Política

La irreversible entrega de Gran Bretaña al progresismo radical. Parte 2: El lord de la oscuridad

Blair consiguió acercar el partido al centro político y los conservadores, ocupantes del centro, no hicieron nada para modificar el sistema del blairismo.

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«I didn’t come into politics to change the Labour Party. I came into politics to change the country» 
(No me metí en política para cambiar el Partido Laborista. Me metí en política para cambiar el país).
Anthony Charles Lynton Blair: Discurso durante la conferencia del Partido Laborista,
 3 de octubre de 1995.

New Labour, New Britain

En 1994 se presentó la nueva marca partidaria de los laboristas, que alcanzó su mayor logro electoral con Tony Blair (1997-2007) y Gordon Brown (2007-2010). La corriente modernizadora desarrolló y suscribió a la “Tercera Vía”, nombre que se le dio a la serie de propuestas políticas que plantearon un sistema de economía mixta, con una plataforma centrista e ideología progresista para atraer votantes jóvenes y clases medias -fuera del tradicional mercado electoral laborista de obreros de áreas industriales-, propuso la reforma educativa que permitiría mayor igualitarismo y la redistribución de la riqueza a través de un sistema fiscal progresivo. No buscó revertir la globalización de los mercados, muy por el contrario, propició la privatización de los servicios (telecomunicaciones, electricidad, gas, ferrocarriles) con el Estado absolutamente imbrincado con las empresas o Embedded market (Mercado empotrado). 

En palabras de Blair: era “apartarse de las creencias dogmáticas según las cuales sólo el sector privado o el sector público están en condiciones de hacer todo […]. La época de aplicar impuestos y gastar está enterrada. Lo que buscamos es construir una sociedad donde el sector privado trabaje mano a mano con el público.” Para Blair la relevancia otorgada a los valores socialistas se debía reflejar en políticas prácticas porque si «la batalla teórica sobre formas de organización económica ha muerto… (Es necesario) desarrollar una nueva economía del interés público que reconozca que un mercado competitivo próspero es esencial para el individual choice».

Tony Blair fue un maestro del gaslighting, cuando nadie siquiera podía deletrear el término. Por ejemplo: su política contra el crimen fue sostenida con una mentira en complicidad casi total de los medios.

La llegada de Tony Blair al liderazgo del Partido fue la principal fuerza de moderación, que logró reemplazar definitivamente el calificativo de Viejo por Nuevo Laborismo. Con Blair, las posturas del Partido se volvieron más pragmáticas y orientadas a criterios funcionalistas más que ideológicos. En su programa de reformas, Blair consideró importante la necesidad de modificar el tradicional compromiso de la nacionalización y la dependencia de su Partido con los sindicatos e impulsar el public-private partnership (asociación público-privada); es por ese motivo que una de las primeras tareas como líder del Partido fue plantear la reforma de la Cláusula 4 de los Estatutos Partidarios, que establecía el tradicional compromiso con la propiedad pública. Para Tony Blair la Cláusula 4 era especialmente molesta porque trasmitía al electorado una imagen de Viejo Laborismo y él consideraba que, la mejora electoral que necesitaban pasaba por trasmitir una imagen más moderna y moderada. 

En la Conferencia partidaria de 1995 planteó la modificación y salió victorioso al conseguir que, luego de un duro debate interno, la Cláusula fuera modificada. Con la reforma el significado cambió radicalmente: ahí donde se leía “common ownership of the means of production, distribution and exchange” (la propiedad común de los medios de producción, distribución e intercambio), pasó a leerse “the enterprise of the market and the rigour of competition” (la empresa del mercado y el rigor de la competencia). Para los moderados del Partido, el cambio de la Cláusula 4 fue un simple reajuste de la constitución laborista que permitía mostrar los objetivos reales del Partido. Sin embargo, la izquierda laborista lo consideró como la pérdida de la singularidad de su Partido; y la completa desaparición de las diferencias con los Conservadores. No cabe dudas que la revisión de esa Cláusula suponía la mejor metáfora de modernización y de cambio, y la base del nuevo sistema político británico impulsado por Tony Blair.

Un segundo objetivo importante de Blair como líder del Partido fue intensificar la distancia con los sindicatos, unidos a los laboristas por importantes vínculos organizativos, programáticos y personales. Tradicionalmente, entre ambos existían intensas relaciones que los beneficiaban mutuamente: esta relación le reportaba al Partido importantes recursos que le ayudaban a mantener las finanzas de la organización y los sindicatos gozaban de un poderoso lobby político ante el gobierno y el Parlamento. Organizativamente, los sindicatos estaban representados en el Comité Ejecutivo Nacional del Partido (NEC), con una proporción de voto considerable. Además, las posiciones programáticas del Partido Laborista reflejaban gran parte de las aspiraciones de los sindicatos, que ejercían una presión a la izquierda sobre el posicionamiento ideológico laborista.

En la década de los ochenta, la relación entró en crisis por los pobres índices de popularidad que gozaban los sindicatos y que, para muchas facciones del Partido, eran los responsables de gran parte del descrédito que soportaban los laboristas. La recuperación de la credibilidad electoral del Partido parecía pasar inevitablemente por el distanciamiento de sus antiguos aliados. Así lo consideró Tony Blair y lo implementó cuando llegó al liderazgo laborista, ayudado también por el debilitamiento del poder sindical que había realizado el thatcherismo previamente. El día siguiente a su elección, declaró que las organizaciones sindicales no tendrían más influencia en el siguiente gobierno laborista que los empresarios, porque «We are not running the next Labour government for anyone other than the people of this country» (No estamos dirigiendo el próximo gobierno laborista para nadie más que para la gente de este país). En 1995 redujo el porcentaje de voto de los sindicatos en las Conferencias del Partido, su representación en el Comité Ejecutivo y la dependencia económica con los mismos. Con ello, el Partido Laborista se deshacía de la fuerte carga ideológica de izquierda que le imponían sus socios indeseados.

Una táctica común del gobierno de Blair era usar pánico moral para aprobar una nueva legislación radical.

Tony Blair fue capaz de desarrollar las reformas de moderación ideológica en su Partido, dándole una imagen moderna, desideologizada y orientada al mercado. Se presentó en las elecciones de 1997 como el candidato moderado, centrado y sensato, posicionando a los tories como la opción extrema. Los británicos fueron conscientes de la renovación del Partido y la moderación de las posiciones laboristas y el proceso culminó con la victoria electoral de Blair, que llevaría al período más largo en que el laborismo estuvo en el gobierno. Blair consiguió acercar el partido al centro político y los conservadores, ocupantes del centro, no hicieron nada para modificar el sistema del blairismo.

Tony Blair: un genio malvado, su filosofía, su gobierno y la destrucción de Gran Bretaña

Cuando Blair llegó al poder dijo: «Nos han elegido por ser el Nuevo Laborismo y gobernaremos como Nuevo Laborismo». El 1 de mayo de 1997 fue realmente el comienzo de una nueva era. No se trataba simplemente de un cambio de gobierno, sino de algo mucho más profundo e inquietante. Las ideas políticas esenciales de Blair estaban ya básicamente expuestas en su artículo «Forging a New Agenda» (Forjando una Nueva Agenda), publicado en 1991. En éste rechaza el mito de que los laboristas perdían las elecciones por no ser suficientemente socialistas, plantea la intervención pública «renunciando a los defectos» del colectivismo, defiende la descentralización de las decisiones políticas y, a falta de confianza en el «Estado socialista», abraza sus valores, o la «ética socialista».

Coherentemente con sus postulados, Blair se sitúa a sí mismo con su expresión favorita, como «centro radical». Anthony Giddens, el prestigioso sociólogo que prestó su pensamiento político al blairismo, explicó: «la noción del centro radical es una herejía sólo si uno cree que izquierda y derecha todavía definen todas las ideas y programas válidos en política… la centro-izquierda continúa inspirándose en los valores de izquierda, pero acepta que el socialismo ha muerto como teoría de la gestión económica y como interpretación de la historia. La diferencia residual entre izquierda y derecha consiste en que aquellos que se definen como de izquierdas otorgan más valor a la defensa de la igualdad y la democracia que la derecha, y creen que el estado todavía puede intervenir en el fomento de éstas».

El gobierno de Blair no perdió tiempo y desde su asunción maniobró las palancas del cambio institucional para modificar Gran Bretaña de acuerdo a su agenda radical. Muchos de estos cambios los realizó en detrimento del Parlamento. Las audaces reformas del blairismo comprendieron: la descentralización y “devolución de competencias” a partir de los referendos en Escocia, Gales y Londres, la reforma de la Cámara de los Lores, la reforma educativa, impulsó cambios organizativos que acentuaron el peso de su liderazgo por sobre el Parlamento y Gabinete, sobredimensionó el papel de la globalización en su transformación del capitalismo, y fue el primer jefe de Gobierno de un país importante que puso el cambio climático en lo más alto de la agenda política internacional en la cumbre del G8 de 2005.

El uso del referéndum por parte de Blair fue una de sus hábiles trampas: lo mostraba democrático y le permitía manipular a la ciudadanía para conseguir cambios institucionales que lo favorecían

A pocos meses de comenzar el primer gobierno, Blair echó mano de la herramienta que más le satisfacía: el referéndum. Durante su gobierno se celebraron referendos en Escocia, Gales y Londres que estableciendo nuevos niveles de gobierno. Se presentaron como una “devolución”, aunque su principal efecto fue quitarle poder al Parlamento y ponerlo en manos del Partido Laborista, que creía que podía controlar todos los nuevos organismos; como los cambios se aprobaron por el mecanismo de referéndum, el Parlamento no podía revocarlos. Otro principio de las leyes y tradición institucional británica, de que ningún gobierno podía comprometer a sus sucesores, quedaba destruido. Peor aún, estos referendos se celebraron sin ninguna de las reglas de equidad establecidas desde hace tiempo en las elecciones generales porque el gobierno de Blair utilizó el dinero de los contribuyentes para instar a la gente a votar a favor, y los organismos de radiodifusión no estaban obligados a dar el mismo tiempo a ambas partes.

El uso del referéndum por parte de Blair fue una de sus hábiles trampas: lo mostraba democrático y le permitía manipular a la ciudadanía para conseguir cambios institucionales que lo favorecían. Un ejemplo fue el referéndum de Londres: en mayo de 1998 Blair encabezó una exitosa campaña para crear una nueva asamblea para Londres y establecer el primer alcalde de la ciudad elegido directamente. En los 22 años que lleva en vigencia la elección del alcalde, Londres ha sido gobernada durante 14 años por laboristas; el único nominalmente conservador que ha ganado en dos oportunidades ha sido Boris Johnson (y en una próxima entrega analizaré por qué un patricio engreído como él ha conseguido gobernar Londres y Gran Bretaña). Hoy parece poco probable que un verdadero conservador gane alguna elección como alcalde de Londres, una gran metrópolis multirracial y multicultural.

El gobierno de Blair también firmó inmediatamente el Capítulo Social del Tratado de Maastricht, por lo cual entregaba Gran Bretaña a la legislación de la Unión Europea (EU). Su sucesor ratificó en 2008 el Tratado de Lisboa, diseñado para mejorar el funcionamiento de la UE.

El blairismo realizó reformas en la Cámara de los Comunes, alterando las tradicionales formas y procedimientos de intervención del primer ministro. Pero el ataque a la institución más tradicional fueron los cambios que introdujo a la Cámara de los Lores. En enero de 1999 se presentó un proyecto que introducía el concepto de Senado para reemplazar a la Cámara de los Lores, y preveía la elección de los miembros de la Cámara y la abolición de los derechos de los pares. Así, Blair eliminó a todos menos 92 de los miembros hereditarios de la Cámara de los Lores y la terminó convirtiendo en una institución dócil y favorable al gobierno laborista, llena de amigos y acólitos oficiales.

El punto en el que el blairismo fue claramente ilegal y contra la tradición fue con el tema de Irlanda del Norte. Aquí había un conflicto entre la ley y el crimen, en el que los partidos terroristas buscaban obtener concesiones mediante el asesinato y la destrucción. A los pocos meses de tomar posesión del cargo, Blair había invitado a los líderes de esos partidos terroristas a reunirse con él personalmente en Downing Street, y accedió a liberar a un gran número de criminales condenados para garantizar un «alto el fuego» poco fiable por parte de los criminales. Al mismo tiempo, él y su secretaria para Irlanda del Norte, Marjorie Mowlam, habían mostrado indiferencia e incluso hostilidad hacia el pueblo unionista de la provincia. Se dejó claro a la Orden de los Naranjas (la organización protestante más importante de Irlanda del Norte) que su libertad para marchar quedaría restringida, y que la Real Policía del Ulster y el Ejército Británico serían utilizados contra ellos si insistían en comportarse como siempre lo habían hecho. 

Blair eliminó a todos menos 92 de los miembros hereditarios de la Cámara de los Lores y la terminó convirtiendo en una institución dócil y favorable al gobierno laborista, llena de amigos y acólitos oficiales.

Eran momentos en que se estaban haciendo grandes esfuerzos para que el Sinn Fein, el partido político próximo a la organización terrorista IRA (Ejército Revolucionario Irlandés), participara en las conversaciones. Empujados por una enorme presión de Estados Unidos para llegar a un acuerdo, debido a la enorme deuda que Bill Clinton tenía con los votantes y empresarios irlandeses-americanos que habían recuperado los votos de la clase trabajadora católica perdidos por los demócratas debido a su política pro-aborto. Así, el acuerdo anterior, bajo el cual el gobierno británico, el ejército y la policía habían estado del lado de la Unión, o al menos de la ley, había terminado. Ahora estaban del lado de un compromiso que significaba claramente el fin de la Unión y que pasaba por encima de la ley.

En sus 10 años en el poder, Tony Blair aprobó 26.849 leyes en total, un promedio de 7,5 por día. El Partido Laborista continuó esta locura bajo Gordon Brown, que rompió el récord en 2008 al aprobar 2,823 nuevas leyes, un aumento del 6% respecto a su predecesor megalómano. Mucha de esta legislación fue en área de derecho penal. Para el año 2008, los laboristas habían creado más de 3.600 nuevas ofensas. 

Una táctica común del gobierno de Blair era usar pánico moral para aprobar una nueva legislación radical. Por ejemplo, en 2006, aprobó la Ley de Terrorismo que anuló el habeas corpus y otorgó a la policía británica el derecho de detener a cualquier persona por cualquier motivo durante 90 días. En ese momento, recibió un amplio apoyo público debido a los recientes atentados del 7/7 en Londres. Pero significó que, en el Reino Unido, desde entonces la policía puede arrestarte sin que necesariamente hayas cometido un delito si pueden tildar tus actividades de «terrorista» o «extremista». A pesar que estas leyes fueron aparentemente sancionadas para combatir el terrorismo islámico, las definiciones en constante expansión de «extrema derecha» y «extremista» demuestran que pueden ser armadas contra el pueblo británico. 

De esta manera, creó la legislación para que el Estado británico invada las libertades civiles de una manera abiertamente tiránica. Tony Blair fue un maestro del gaslighting, cuando nadie siquiera podía deletrear el término. Por ejemplo: su política contra el crimen fue sostenida con una mentira en complicidad casi total de los medios. En 1997, Tony Blair se hizo famoso por el slogan » be tough on crime and on the causes of crime” (duro con el crimen, duro con las causas del crimen), desafortunadamente para él, la realidad de los datos empíricos del crimen no lo demostraban, pero tenía a su favor una eficiente maquinaria propagandista. El Partido Laborista, que tenía (y tiene) que ver con las percepciones de los medios y el giro político, necesitaba encontrar una manera de mostrar que su agenda contra el crimen se estaba cumpliendo. 

Entonces, en 2003, Tony Blair cambió permanentemente la forma en que se mide el crimen en el Reino Unido al introducir el Estándar Nacional de Grabación de Crímenes (NCRS). Hasta ese momento, el crimen en el Reino Unido se midió usando datos duros extraídos de arrestos y condenas reales de la policía. Sin embargo, desde ese momento, las estadísticas oficiales se extrajeron de la encuesta británica contra el crimen, que estima la delincuencia basada en una encuesta a 50.000 personas de 16 años o más, que funciona de forma similar a como se mide el rating de los programas televisivos. Esto significa que las estadísticas sobre el crimen que sustentaba la política blairista y que eran propagadas por los medios no eran cifras concretas, sino estimaciones de encuestas. Los laboristas querían contar a las víctimas en comparación con el número total de delincuentes, así se eliminó una gran cantidad de crímenes de estos datos. Por ejemplo, como sólo se entrevistaba a los mayores de 16 años, los delitos contra menores no se registraban en las estadísticas oficiales. 

Además, como consecuencia de que las entrevistas tenían que hacerse en propiedades privadas, la delincuencia callejera habitualmente no aparecía en estos números. Por supuesto, los llamados crímenes «sin víctimas» – fraude o crimen en línea – tampoco aparecían. Así la narrativa gubernamental laborista ocultó deliberadamente los datos reales del crimen con índices de criminalidad estimados que les eran favorables para: ampliar los presupuestos en una política fallida, sancionar legislación invasiva y vender un gobierno. La realidad, contrariamente a la opinión popular perpetuada por los mitos progresistas, es que la vida era mucho más segura en Gran Bretaña durante la década de 1850 hasta 1911, que de la década del 90 en adelante.

Como ninguna otra fuerza política antes, Anthony Charles Lynton Blair cambió Gran Bretaña para siempre. Las palabras con las que abría este artículo son importantes, porque ofrecen una realidad pos gobierno blairista. Hoy no queda duda que las elecciones de 1997 fueron una elección histórica que tenía poco que ver con la economía, o incluso con la política, y todo que ver con una cuestión más profunda: ¿qué tipo de sociedad serían los británicos en el siglo XXI? Tony Blair es mucho más importante de lo que muchos creen, y cualquiera que trate de entender la política británica debe considerar esta inevitable verdad: Blair es el fin de la verdadera Gran Bretaña.

Asimismo, la tibia doctrina de los conservadores se ha derrumbado ante la omnipresente Larga Marcha del blairismo por las Instituciones. Los conservadores se han mostrado impotentes frente a, o incluso han colaborado con, los laboristas desde 1945 y con el centrismo radical impuesto desde 1997. Durante las elecciones de 2001, Tony Blair exigió específicamente al Partido Tory la nueva condición de rendición al sistema político británico surgido de su reinado. Dijo en Wellingborough el 5 de junio de 2001:

La tibia doctrina de los conservadores se ha derrumbado ante la omnipresente Larga Marcha del blairismo por las Instituciones. Los conservadores se han mostrado impotentes frente a, o incluso han colaborado con, los laboristas desde 1945 y con el centrismo radical impuesto desde 1997.

“En estas elecciones pedimos al pueblo británico que se pronuncie y diga que los servicios públicos son la prioridad de Gran Bretaña, que diga clara e inequívocamente que ningún partido debe volver a intentar dirigir este país proponiendo recortar las escuelas de Gran Bretaña, los hospitales de Gran Bretaña y los servicios públicos de Gran Bretaña. Nunca más una vuelta a la agenda de los años ochenta.”

La misión de Tony Blair era hacer que no importara si los tories volvían, ya que estarían acorralados por el blairismo. Los dos partidos, en sus centros reales, están tan cerca que al observador le recuerda el momento del final de Rebelión en la Granja con que abría mi primer artículo (La irreversible entrega de Gran Bretaña al progresismo radical. Parte 1: El suicidio del conservadurismo). Los laboristas podían razonablemente entregar el cargo (pero no el poder) al Partido Tory, con la confianza de que, cuando finalmente regresaran, su programa no habrá sido seriamente perturbado, y mucho menos revertido. Y así ocurrió.

Los laboristas podían razonablemente entregar el cargo (pero no el poder) al Partido Tory, con la confianza de que, cuando finalmente regresaran, su programa no habrá sido seriamente perturbado, y mucho menos revertido. Y así ocurrió.

Los laboristas, que durante décadas trataron de conseguir la irreversibilidad de sus reformas asegurando tres victorias electorales sucesivas con plenas mayorías, consintieron el regreso tory de 2010 porque consiguieron la completa aceptación de su programa por parte de los conservadores a partir de entonces. Los gobiernos conservadores posteriores de David Cameron, Theresa May y Boris Johnson no han desafiado el sistema de centro blairista.

Los lectores me discutirán sobre el Brexit, UKIP, Nigel Farage o el destino de Boris Johnson. Todos son temas que trataré en la tercera parte. Pero les adelanto: El Lord de la Oscuridad, Tony Blair, sigue siendo importante y hoy se ofrece al electorado la oportunidad de cambiar la cara del gobierno, pero rotundamente no de cambiar la naturaleza del sistema, que a fin de cuentas, es el que él creó.

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