Sociedad

Una sociedad de free riders

La tragedia se desata cuando no existen incentivos para evitar la sobreexplotación de los recursos de propiedad común

Compartir:

Cuando a fines de la década de 1960 Garrett Hardin publicó su artículo “The Tragedy of the Commons” en la revista Science, tenía en mente una preocupación puntual: la cuestión de la relación de insostenibilidad que se produce entre el incremento de la población y la magnitud de los recursos naturales involucrados en el mantenimiento de esa población.

Hardin trata de graficar ese concepto con el tema del uso de un recurso natural que no es de propiedad privada, sino de uso común a distintos agentes. En su análisis (ejemplificado con un campo de pastoreo al que concurren pastores con sus propios animales, sobrecargando la explotación de ese campo cada uno por su lado, hasta agotarlo para todos), Hardin expone que la tragedia se desata cuando no existen incentivos para evitar la sobreexplotación de los recursos de propiedad común, en tanto que si un recurso no le pertenece a nadie en particular, ningún agente toma en cuenta los efectos sobre los demás del uso que hace de dicho recurso.

Hardin sostenía que frente a la tragedia de los comunes, solo una alternativa era válida: esos recursos pasaban a manos privadas (en las cuales serían bien manejados, de manera sostenibles, porque ningún propietario querrá ver desvalorizada su propiedad)

En el modelo de Hardin, la lógica racional y el interés individual llevan a la ruina al conjunto social que usaba, hasta ese momento, los recursos comunes. En última instancia, lo que se planteaba era el conflicto entre libertad y responsabilidad.

A lo largo de los años ’70, pero sobre todo en la década de 1980, sucesivos trabajos fueron poniendo en cuestión los argumentos de Hardin, arguyendo que las soluciones dicotómicas que planteaba ese autor no eran únicas ni ineludibles. En efecto, Hardin sostenía que frente a la tragedia de los comunes, solo una alternativa era válida: esos recursos pasaban a manos privadas (en las cuales serían bien manejados, de manera sostenibles, porque ningún propietario querrá ver desvalorizada su propiedad), o bien pasaban a ser administrados por el Estado (el cual diseñaba mecanismos de uso de esos recursos procurando el bien común).

Entre los críticos a Hardin sobresale Elinor Ostrom quien planteó que en ocasiones la propiedad privada era la vía correcta y en otras ocasiones podría ser la propiedad estatal, pero agregaba algo más: que existiría una tercera vía, la de propiedad comunal. Ostrom demostró, con decenas de ejemplos, que pequeñas comunidades que efectuaban arreglos institucionales a su interior, podrían mantener el uso en común de recursos naturales de manera sostenible.

En la literatura académica, la cuestión de los bienes comunes se centró, tradicionalmente, en el uso de los recursos naturales, y más recientemente comenzó a orientarse hacia el tema de los llamados “bienes comunes intelectuales” (la información, los códigos genéticos, el software de uso libre, etc.).

Ostrom, entre otros, entiende que en los bienes de uso en común existe una rivalidad entre usuarios que, a la vez, no es excluyente: lo que uno consume, se lo sustrae a otro, pero al consumir no se puede, al mismo tiempo, excluir a un tercero, en tanto que se carecen de derechos de propiedad que respalden tal exclusión. De ahí, entonces, que a estos autores les atraiga ejemplificar lo limitado del planteo de Hardin a partir de exponer casos de administración sostenible de recursos de uso en común, a nivel comunal a partir de acuerdos institucionales (formales o tácitos y sustentados en la tradición). Ostrom y sus colegas no desconocen que en el manejo de esos recursos de uso en común, los individuos son racionales y auto-interesados, y que por ende planea el problema del free rider: un individuo que pretende gozar de los beneficios de los bienes comunes, y que carece de incentivos para contribuir a su mantenimiento o suministro. Sin embargo, concluyen que el free rider puede ser anulado vía los acuerdos institucionales mencionados. En otras palabras, frente al pesimismo individualista de Hardin, están planteando un cierto optimismo comunal.

En la literatura académica, la cuestión de los bienes comunes se centró, tradicionalmente, en el uso de los recursos naturales, y más recientemente comenzó a orientarse hacia el tema de los llamados “bienes comunes intelectuales” (la información, los códigos genéticos, el software de uso libre, etc.). Sin embargo, poca atención se ha prestado a la aplicación, corroborando o denegando, de la tragedia de los comunes a la vida diaria en la ciudad.

Hay decenas de situaciones por las que los urbanitas discurren cada día en su localidad que configuran (o no) un aspecto de la tragedia de los comunes. Un claro ejemplo de ello es el uso del espacio público en los parques y las plazas urbanas.

A medida que las restricciones a la movilidad ciudadana fueron relajándose con el paso de los meses “de pandemia”, en la Ciudad de Buenos Aires comenzó a observarse un uso más intensivo del espacio público de los parques y plazas. Ya no se trataba solamente de espectáculos supuestamente gratuitos que organiza en esos lugares el Gobierno de la Ciudad, ni de actividades privadas pero permitidas, fomentadas y financiadas por ese mismo Gobierno (como los auto-denominados “ensayos” de murgas); ahora ese espacio era ocupado, además de por lo anteriormente mencionado, por infinidad de profesores y alumnos -individuales o en grupos- que practican distintos tipos de gimnasias; por grupos de padres e hijos que festejan cumpleaños al aire libre; por parejas o familias que se distribuyen sobre el césped u ocupan los escasos bancos disponibles tratando de recuperar las horas de Sol que les fueron inaccesibles durante la cuarentena; por grupos de ancianos que se sientan en los bancos y hablan entre sí a elevado volumen, porque están convencidos que deben mantener distancia social con sus pares por motivos de sanidad; por infinidad de grupos de chicos que juegan o practican distintas actividades aprovechando -hasta hace poco tiempo- que no debían concurrir a la escuela en forma presencial; y por los tradicionales viandantes pre-cuarentena: los propietarios de perros que llevan a sus mascotas a corretear y a hacer sus necesidades fisiológicas a esos parques y plazas, junto a los paseadores de perros que pasan el tiempo allí, junto a sus pequeñas (o medianas) jaurías.

Cada uno de esos individuos y grupos hacen uso del espacio de los parques y las plazas al mejor estilo free rider antes mencionado. Maximizan la utilidad que obtienen del mismo sin asumir ningún costo directo (indirectamente, solventan en parte su mantenimiento vía los impuestos que pagan, si es que lo hacen), y sin considerar los efectos sobre terceros de esa maximización.

Cada uno de esos individuos y grupos hacen uso del espacio de los parques y las plazas al mejor estilo free rider antes mencionado. Maximizan la utilidad que obtienen del mismo sin asumir ningún costo directo y sin considerar los efectos sobre terceros de esa maximización

Profesores de gimnasia que distribuyen colchonetas y otros implementos por distintos espacios, ocupando incluso los senderos internos; otros profesores de gimnasias rítmicas que atronan con altavoces que propalan música para llevar ese “ritmo”; paseadores de perros que atan a sus jaurías a algún poste o árbol, y dejan ladrar o aullar a sus paseados por horas; dueños de perros que dejan tiradas por doquier las heces que hacen sus mascotas; padres e hijos que distribuyen sillas, mesas plegables y lonas diversas por un amplio espacio, del que se apropian por un buen rato, para festejar cumpleaños (con animadores incluidos); partidos de fútbol organizados y jugados por chicos, extendiendo los límites imaginarios del campo de juego por dentro de los senderos o zonas de bancos; grupos de amantes de la música folclórica que prefieren organizar guitarreadas y “bombeadas” a la sombra de algunos árboles durante horas. Y el listado podría extenderse mucho más.

La interrupción del paso por los senderos, la contaminación auditiva, la suciedad que generan las mascotas, el ruido molesto para quien esté en el mismo parque o la misma plaza pero no participe de la actividad, la imposibilidad de distribuirse cómodamente por el césped compartiendo el espacio en armonía con terceros, son algunas de las externalidades que genera aquel comportamiento free rider.

Cada uno dirá: “el espacio es de todos, así que puedo usarlo como quiera”. Pero ninguno dirá: “el espacio es de todos, por lo cual puedo usarlo como quiera, pero cuidando de que los otros también puedan hacerlo”. Libertad y responsabilidad.

La visión pesimista de Hardin conduciría a considerar que la única vía para mantener esos espacios en condiciones de uso adecuado sería privatizándolos, o bien, siendo administrados por el Estado aplicando un conjunto de normas restrictivas y punitivas que aseguren su utilización “armónica”. Por su parte, la visión optimista comunal induciría a entrever la posibilidad de que la propia comunidad se auto-regule para usufructuar esos espacios.

La simple observación directa de la dinámica social en los parques y en las plazas de Buenos Aires conduce, invariablemente, a una conclusión pesimista: no hay auto-regulación posible, en tanto que todo es free rider.

La impunidad del funcionario que comete un ilícito es un incentivo a la impunidad del ciudadano que perjudica a un tercero en un espacio común. El free rider político es el incentivo al free rider ciudadano.

Décadas de anomia social y de impunidad de los distintos exponentes de la clase gobernante que pese a cometer todo tipo de ilícitos y de mal ejercer la función pública, casi nunca fueron juzgados y condenados, han horadado cualquier atisbo de mancomunión social, aún limitada a un uso armónico de una plaza o un parque urbano.

La impunidad del funcionario que comete un ilícito es un incentivo a la impunidad del ciudadano que perjudica a un tercero en un espacio común. El free rider político es el incentivo al free rider ciudadano. Un incentivo que funciona por repetición y por acumulación: “Si a ese que roba rompiendo y rehaciendo una vereda en forma innecesaria no le pasa nada, por qué yo voy a tener que dejar de poner mis colchonetas y mancuernas en el sendero de la plaza para darles clase a mis alumnos?”; “Si el que vendió leche adulterada terminó sus días en su casa, enfermo pero en su casa, qué problema hay que yo dispongan a mi antojo de un gran espacio de la plaza para organizar el cumpleaños de mi hijo y sus amigos?”; “Si la que fue guerrillera en los ’70 y luego es premiada con diputaciones y ministerios en los años recientes, por qué yo sí debo comportarme en forma correcta y armoniosa siempre en el espacio público?”.

La sociedad porteña (la sociedad argentina en su conjunto, en realidad) no es una comunidad de regantes de la meseta castellana española, ni es la aldea comunal guatemalteca de San Vicente de Buenabaj; nuestra sociedad es una sociedad rota. El free rider problem la recorre desde arriba hacia abajo, potenciándose de continuo.

El pasado y el presente, condicionando al futuro, generan una matriz donde el voluntarismo comunal no tiene lugar. Una matriz en la que la dicotomía de Hardin parece que cobra sentido: se privatiza el espacio público de uso común, o se despierta al Leviatán estatal que controle hasta el mínimo detalle el uso de dicho espacio. Lo primero (aún morigerado, como se plantea en algunos espacios londinenses) está descartado, tal como lo exponen los resultados eleccionarios de las últimas décadas: la amplia mayoría de la población se decanta por propuestas políticas donde la palabra “privatización” es casi un insulto. Y lo segundo se ve jaqueado por la anomia arraigada en la sociedad: cada uno hace lo que quiere, sin importarle los terceros, el placero (que no cumple su función porque no es reconocida la misma por la misma gente concurrente a las plazas o parques), o los agentes policiales de consigna en esos espacios (que optan por no inmiscuirse en el uso del espacio por parte de unos en detrimento de otros, para no cargar con nuevas responsabilidades o generarse problemas).

Ni Hardin, ni Ostrom, Joan Manuel Serrat: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.”

Compartir:

Recomendados