Política

El Ártico y la Antártida: no son historias paralelas, se entrecruzan

Lo que sucede en el Ártico debiera ser seguido con mucha atención por todos los que tenemos aspiraciones en la Antártida.

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Desde hace años el Ártico es noticia en la comunidad de defensa (cuidado solamente donde ese aspecto de la política es relevante, claramente no nuestro caso); por el incremento de la presencia militar en el mismo, de la mano del deshielo paulatino. Esa presencia militar es operativa, nada tiene que ver con apoyo a las actividades científicas o medioambientales. Responde a salvaguardar los intereses de quienes ven en el Ártico un lugar donde se necesita acumular poder para evitar disputas o bien tener posibilidades de imponerse por medio del recurso militar.

En el Ártico hay diversos aspectos en juego, las rutas de navegación que los deshielos producen, la mayor accesibilidad a los recursos de la zona, y la posición ventajosa que brinda para el empleo de ciertos medios militares contra distintos potenciales enemigos, especialmente para el lanzamiento de misiles nucleares desde submarinos.

Tiene mucha aceptación aquí que todo lo referido a la Antártida será siempre resuelto en atención al espíritu del Tratado Antártico, como si las condiciones estratégicas que llevaron a su firma fueran inamovibles.

Se ha creado un Arctic Council, integrado por Canadá, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Rusia, Suecia y EEUU; el cual acepta naciones observadoras como: Francia, Alemania, Italia, Japón, Países Bajos, China, Polonia, India, Corea del Sur, Singapur, España, Suiza y el Reino Unido. Nótese que, como en la Antártida, no son necesariamente naciones “próximas” las que consideran que tienen intereses relevantes en esa superficie de mar helado.

Puede resultar aventurado, pues entre nosotros tendemos a mirar como pétreas situaciones que pueden cambiar, pero creo que con sus diferencias lo que sucede en el Ártico debiera ser seguido con mucha atención por todos los que tenemos aspiraciones en la Antártida.

Tiene mucha aceptación aquí que todo lo referido a la Antártida será siempre resuelto en atención al espíritu del Tratado Antártico, como si las condiciones estratégicas que llevaron a su firma fueran inamovibles, como si los actores no tuvieran intereses que consideren críticos, y como si el escenario estratégico no variara en décadas.

Algún observador puede argumentar que tengo una mirada pesimista de las cosas y que no entiendo las bondades del soft power, de los lazos de cooperación que se han creado entre las naciones que operan en la Antártida y que todo se allana por consenso.

La realidad es que sí tengo una mirada pesimista, pues creo que los intereses nacionales priman por sobre esas relaciones de cooperación. Lo que considero que debiéramos al menos contemplar son todas las alternativas que podrían configurarse fuera de «lo políticamente correcto»; y a ese enfoque más abarcativo, sumarle ideas que busquen la interacción profunda con nuestros socios naturales más próximos, Brasil, Chile y Uruguay, para generar acciones que nos posicionen mejor ante una contingencia relacionada a la Antártida. Claramente, a lo que me refiero, y sé que sonará disruptivo, es buscar una fórmula que nos lleve a una “soberanía compartida” de una porción del continente antártico. Solamente de esa manera un país como el nuestro, que se ha empecinado en la irrelevancia estratégica por décadas, podría tener una chance en el futuro de contar no solamente con un ejercicio soberano sobre espacios en ese continente, sino de “socios” que le permitan un marco más sólido; considerando la cada vez más decadente capacidad de evidenciar poder de este país.

Por supuesto una fórmula como la propuesta requeriría concesiones de parte nuestra que están lejos del discurso patriotero habitual, sin sustento en hechos que le den capacidad de realización alguna. Los que imaginan una Argentina en capacidad de imponer sus propios criterios en la Antártida basados en la presencia desde principios del Siglo XX, nacimientos en esas tierras, estampillas postales, radios emitiendo programas desde allí y otras demostraciones; me parece que olvidan que esos gestos pueden resultar conmovedores para el público interno pero escasamente relevantes a la hora de que otros Estados, con capacidades reales y no discursivas de ejercer el poder, decidan negar toda soberanía en el continente o quizás dividir el mismo en base al criterio que impongan, y me permito recordar que uno de los cinco países con derecho a veto en el CSNU es el Reino Unido, el cual reclama casi el mismo territorio que Argentina le dice a sus ciudadanos que es nuestro.

Buscar una fórmula que nos lleve a una “soberanía compartida” de una porción del continente antártico. Solamente de esa manera podríamos tener una chance en el futuro de contar con un ejercicio soberano sobre espacios en ese continente.

En nuestro país predominan las almas candorosas, convencidas de que la Antártida encaminará la resolución de sus “congeladas divergencias” de manera siempre pacífica y en el espíritu de colaboración que sirvió de marco al Tratado Antártico.

Esperar que las cosas sucedan siempre de manera no traumática puede ser una aspiración muy loable, especialmente para los asuntos de orden personal. Lamentablemente, los Diez Mandamientos no han regido como parámetros confiables en las relaciones entre países, y alguien en algún lugar, en los países serios, prevé escenarios diferentes, incluso disruptivos, para tener herramientas que ayuden a preservar los intereses. La experiencia local, me hace dudar que exista siquiera otra mirada de largo plazo que no se agote en el martes de la semana entrante.

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