral británico en el que el ganador se lo lleva todo y por el sistema político de “centro radical” (ver Parte 1: El suicidio del conservadurismo). Pero merece crédito porque fue capaz de ver una oportunidad que otros no vieron: el Brexit y usarlo hábilmente. Ha maniobrado a través de una completa falta de principios, un encanto infinito y una ambición despiadada, y ha aprovechado los temores de muchos para promover lo único en lo que ha creído realmente: su propio destino.

Alexander “Boris” de Pfeffel Johnson fue educado en Eton (como al menos 20 primeros ministros antes que él), y luego en Oxford (como 27), la escuela más cara y esnob del mundo. Fue presidente de la Oxford Union, la legendaria sociedad de debate de la universidad, como los primeros ministros Heath, Asquith y Gladstone. De 1999 a 2005, fue director del Spectator, la revista ecléctica de tendencia tory, de 191 años de antigüedad, un puesto que a menudo ha sido un puente para acceder a altos cargos políticos. Ha sido miembro del Parlamento en dos ocasiones, de 2001 a 2008 y en 2015. Fue alcalde de Londres de 2008 a 2016, presidiendo los Juegos Olímpicos. Luego fue secretario de Asuntos Exteriores de 2016 a 2018. Y finalmente electo Primer Ministro de Gran Bretaña en 2019 por amplia mayoría.

Johnson ha comercializado hábilmente su personalidad: de clase alta con un verdadero sentimiento y deleite por la vida ordinaria; sexualmente promiscuo hasta un grado casi cómico; un defensor de las reglas siempre que tenga derecho a romperlas; un humorista de juegos de palabras que ha conseguido que su propia idiosincrasia aristocrática forme parte del chiste; un despiadado arribista con capacidad para el engaño y el perdón; y un narcisista.

Ha utilizado su humor y su ridiculez para camuflar unos instintos políticos que, de hecho, han sido más agudos que los de sus compañeros. Intuyó los cambios en las mareas populistas de la década de 2010 antes que la mayoría de los demás políticos importantes y captó el tema del Brexit como el trampolín hacia el poder. Pero también comprendió lo importante que era no dejarse capturar del todo. Vio el descontento del Brexit como algo que el establishment político necesitaba para comprometerse y cooptar en lugar de descartarlo y demonizarlo, y abordó la oportunidad de una manera muy diferente a la de su aliado Nigel Farage, cuya carrera política Johnson ya casi ha terminado.

Es poco probable que un fanático conservador gane dos elecciones como alcalde de Londres, una gran metrópolis multirracial y multicultural. Boris lo hizo, porque es la personalidad ideal para una ciudad mayoritariamente laborista. Johnson tiene un historial de tory progresista: un conservador que puede celebrar «nuestro fantástico Servicio Nacional de Salud» y que no tiene interés en que los políticos prediquen sobre la moral; en 2010 fue uno de los primeros políticos conservadores en aceptar el matrimonio homosexual y como alcalde de Londres participó en varios desfiles del Orgullo; apoyó una amnistía para los inmigrantes ilegales; elevó el salario mínimo en Londres; y presidió unos Juegos Olímpicos que se convirtieron en un golpe de efecto para las relaciones públicas de todo el país.

Como siempre, la flexibilidad ideológica de Johnson fue clave, tanto que se enfrentó con su propio partido. Boris vio la profunda impopularidad del legado de austeridad fiscal de su partido y alentó un giro a la izquierda en la política económica y social; así se quejó de las medidas de austeridad del gobierno tory de Cameron.

En las elecciones de 2015, en las que Cameron se sorprendió a sí mismo y a todo el mundo al ganar con holgura, Boris estaba “desolado”. La mano derecha de Cameron, George Osborne, era ampliamente considerado como el sucesor en espera. Pero la victoria aseguró que la promesa electoral de Cameron de celebrar un referéndum sobre la UE no podría evitarse, y casi toda la élite política se unió al bando del remain, menos Boris que haría campaña contra su propio gobierno.

Boris vio la profunda impopularidad del legado de austeridad fiscal de su partido y alentó un giro a la izquierda en la política económica y social; así se quejó de las medidas de austeridad del gobierno tory de Cameron.

La victoria del leave y la decisión de Cameron de renunciar el día después dieron de repente a Boris una oportunidad en el Nro10 de Downing Street. Pero algunos de sus compañeros tories consideraron demasiado absurda la idea que este bromista temerario llegara como primer ministro, y su aliado más cercano en la campaña del leave, Michael Gove, le clavó el cuchillo: «Boris es un gran personaje con grandes habilidades, y disfruté trabajando con él en la campaña del referéndum… Pero hay algo especial en liderar un partido y liderar un país, y tuve la oportunidad en los últimos días de evaluar si Boris podía o no liderar ese equipo y construir esa unidad. Y llegué de mala gana pero con firmeza a la conclusión de que, aunque Boris tiene muchos talentos y atributos, no era capaz de construir ese equipo».

Las puñaladas por la espalda alienaron a la mayoría de los diputados tories, que dieron el puesto a Theresa May. Ella abrazó a Boris y lo nombró ministro de Asuntos Exteriores, pero cuando su acuerdo del Brexit se reveló como superblando, Boris corrió un segundo gran riesgo y abandonó el Gabinete en julio de 2018. Así, mató y enterró el acuerdo de May.

Cuando May dimitió, Johnson ganó fácilmente el concurso de liderazgo tory para sucederla. Pero era un partido diezmado. May había apoyado el remain en el referéndum, y su fracaso en la consecución del Brexit había hecho que las bases tories se enfurecieran y desconfiaran. El apoyo de los ciudadanos se desplomó del 40 al 22 por ciento en la primera mitad de 2019. Boris prometió que conseguiría un nuevo acuerdo amenazando de forma creíble con sacar al país de la UE, diciendo que preferiría «morir en una zanja» antes que dejar que Gran Bretaña permaneciera en la UE. De todas las promesas de Boris, la única que nadie creía que pudiera cumplir -un nuevo acuerdo- lo consiguió. Resultó que una amenaza de irse sin un acuerdo (que May nunca hizo) concentró las voluntades. Y una ráfaga de intensa diplomacia personal con el primer ministro irlandés, Leo Varadkar -cuando Boris desplegó su máximo encanto- dio una solución al problema central irlandés: una pseudofrontera aduanera en el Mar de Irlanda, una idea que Boris había descartado un año antes.

Fue todo un golpe de efecto, una prueba de que Johnson podía cumplir, y los tories subieron en las encuestas mientras el advenedizo partido del Brexit se desplomaba. Y lo que es más importante, el acuerdo, a diferencia del de May, ganó su primera votación de procedimiento en el Parlamento, por una amplia mayoría, ya que algunos laboristas lo respaldaron. Entonces Boris hizo una apuesta estratégica. En lugar de seguir adelante, porque temía que el Parlamento pudiera frustrarlo más adelante, decidió convocar elecciones para obtener un nuevo mandato para «conseguir el Brexit».

La decisión fue impulsada por Dominic Cummings, que entendió que el Brexit era el mejor tema de los conservadores. Si Boris lograba el Brexit y luego convocaba elecciones, la campaña sería en los términos de los laboristas: política económica y social interna. Pero si las elecciones se convocan rápidamente, antes del Brexit, serían en los términos de Boris. «Get Brexit Done» (Que se haga el Brexit) repitió Boris sin cesar durante la campaña. El temor era una repetición de las elecciones de Churchill en 1945, cuando un líder de guerra victorioso fue expulsado una vez que ya no era necesario y los británicos votaron en masa por una revolución socialista. También vio que Boris tenía la oportunidad de unir el voto del leave recuperando a los partidarios del Brexit, pero que el voto del remain seguía irremediablemente dividido entre los partidos laborista y liberal-demócrata.

Era la oportunidad de crear una nueva coalición tory basada en el voto leave.

La apuesta dio frutos. En 2019 los conservadores fueron competitivos en los escaños del norte, donde los laboristas estaban cerca de una religión (la denominada Red Wall). Los tories mantuvieron su base tradicional en el sur, pero obtuvieron sorprendentes ganancias en el norte, fue Boris quién persuadió a legiones de personas pobres y desfavorecidas para que voten por su Partido Conservador, convirtiendo de la noche a la mañana escaños laboristas en tories.

El juego de Boris por los votos nacionalistas fue calculado y oportunista. La estrategia de Boris destruyó tanto al UKIP y luego el Partido del Brexit. Boris ha cooptado y, por tanto, castrado a la extrema derecha. El Partido del Brexit prácticamente se ha derrumbado desde que Boris asumió el poder. Y esto tiene una estrategia. Lo que Cummings y Johnson creían es que la UE, al obligar a muchos países muy diferentes a integrarse en una rúbrica eurocrática cada vez más poderosa, ha engendrado una reacción nacionalista. Salir de la UE era, según Johnson y Cummings, una forma de contrarrestar y desarmar ese nacionalismo y transformarlo en un patriotismo más benigno.

Lo que Boris ofrece es una versión tory para el sistema de centro blairista: un conservadurismo atractivo para los trabajadores pobres y los aspirantes a la clase media, generoso en el gasto en hospitales, escuelas y ciencia; capaz de endurecer la política anti-inmigración cuando lo necesita, arraigada en el orgullo nacional y todo entregado con humor y entretenimiento. Pero es una marca personal, todo fue posible gracias a la desvergonzada habilidad de Boris Johnson. La mayoría tory se logró gracias a una coalición electoral construida más por la marca personal de Johnson que por el Partido Conservador en general. Por eso, ¿qué pasa si Boris ya no está?

Y después de Boris … ¿quién? Y ¿qué?

Los seguidores más antiguos de Boris Johnson piensan que podría estar a punto de renunciar o ser echado. Pero desde hace meses la caída del primer ministro viene siendo largamente anunciada. Las causas que alegan los parlamentarios son una serie de errores no forzados.

El primero de los escándalos de Johnson fue un intento de proteger al veterano miembro conservador del parlamento Owen Paterson del castigo de un organismo de control de la corrupción de los Comunes por su trabajo para los cabilderos. Otro golpe llegó cuando la Comisión Electoral independiente multó al Partido Conservador con 17.800 libras por informar incorrectamente sobre la financiación de una redecoración del piso oficial de Johnson en Downing Street, que de hecho había sido pagado por donantes conservadores. Y el mayor cuestionamiento llegó con las imágenes filtradas de fiestas que se realizaron en mayo y diciembre de 2020 en el jardín de Downing Street y la sede del partido, en un momento en que el país se encontraba en cuarentena. La admisión de Boris que asistió a una fiesta la noche previa al servicio funerario del príncipe de Edimburgo, cuando la reina y el resto del país vivía bajo las estrictas reglas de Covid fue la gota que colmó el vaso entre los parlamentarios. Pero hay preguntas pendientes: ¿quién lo reemplazaría si los tories deciden deshacerse de Boris? ¿qué pasaría con el Partido Conservador?

La derrota en North Shropshire del 16 de diciembre pasado fue una humillación para los tories y culpan a Boris, porque la ven como una consecuencia por los cuestionamientos. Los liberales demócratas ganaron un escaño históricamente tory con una diferencia favorable de 6.000 votos. Ese distrito votó a favor del Brexit con un 57%, lo que hizo más inaudita la victoria de los LibDem, que son unos convencidos europeístas. Otros consideran que la publicación del informe de Sue Gray sobre los resultados de su investigación sobre las fiestas ilícitas de Downing Street será el momento de caída de Johnson. Y están los que consideran que las próximas elecciones locales de mayo será el punto crítico.

No obstante, el deseo del partido de deshacerse de Boris, hay poco consenso sobre quién sería un mejor primer ministro. No hay un candidato de unidad, por lo cual la transición tiene el potencial de volverse muy desordenada.

Los partidos siempre van por lo contrario cuando reemplazan a un líder y el ultraorganizado Rishi Sunak es un claro contraste con Johnson. El Ministro de Hacienda podría aportar una seriedad al papel que le ha faltado a Johnson. La principal rival de Sunak es Liz Truss, la Ministra de Relaciones Exteriores que es vista como la favorita entre las bases tories y los parlamentarios de la red wall.

No obstante, el deseo del partido de deshacerse de Boris, hay poco consenso sobre quién sería un mejor primer ministro. No hay un candidato de unidad, por lo cual la transición tiene el potencial de volverse muy desordenada.

En la competencia por el liderazgo también se suman: Jeremy Hunt, Nadhim Zahawi (Ministro de Educación), Priti Patel (Ministra del Interior), Sajid Javid (Ministro de Sanidad), o Kwasi Kwarteng (Ministro de Empresa). El problema es que ni Sunak, ni Truss, ni ningún otro miembro del equipo de Johnson tienen el carisma o la personalidad de su jefe de alto perfil.

El partido Conservador tiene la sensación de que necesita un nuevo Gobierno. Quién y cuándo no importa demasiado, mientras se mantenga siendo un partido de centro-derecha. Una de las “virtudes” del sistema político británico es que el Partido Conservador es el principal baluarte contra el desarrollo de un partido que pudiera perseguir objetivos como la independencia nacional y el conservadurismo social.

Boris Johnson puede ser un traidor, un bufón y corrupto, pero al menos no es un empleado del progresismo. De hecho, su atractivo al principio era que era «un personaje». Tiene algo de personalidad, sentido del humor, incluso algunas ideas propias. Es un político que va a agitar cualquier oportunidad que pueda conseguir para no perder su encanto electoral. Luego de la derrota en North Shropshire lanzó la “Operación Carne Roja”, que comprende medidas que inquietan al establishment británico (anti-inmigración, levantamiento de las restricciones, menos subsidios para la BBC). Si renuncia, será sustituido por alguien que realmente es un empleado fiel, que sólo piensa en obedecer a los poderosos.

Boris ha seguido la agenda del covid/2030, pero lo ha hecho claramente como ajeno a ella, a regañadientes, incluso diciendo ocasionalmente cosas que contradecían el dogma. Cuando llegó la pandemia, apostó por no tomar las medidas más restrictivas, confiando en alcanzar la inmunidad de grupo al dejar que las infecciones aumentaran. Volvió a hacer lo mismo con la segunda ola. En agosto de 2020, su Gobierno estaba presionando a las grandes empresas para que pusieran fin al teletrabajo y que sus empleados volvieran a las oficinas. Su sustituto en cambio será mucho más obediente, escurridizo y anodino.

Podemos odiar a Boris por su corrupción, pero su sustituto ni siquiera tendrá nada que corromper. Boris es lo suficientemente imbécil como para salirse del guión y admitir que «sólo hacía lo que me decían», pero su sustituto ni siquiera pensará en algo tan notable. Dará por sentado que, como Primer Ministro de Gran Bretaña, su trabajo es hacer lo que le dicen los amos globalistas. No podría soñar con otra cosa, porque para él/ella no hay nada más grande que el poder. Boris tiene algún afecto patriótico residual por Gran Bretaña. Es una noción que excita alguna emoción dentro de él; sólo que no sabe qué significa, o qué hacer con ella. Su sustituto no tendrá ninguna emoción por Gran Bretaña.

Boris es la mejor línea de defensa contra el tipo de políticas que podrían incomodar al globalismo. Al menos con Boris se puede imaginar que puede oponerse a la inmigración masiva. Por el contrario, es imposible pensar que Rishi Sunak o Liz Truss puedan llegar a prometer creíblemente alguna propuesta por fuera del consenso establecido por el progresismo.

Estamos llegando a una época que es, al mismo tiempo, horriblemente impía y fanáticamente religiosa.

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