Sociedad

Estúpidos y malvados

Existe un tipo de individuo que en su accionar genera pérdidas a otros, a la par que no obtiene ganancias para sí; son los individuos del tipo “Estúpido”.

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En 1988 se dio a conocer un delicioso texto de Carlo Cipolla, “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”. Cipolla lo escribió con un estilo irónico, muy sutil y ameno, pero detrás del cual se aprecia una crítica descarnada a la sociedad en la cual vivía.

Esas Leyes no tienen ninguna referencia territorial que puedan remitir a tal o cual país, a tal o cual sociedad, porque se trata, precisamente, de un esbozo universal: esas Leyes rigen para todas las sociedades humanas. Cipolla no conoció, obviamente, la actual decadencia argentina (murió en el año 2000, y su área de investigación “seria” era la historia económica y demográfica, básicamente europea), pero cada una de esas Leyes y sus derivados, aplican perfectamente a la Argentina de las últimas décadas.

En primer término debe admitirse apelar al término “estupidez” y, por ende, calificar de “estúpidos” a quienes detentan aquel rasgo, suena fuerte, políticamente incorrecto, menospreciativo

En primer término debe admitirse apelar al término “estupidez” y, por ende, calificar de “estúpidos” a quienes detentan aquel rasgo, suena fuerte, políticamente incorrecto, menospreciativo. Y más si se aplica a electores y elegidos pero, sin embargo, si se sigue el desarrollo de la idea que expuso Cipolla, se encontrará que estas Leyes son muy precisas y las implicancias que se derivan de ellas son sumamente útiles para describir -y comprender- el presente político, económico y social argentino.

Junto al resto de las especies que habitan la Tierra, el hombre evolucionó haciendo frente a obstáculos de diverso tipo, adaptándose, haciendo frente a tribulaciones, temores y fracasos. Pero a diferencia del resto de las especies, los humanos cargan con el peso de un grupo muy numeroso de su misma especie, que torna mucho peores todas aquellas cosas a las que debe hacer frente el hombre: los estúpidos.

La estructura y dinámica de ese conjunto está regida por lo que Cipolla llamó Leyes Fundamentales. La primera de ellas hace referencia a un aspecto simple, que muchas veces pasa desapercibido, pero que en nuestra vida cotidiana es clave: Siempre e inevitablemente, cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.

Estemos dónde estemos, hagamos lo que hagamos, indudablemente estaremos rodeados por más estúpidos de los que imaginamos. La propia enunciación de la Ley conlleva a la imposibilidad de la cuantificación, porque siempre se estará subestimando dicha cantidad. Por eso, para facilitar la exposición, podemos decir que en todo conjunto social existe un X número de estúpidos.

La estupidez es un rasgo indiscriminador, que se expande por toda la sociedad, en todo tiempo y lugar. La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.

Ese X número no se concentra en ningún grupo étnico, ni demográfico, ni sexual, ni ninguna otra categoría diferenciadora; la estupidez es un rasgo indiscriminador, que se expande por toda la sociedad, en todo tiempo y lugar. De ahí que la segunda Ley señale: La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.

Ahora bien, sabiendo que siempre habrá más estúpidos de los que estimamos, y que se distribuyen por todo agrupamiento humano, sin importar rasgos particulares, cabe precisar qué entendemos, gracias a Cipolla, por estupidez y sus detentores, los estúpidos.

En la interacción entre personas se generan circunstancias en que material e inmaterialmente una gana y otra pierde, ambas ganan, o ambas pierden. La ganancia (o la pérdida) material es plenamente codificable monetariamente, mientras que la ganancia (o la pérdida) inmaterial no lo es, porque responde al sistema de valores de cada individuo. No obstante, esta dificultad de codificación, la esencia argumental se mantiene: hay ganancias y pérdidas, no distribuidas homogéneamente en los procesos de interacción.

Cuando un individuo X realiza una acción que procura una ganancia a un individuo Z, pero ninguna ganancia -o incluso, una pérdida- para sí, estaríamos frente a la categoría que Cipolla denomina “Incauto”. En cambio, cuando X realiza una interacción con Z, y ambos ganan, estamos frente a un individuo “Inteligente”. A la vez, puede darse el caso de que X interactúe con Z, generándose una ganancia para sí y una pérdida para el otro, lo que lo hace un individuo “Malvado”.

En el ámbito por antonomasia de las interacciones entre individuos, el mercado, de continuo hay accionares incautos, inteligentes y malvados. Pero en ellos no se agota el universo humano. Existe un tipo de individuo que en su accionar genera pérdidas a otros, a la par que no obtiene ganancias para sí; son los individuos del tipo “Estúpido”.

Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona (o grupo de personas), sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.

El accionar de ellos fue formulado por Cipolla en su tercera Ley: Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona (o grupo de personas), sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.

Son muchos, están en todas partes, y su accionar nos complica la vida al resto. Cualquier similitud con prácticas de votación electoral no es mera coincidencia.

Los cuatro tipos de individuos enunciados son tipos ideales, y por lo tanto, no reconocibles perfectamente en la realidad. En verdad, los individuos se mueven dentro de un espectro, dentro de su gran tipo (que sería algo así como la media ponderada de sus acciones), pero acercándose en ocasiones a un extremo u otro de dicho espectro. Por ejemplo, el “Inteligente” en ocasiones logra ganancias superiores a las que prodiga a otros, por lo cual su accionar se acerca un poco más al tipo “Malvado”, a la par que en otros momentos actúa generándose ganancias, pero de menor magnitud de las que prodiga a tercero, en tanto lo cual, su accionar se aproxima al tipo “Incauto”.

La atención de Cipolla (y la nuestra) está puesta, más que en los tipos “Inteligente” e “Incauto”, en los otros dos, el “Malvado” y el “Estúpido”. Imaginando un degradé de situaciones, el “Malvado” suele generarse ganancias a costa de terceros, concentrándose en un segmento de dicha escala, en la cual sus ganancias son menores que las pérdidas que generan a terceros. Un ejemplo cotidiano algo extremo, pero claro: un arrebatador que empuja a un pasajero a las vías del tren para robarle su celular está obteniendo una ganancia (el celular) a costa de generar una pérdida mucho mayor al otro (su vida).

A su vez, el “Estúpido” se distribuye homogéneamente dentro de su espectro de accionar causando pérdidas de continuo a terceros y a sí mismo, con variaciones de intensidad entre uno y otro punto, pero siempre dentro del conjunto de las pérdidas. La capacidad de generar tales pérdidas del “Estúpido” depende, básicamente, de dos factores: por un lado, su condición innata de estupidez, su capacidad natural para ejercerla, la cual se va perfeccionando y agudizando a lo largo de su vida; y por el otro, su posición de poder.

Mientras un “Inteligente” o un “Malvado” tiene noción de sí mismo, de su posición y sus capacidades, e incluso, un “Incauto” también se autopercibe como tal, el “Estúpido” nunca se ve en la posición de tal.

Los estúpidos, por la segunda Ley, se encuentran siempre presentes en todo agrupamiento humano, y la casta política no es la excepción, como tampoco lo es el conjunto de electores, en las sociedades donde rige el sistema democrático. Y sabemos, por la primera Ley, que son muchos más de lo que estimamos. Por lo tanto, las elecciones democráticas constituyen un canal muy eficaz para asegurar que el tipo “Estúpido” esté presente en las instancias de gobierno, en tanto que representantes de ese tipo lo votan. De estos últimos (de los votantes), dice Cipolla que “las elecciones les brindan una magnífica ocasión de perjudicar a todos los demás, sin obtener ningún beneficio a cambio de su acción.” Agregaría “ningún beneficio neto”, porque nominales, quizás sí pueden alcanzar (un plan asistencial, un puesto en alguna repartición pública, algún contrato temporario), pero en el balance global de mediano y largo plazo, ese beneficio se diluye.

La capacidad de daño, el poder de la estupidez es muy grande. Mientras un “Inteligente” o un “Malvado” tiene noción de sí mismo, de su posición y sus capacidades, e incluso, un “Incauto” también se autopercibe como tal (aunque a base de perder una y otra vez), el “Estúpido” nunca se ve en la posición de tal. No tiene noción de sí. Y a los otros tipos les es difícil aceptar la existencia y sobre todo, prepararse para enfrentar el accionar del “Estúpido”. De hecho, para un “Inteligente” o un “Malvado”, los agentes con los cuales se relacionan siempre son racionales, con un accionar codificable para la interacción. Y cuando enfrentan a un “Estúpido”, su estrategia se desarma, porque no hay lógica racional en él. No en vano Friederich Schiller escribió: “Mit der Dummheit kämpfen Götter selbst vergebens” (“Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano”).

Lo antedicho nos lleva a la cuarta Ley enunciada por Cipolla: Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas; los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error.

Si se considera al bienestar general como la suma algebraica de los bienestares individuales, es dable inferir, entonces, que el tipo “Estúpido”, en tanto que afecta a los individuos, lo hace a la sociedad en su conjunto. De ahí la quinta Ley: La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe. Con el corolario que incorpora Cipolla: El estúpido es más peligroso que el malvado.

El corolario es particularmente relevante para analizar la incidencia del “Estúpido” a nivel del conjunto social. El “Malvado” sustrae ganancias al resto de la sociedad, y esas ganancias no pueden ser mayores que las pérdidas que experimenta ese resto, las cuales, a su vez, no pueden ser mayores al conjunto de bienes, servicios y sentimientos que produce y experimenta ese resto social (se produce 1, se pierde 1, y se gana 1, con gradientes en el segundo y en el tercer factor, que nunca puedan ser mayores al primero). La sociedad parece quedar, desde este punto de vista, estable.

Cuando el “Estúpido” actúa, en tanto tal, no genera ganancias para nadie, sino pérdidas (incluso, para él mismo). En los gradientes del espectro en el que se desenvuelven el “Incauto” y el “Malvado”, cuanto más cerca se ubiquen ellos de la posición del “Inteligente”, mayor será el bienestar social generado, el cual será menor hasta pasar a ser negativo, cuanto más cerca del espectro “Estúpido” se desenvuelvan.

Por la mencionada segunda Ley, la participación de estúpidos en una sociedad es constante, más allá de las particularidades de la sociedad y del momento. Se trate de una sociedad que atraviesa un momento de auge, o de una que está en declive, la presencia de estúpidos es constante. Lo que varía, en cambio, es la actuación de los otros tipos.

En un país en auge, el número constante de estúpidos no se refleja en el desenvolvimiento general, porque el resto de la sociedad, en particular del tipo “Inteligente”, realizan control de daños de las consecuencias del accionar del “Estúpido”, a la par que con su propio accionar, como se señaló anteriormente, generan ganancias para todos con los que interaccionan.

Las consecuencias del movimiento de los individuos del tipo “Incauto” y “Malvado” hacia el espectro “Estúpido”, sumado a la anulación de los esfuerzos del tipo “Inteligente”, conducen a esa sociedad a la ruina más profunda.

En una sociedad decadente, los estúpidos son más activos por la permisividad del resto, en particular, del tipo “Incauto” e “Inteligente”, a la par que se incrementa el accionar del tipo “Malvado” que se ubica en el espectro cercano al tipo “Estúpido”, particularmente dinámicos cuando se han logrado encaramar a posiciones de poder. A la par, gran parte de los individuos del tipo “Incautos” se mueven en el espectro hacia posiciones cercanas a la estupidez.

Las consecuencias del movimiento de los individuos del tipo “Incauto” y “Malvado” hacia el espectro “Estúpido”, sumado a la anulación de los esfuerzos del tipo “Inteligente”, conducen a esa sociedad a la ruina más profunda.

Cipolla desarrollo estas ideas en forma cuasi irónica, sin conocer el caso argentino, señalamos anteriormente. Sin embargo, contrastadas con la evolución reciente de nuestro país, el texto de Cipolla parece una novela realista de Benito Pérez Galdós.

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