Política

La irreversible entrega de Gran Bretaña al progresismo radical. Parte 1: El suicidio del conservadurismo.

¿Por qué hoy se pide la cabeza de Boris Johnson, cuando hace solo dos años era el líder indiscutido del Brexit?

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Las criaturas de fuera miraban del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo, y del cerdo al hombre de nuevo; pero ya era imposible decir cuál era cuál.”
George Orwell, Rebelión en la granja

Si la clase política argentina te parece una gigante y desvergonzada reunión de cínicos, déjame decirte que son noveles aprendices al lado de los “civilizados” políticos británicos. Las críticas al primer ministro por el manejo de la pandemia, las fiestas clandestinas que organizó, permitió y asistió, los fastuosos gastos a la residencia oficial, o sus descaradas mentiras y las de sus funcionarios no son más que desafíos a su liderazgo que nada tienen que ver con las necesidades del país. Mientras tanto, el británico promedio sufre el aumento de la factura de electricidad, los impuestos, un servicio de salud quebrado y un sistema educativo obscenamente adoctrinador. ¿Por qué hoy se pide la cabeza de Boris Johnson, cuando hace solo dos años era el líder indiscutido del Brexit? La clase política y mediática desea hoy un gobierno diferente, no porque vaya a producirse un cambio, sino porque precisamente nada va a cambiar.

El mayor error que podemos cometer para entender la política británica es la idea obsoleta de pensar en izquierda y derecha. Estos campos de batalla tienen poco que ver con las verdaderas divisiones que existen hoy entre los conservadores y los laboristas. Boris Johnson, Primer Ministro Conservador desde 2019, o Keir Starmer, líder del Partido Laborista desde 2021, están de acuerdo en todas las cuestiones políticas importantes.

En Gran Bretaña la supuesta izquierda vencida se ha convertido en el establishment; dominan la administración pública, las artes, los medios de comunicación, la academia, los tribunales.

En Gran Bretaña, como en todas partes del antiguo occidente “antimarxista”, la supuesta izquierda vencida se ha convertido en el establishment; dominan la administración pública, las artes, los medios de comunicación, la academia, los tribunales. La particularidad británica es que, en el sistema de competición bipartidista más antiguo del mundo, han creado un gobierno de “centro radical” o “centro progresista” permanente.

La dinámica política posible en un sistema de estricto bipartidismo es: oficialismo versus oposición, pero en Gran Bretaña desarrollaron una dinámica de bipartidismo centro blairista. Una poderosa clase política está unida en torno a varias cuestiones controvertidas en las que sus puntos de vista difieren bastante de los de gran parte de la población. Los partidos políticos se han convertido en dispositivos para representar los puntos de vista de la clase dirigente ante el pueblo, en lugar de al revés. En consecuencia, a menudo adoptan políticas y posiciones absurdas o contradictorias. El sistema británico perdió el precioso, delicado y largamente inutilizado mecanismo que implica un sistema adversarial, en el que una verdadera izquierda y una verdadera derecha, pulcramente contrapuestas, luchan eternamente entre sí. 

La brújula política que antes se utilizaba para calibrar estas cosas se ha roto de alguna manera y su aguja oscila vagamente sin indicar nada en particular. El comportamiento partidario o de los dirigentes británicos y la posibilidad de análisis debe contemplar la inutilidad de los ejes izquierda-derecha e incluir a Anthony “Tony” Blair, ex Primer Ministro. Hay un “consenso” centro-progresista de izquierda, desde el gobierno de Tony Blair, que domina la política británica. ¿Por qué ha ocurrido esto? En tres fantásticas entregas te lo explico.

El partido político más exitoso de la historia: los conservadores británicos

El Partido Conservador Británico (nombrado coloquialmente como “Tory”), fundado en 1834, ha estado en el poder durante la mayor parte del siglo XX y más de la mitad del siglo XXI, pero no ha conseguido conservar nada de valor real. Su exitosa capacidad para ganar elecciones se debe más que nada a la aceitada maquinaria electoral partidaria, a su oportunismo político y a la franca duplicidad de sus dirigentes, antes que a la pretensión de ser los portadores de la antorcha del legado filosófico de Edmund Burke, padre del conservadurismo británico. Es una organización cuyo principal objetivo es obtener cargos para sus dirigentes a casi cualquier precio, y que se enorgullece de su falta de dogma.

La II Guerra Mundial concluyó hace 77 años, 46 de los cuales el Partido Conservador lleva gobernando, ha ganado 10 elecciones desde entonces. Todos esos años en el gobierno no condujeron a la reversión de ninguna de las medidas laboristas impuestas desde el fin de la guerra. Más bien, se dedicaron a liquidar el Imperio Británico que hasta entonces habían apoyado y a consolidar el consenso laborista de la nueva Gran Bretaña creada después de la guerra. Algunos de los ejemplos más atroces de su larga retirada de las tradiciones de sus antepasados y de sus concesiones políticas incluyen: haber aceptado el sistema de escolarización integral y el programa de revolución sexual y cultural de los laboristas; haber negado el orgullo nacional y facilitar la inmigración a gran escala de culturas incompatibles con Gran Bretaña para asegurar bajos costos laborales para sus patrocinadores empresariales; no se han opuesto a los grandes aumentos del gasto público y de impuestos de los laboristas; han hecho una abyecta rendición a la agenda de «igualdad y diversidad» globalista y durante veinte años estuvieron de acuerdo en apoyar la pertenencia británica en la Unión Europea.

Existieron dos períodos revolucionarios de gobierno laborista. La primera revolución fue la fabiana y comprendió: de 1945 a 1951, cuando crearon el Estado de Bienestar y el Servicio Nacional de Salud (NHS), y posteriormente de 1964 a 1970, que inició y consolidó la revolución cultural y moral, convirtió las escuelas en motores igualitarios y transformó el Estado de Bienestar de una red de seguridad en un poderoso desincentivo para el trabajo no cualificado. La segunda revolución laborista fue la blairista de 1997 a 2010, bajo el nombre de “Nuevo Laborismo” se amplió la revolución cultural y moral anterior, se eliminó la mayoría de los elementos conservadores de las instituciones, se pisoteó toda tradición británica en pos del europeísmo y globalismo radical, se amplió aún más el NHS y la administración local, y se terminó por disolver el Reino Unido.

Los tories capitularon ante estas dos revoluciones: en 1951 decidieron dejar prácticamente intactas las nacionalizaciones y las medidas de bienestar de los laboristas fabianos de Clement Attlee, y en 2010 decidieron rendirse frente al blairismo que destruyó toda identidad puramente británica y lo entregó al globalismo extremo.

El Partido Laborista Fabiano y el comienzo de la decadencia británica

La Sociedad Fabiana fue el centro ideológico-político que determinó los comienzos del Partido Laborista. Fundada en Gran Bretaña en 1883 por simpatizantes socialistas, se presentó con un revelador logotipo: un lobo vestido de cordero; fue la principal influencia de la Internacional Socialista en Europa. A principios del siglo XX determinó la creación del partido Laborista y fueron sus mentores hasta la década del 90.

Los laboristas fabianos se caracterizaron por su pragmatismo, alejándose de las ideas utópicas de Karl Marx de cambio revolucionario de la sociedad para llegar al socialismo. La forma de alcanzar el socialismo en Gran Bretaña pasaba por el desarrollo y la evolución de los derechos políticos (el sufragio) y sociales. Al finalizar la segunda guerra mundial el gobierno de Clement Attlee (1945-1951) había creado la principal institución para el socialismo británico: el Estado de Bienestar, con la sanidad gratuita como emblema.

En 1951, cuando los tories regresaron al gobierno después de los cambios laboristas, decidieron no modificar ninguna de las bases previas. Interesados, como siempre, en el cargo más que en el poder y su ideología, consideraron que bastante de la Gran Bretaña conservadora sobrevivía, y seguiría sobreviviendo. Dejaron la mayoría de las industrias nacionalizadas en manos del estado y más que nada aceptaron el Servicio Nacional de Salud, principal emblema y deidad de la revolución laborista.

En la década del 70, los gobiernos conservadores de Edward Heath (1970-1974) y de Margaret Thatcher (1979-1990), parecieron desafiar el “consenso” de 1945. Pero no fueron más que desafíos verbales o posturales. Heath se mostró preocupado por la entrada en el Mercado Común pero terminó siendo el gobernante británico que metió al Reino Unido en la Unión Europea; criticaba a los laboristas por estatistas pero en su carrera política defendió la importancia de la intervención del Estado en la economía para defender el bien social y templar los excesos del capitalismo; y maniobró sin cesar para socavar cualquier intento de establecer un verdadero movimiento nacionalista en su propio partido cuando suprimió a Enoch Powell (quién tenía el apoyo de la mayoría de la población) por hablar en contra de la inmigración masiva.

Fue Thatcher, con sus ataques a las instituciones y costumbres que odiaba, con su impaciencia con el Parlamento y el gobierno de Gabinete, quien alertó a la izquierda sobre el arma que estaban descuidando y aprovecharon cuando volvieron a gobernar años después

Margaret Thatcher, tuvo una retórica que resultó ser más feroz que sus acciones. No nacionalizó una serie de industrias, pero las convirtió en monopolios regulados por el Estado, lo que dio al gobierno poder sobre ellas, sin responsabilidad por sus fallos. Nacionalizó el gobierno local y el sistema escolar inglés, y creó una plétora de cargos que empleaban (y emplean) a un gran número de personas, dejando así a grandes multitudes como empleados del gobierno, directa o indirectamente, y a vastas regiones de la economía dependientes del Estado. De forma curiosa y no intencionada, los años del thatcherismo dieron a sus oponentes la oportunidad de lanzar una revolución política a la altura de la cultural. Fue Thatcher, con sus ataques a las instituciones y costumbres que odiaba, con su impaciencia con el Parlamento y el gobierno de Gabinete, quien alertó a la izquierda sobre el arma que estaban descuidando y aprovecharon cuando volvieron a gobernar años después.

El aparente renacimiento del conservadurismo en 1979 fue una falsa esperanza porque el movimiento thatcherista no estaba interesado en la moral ni en la cultura. Su conservadurismo cultural, en materia de educación, política sexual y patriotismo, resultó ser bastante ilusorio y cuando intentó reformar estas cosas, no consiguió nada o incluso las empeoró, especialmente en el ámbito de la educación, donde los decadentes resultados de su gobierno fueron: haber sido la que más Grammar Schools (verdaderos emblemas conservadores) cerró, haber aprobado el Education Reform Act 1988 que, junto con el pésimo National Curriculum (el Plan Nacional de Estudios) y el gravemente devaluado e igualitario examen General Certificate of Secondary Education (GCSE) minaron la educación tradicional británica. La revolución thatcherista de la competitividad, su prédica por el “ascenso social” y el igualitarismo educativo preparó el camino que retomó Blair, años después, para destruir la educación y la cultura británica. Lo que es peor, el gobierno de Thatcher contribuyó involuntariamente a destruir muchas de las cosas que el conservadurismo defendió. En dieciocho años de gobiernos conservadores, un tiempo inmenso, Thatcher y su sucesor John Major (1990-1997) fueron incapaces de revertir alguna política de la revolución cultural.

Otras políticas thatcheristas que acentuaron la decadencia británica y al conservadurismo fueron: la abolición del Consejo del Gran Londres que creó el precedente para la abolición de la Cámara de los Lores; y teniendo la oportunidad de devolver a la BBC la imparcialidad y el apoyo a la cultura británica, optó por dejarla a los contadores sin hacer nada para detener la larga marcha de la izquierda cultural en la emisora. Así, no fue especialmente difícil para los laboristas que vinieron luego aceptar los cambios de Thatcher, porque sus medidas les permitieron seguir una política más radicalmente intervencionista.

No fue especialmente difícil para los laboristas que vinieron luego aceptar los cambios de Thatcher, porque sus medidas les permitieron seguir una política más radicalmente intervencionista.

Curiosamente, la expulsión de Thatcher fue el resultado directo de su única desviación realmente peligrosa del “consenso”. Se trata de su conversión muy tardía a una posición anti Unión Europea después de muchos años de apoyo entusiasta al proyecto. Las crisis que condujeron a su salida fueron provocadas por el conflicto con los miembros pro Unión Europea de su gobierno: el asunto Westland, el conflicto con Geoffrey Howe y Nigel Lawson sobre el Mecanismo de Tipos de Cambio, su discurso de Brujas atacando la integración política europea y su declaración -el famoso triple «¡No!» en los Comunes- de que no aceptaría el dominio de los tribunales e instituciones de la Unión Europea sobre Gran Bretaña.

Con Thatcher destruida y su influencia purgada, con la oposición a la Unión Europea reducida a un «escepticismo» neutro y sin sentido, con el Partido Tory vaciado de conservadurismo y con una incipiente revolución cultural y sexual decadente comenzó la segunda revolución laborista que terminó por definir el sistema político británico actual.

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