Sociedad

Cómo servir al hombre

El poder siempre tiende al totalitarismo y siempre hay que desconfiar de la dádiva. La explicación no es con datos, porque el problema es moral.

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To Serve Man” es un cuento (iba a decir de ciencia ficción pero ciertas categorías huelen anticuadas ahora) escrito a mediados del siglo pasado por Damon Knight. Quiso el autor que los protagonistas, el narrador y su compañero ruso, Grigori, fueran miembros de ONU, traductores concretamente. La cosa es que llegan unos extraterrestres, kanamitas ellos, y se presentan justamente en ONU para contarle a la humanidad que vienen en son de paz y que además vienen a traer un montón de tecnología y consecuente bienestar que ellos mismos tienen allende galaxias. 

La gente está más sana, mejor comida y menos estresada, feliz como perro con dos colas y, como es de esperarse, idolatran a los generosos kanamitas.

Y como la propuesta a los líderes de ONU les parece bastante bien y estos alienígenas sabían qué botones persuasivos toquetear, la cosa es que la humanidad los recibe con los brazos abiertos y las mejoras se empiezan a ver rápidamente. Los kanamitas tienen tecnologías muy avanzadas, viajando en naves que cruzan las grandes distancias del espacio entre su planeta y la Tierra a toda velocidad. Tienen unos generadores atómicos capaces de alimentar grandes áreas prácticamente gratis, fertilizantes que convierten los desiertos en tierras de cultivo fértiles y campos de fuerza que anulan las armas nucleares. 

Pronto suministran a la Tierra energía ilimitada y barata, abundan los alimentos sin necesidad de esfuerzo e instalan un dispositivo que desactiva a todos los ejércitos modernos al suprimir todas las explosiones. Paz inmediata. También comienzan a suministrar drogas que prolongan la vida humana. La gente está más sana, mejor comida y menos estresada, feliz como perro con dos colas y, como es de esperarse, idolatran a los generosos kanamitas. Tal es el espíritu de amistad y concordia que los alienígenas comienzan a organizar viajes de conocimiento para que los humanos visiten su planeta a través de grupos de intercambio.

Al igual que la inmensa mayoría de la humanidad, nuestro narrador ha confiado en los extraterrestres, viéndose beneficiado de las mejoras introducidas al planeta, pero su amigo Grigori no. Grigori desconfía del poder y del altruismo. Desconfía de las causas nobles y desinteresadas. La humanidad, como de costumbre, desoye a los Grigori, nadie tiene ganas de soportar a un aguafiestas, manzana podrida en el cajón del Edén. Grigori no entiende lo que es el bien común, no sabe apreciar la paz y los regalos. Grigori será paria, se lo ha ganado.

Pero Grigori está decidido a descubrir qué cosa ganan los altruistas alienígenas con tanta dádiva. Como es traductor y los kanamitas ya tienen embajada se emplea allí para aprender su idioma, al tiempo que intenta traducir un libro que tenían los extraterrestres. De movida logra descifrar el título del libro: To serve man (Cómo servir al hombre) y sus sospechas parecen derrumbarse: – Ves, Grigori que hasta han escrito las formas de ayudarnos?, le dice su querido colega.

La humanidad, como de costumbre, desoye a los Grigori, nadie tiene ganas de soportar a un aguafiestas, manzana podrida en el cajón del Edén. Grigori no entiende lo que es el bien común, no sabe apreciar la paz y los regalos. Grigori será paria, se lo ha ganado.

Es súper difícil no spoilear esta historia así que sin más preámbulo va el final: lo que Grigori descifra al adentrarse en las páginas, y descubre justo cuando su amigo se está yendo lo más contento a un viaje de intercambio a tierras kanamitas, es que el dichoso libro es un recetario de cocina. Telón.

Una de las cosas que los liberales tendemos a repetir, cuando defendemos las bondades del sistema en el que creemos, es que nunca la humanidad vivió mejor. Lo repetimos porque es cierto, los datos nos asisten. La gente vive más, en consecuencia está más sana durante más tiempo y más protegida de catástrofes y de guerras. O sea, el corto tiempo histórico en el que el capitalismo y el libre mercado irrumpieron en la historia mejoró todo y cuando se suprimieron empeoró todo. Con esto debería alcanzar para defender el sistema de libertades y alejarnos de todo colectivismo; pero se ve que no, así que tal vez estemos argumentando mal.

No viene al caso hacer una cronología de cómo creció mundialmente eso que llamamos Estado del Bienestar. Baste con ponernos de acuerdo en que creció geométricamente y que lo hizo a escala planetaria. El Estado de Bienestar no funciona en todos lados igual pero en todos lados es la misma idea: un ente multiinstitucional manejado por un gobierno (elegido o no), que se ocupa de cobrar impuestos para redistribuir los beneficios sociales y económicos equilibrando los distintos sectores sociales y asegurando que se satisfagan un grupo de necesidades fundamentales para el bienestar de la sociedad. Es así de impreciso porque lo que llamamos Estado, beneficios o necesidades, puede variar, resignificarse o redirigirse, aunque siempre debe ampliarse.

Sabemos que el sistema se degrada y sabemos que en consecuencia se degrada la condición humana en virtud de esa transformación social que lleva a que la salud, la educación, el trabajo y todos los aspectos de la vida dependan de la limosna de ese esquema piramidal que es el Estado de Bienestar.

La ampliación inexorable del Estado de Bienestar es un arma política infalible, la mejor de todos los tiempos y si los kanamitas se avivaron con cinco minutos de estar en la Tierra, es bueno que lo entendamos nosotros. La dádiva funciona siempre. Tiene un pequeño inconveniente y es que, justamente como sólo puede ampliarse, el equilibrio de los que ponen y los que sacan se desacomoda, y termina necesariamente convirtiéndose en un enorme esquema Ponzi que no se sostiene y por ende el bienestar disminuye hasta desaparecer.

Sabemos que el sistema se degrada y sabemos que en consecuencia se degrada la condición humana en virtud de esa transformación social que lleva a que la salud, la educación, el trabajo y todos los aspectos de la vida dependan de la limosna de ese esquema piramidal que es el Estado de Bienestar. Pero para cuando esto ocurre, la sociedad está tan acostumbrada a la dependencia que ya difícilmente sea una amenaza para el mismo sistema. Entonces podrán cambiar de gobiernos, claro, pero lo harán bajo la demanda de que hagan funcionar el sistema que es el sustento y la razón de sus vidas, porque temen perder ese bienestar (cada vez menor) pero es mejor antes que nada. La idea es una genialidad malévola.

El objetivo de todo Poder es tener el Control. Cuanto mayor es el poder, más control se establece y menos libertad existe. La libertad es diversa porque los individuos son todos distintos y el poder procurará homogeneizar a los individuos para mantener un control cada vez mayor. El objetivo del control total jamás se ha podido lograr pero eso no quita que cualquier proyecto de poder lo siga intentando. Cuando los sistemas se resquebrajan y está en riesgo su poder acuden a la guerra o a la alarma, no porque sean grandes conspiracionistas sino porque es la deriva natural de la paranoia totalitaria. Grandes estadistas y perfectos idiotas han usado el mismo ardid, es más fuerte que ellos.

La combinación del enorme avance en la calidad de vida mundial, sumado a la extendida dependencia de los ciudadanos de los Estados Benefactores generaron una sociedad tan infantil, temerosa y manipulable a escala global como nunca antes se había visto. Estaba todo al alcance de la chispa de cualquier alarma. Lo que queda, ahora que las libertades individuales han retrocedido tanto en tan poco tiempo, es volver a explicar por qué el poder siempre tiende al totalitarismo y por qué siempre hay que desconfiar de la dádiva. La explicación no es con datos, porque el problema es moral.

Estamos justo en el ojo de la tormenta, tal vez por eso se sienta todo tan asfixiante. El poder que rige este sistema que sostiene la vida de la inmensa mayoría de la población mundial encontró en la alarma sanitaria la forma de retroceder las libertades individuales como jamás hubiéramos imaginado. Y francamente carece de sentido averiguar si esto fue casual o fabricado, si hay un acuerdo secreto de élites o todos corrieron para donde había sombra. Porque el problema central es que caímos hace muchas décadas en la trampa kanamita de la vida regalada, de la vida tutelada. El problema no son las élites, corruptas, disolutas, cínicas o fatuas. El problema es que creímos que esas mismas élites iban a hacerse cargo de nuestras vidas sin obtener nada a cambio y que nos devolverían el control graciosamente cuando se lo pidiéramos de regreso.

Ahora nos proponen nuevas realidades y nuevas alarmas, ¡pero claro viejo! vendrá la alarma del clima, la de la alimentación, la energética o la de los tomates asesinos, no importa. Tenemos una nueva ideología oficial mundial que dice que, ante una alarma dictaminada desde el poder se anula todo límite al mismo, no existe ni libertad, ni debate ni propiedad. Es más, instituida esta alarma ya no nos pertenece ni nuestro cuerpo. Como sea que la llamemos, esta ideología oficial mundial posee bolsones de resistencia, pero no tiene tiene adversarios reales extrínsecos. Como le pasaba a los kanamitas.

El problema central es que caímos hace muchas décadas en la trampa kanamita de la vida regalada, de la vida tutelada

En la etapa de la alarma mundial instalada se evapora la persuasión y se pasa a la fuerza.  De la sutileza de “acomodar el sistema” pasamos al “no hay lugar para la libertad, estamos en emergencia”. Pero el pánico se hizo normalidad y ahora los hechos y la razón no importan. Ya sabemos que no eran reales esas muertes por fulminación de las calles chinas de febrero de 2020. Las infinitas contradicciones y arbitrariedades no hacen mella en la nueva ideología. La falsedad de las tasas de mortalidad proyectadas, el fracaso de los testeos y de las restricciones, las innúmeras dosis, el incumplimiento de las normas por parte de las autoridades, la prohibición del debate sobre los tratamientos. Nada de esto hará la más mínima diferencia.

Y entonces no habrá ámbito público separado del personal. Los gobiernos van a discriminar pero también lo van a hacer las familias, los amigos. Las oficinas públicas van a segregar pero también los negocios privados. Cuanto más crece el totalitarismo más homogénea necesita a la sociedad, un mismo tratamiento médico, un mismo uniforme en los rostros, un mismo consumo cultural. Todo esto tiene un fin en sí mismo y no es la utilidad del factor común sino la rápida detección de la disidencia. Toda desviación pone en peligro al poder. Esto incluye cuestiones íntimas como las creencias religiosas o las opciones sexuales e incluso los gustos alimenticios o el historial médico. Permitir que el poder avance sobre nuestra carta de vacunación es tan suicida como dejarlo entrar a nuestra cama o nuestro templo.

Las opciones políticas que proponen mejorar el sistema en el cual el Estado continúa siendo el encargado del bienestar de las personas sólo dilatan o enmascaran el problema. Siempre que la sociedad esté convencida de que su bienestar depende del altruismo llegado del espacio exterior los resultados serán los mismos y aún peor, teniendo en cuenta que los avances científicos y tecnológicos volcados a modo de dádiva profundizan la infantilización. El poder instrumentaliza la dádiva para imponer la conformidad, el totalitarismo es simplemente su etapa más extrema, ningún dictador emplearía la fuerza si la sutileza le alcanzara para siempre.

Permitir que el poder avance sobre nuestra carta de vacunación es tan suicida como dejarlo entrar a nuestra cama o nuestro templo.

Y hablando de sutilezas, To Serve Man tiene muchas. Los alienígenas, si se mira en perspectiva, nunca habían ocultado sus intenciones de construir un jardín del Edén (para ellos, claro), y tampoco habían mentido con el dichoso título del libro de cocina. Damon Knight espera hasta casi el final del cuento para revelar el sentido del título hasta asegurarse de que estemos pensando en los términos de los terrícolas engañados y de que veamos a Grigori como un paranóico resentido. Lo hace ruso en 1950, para procurar el perfil bien negativo y es cuando pone en boca del pobre traductor estas palabras: «No existe el altruismo completamente desinteresado. De una forma u otra, tienen algo que ganar«. Pero claro, cuando lo entendemos estamos jugados.

No vamos a poder explicar las bondades de la libertad con datos. Si fuera por ese lado, ya lo habríamos hecho. Este no es un debate civilizado sobre datos y hechos. Esta es una pelea por un poder que hemos cedido estúpidamente y ahora quienes lo tienen no lo van a soltar. No sólo es vano sino que es una vergüenza pedir eficientizar la estructura económica o burocrática, sin rescatar las bases morales que sustentan la libertad individual que no se puede delegar, en ninguna circunstancia y no existe emergencia que valga. La responsabilidad sobre nuestro bienestar no puede residir en los Estados por más eficiente que sea su capacidad de gestión. La consecuencia de no revertir esto será una estructura cada vez más totalitaria en la que algunos serán el plato principal y otros servirán para rellenar chorizos, pero todos seremos parte del menú de los malditos kanamitas. Una vez arriba de la nave, ya será tarde.

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