Sociedad

Sin lugar para la razón ni la verdad

El espacio para la verdad y la razón va siendo ocupado por una militancia supina que ocurre de espaldas al ciudadano de a pie.

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Este último 26 de diciembre, a los 92 años, falleció Edward O. Wilson, considerado por muchos el “heredero natural de Charles Darwin”. Este biólogo estadounidense, famoso por sus estudios de vanguardia sobre el comportamiento de las hormigas y por haber contribuido de forma única a la construcción del concepto de “biodiversidad”, sin embargo, no estuvo exento hasta el final de su vida de eso que hoy llamamos livianamente “cancelación”.

Y esto porque a pesar de haber ganado más de un centenar de premios, incluyendo la Medalla Nacional de la Ciencia de Estados Unidos; de haber sido galardonado en 2013 con la Medalla Hubbard que entrega la National Geographic Society; de haber publicado más de 20 libros y de haber obtenido hasta un Pulitzer por uno de ellos, jamás dejó de investigar y de afirmar en consecuencia que existe una base biológica para el comportamiento humano y que, por tanto, los rasgos genéticos podrían influir en la inteligencia e incluso en la tendencia a la agresión. Para colmo, Wilson nació en el golfo de Alabama, era blanco y nunca renunció al intento de conciliar ciencia con religión.

Cuando se rompe la espiral del silencio y se afirma algo contrario al sentido común se sufre el ostracismo, la burla y el maltrato que experimentan los parias que, como Wilson, intentan sólo buscar la verdad, más allá del humor de moda y el interés personal.

El blanco (nunca mejor usado el término) ideal para ser combatido y cancelado por décadas.

El mismo día del fallecimiento del biólogo, en la otra punta del hemisferio, quien suscribe esta nota lanzaba un tweet de domingo, un poco inspirado en el aburrimiento y otro poco en el calor. Para mi sorpresa, horas más tarde, el pequeño hilo se había viralizado obteniendo cientos de miles de vistas y otros tantos “retweets” y “likes” y hasta siendo compartido por varias figuras conocidas del periodismo nacional. En el breve relato, compartí una experiencia personal del año 2012, en la que tuve la oportunidad de viajar a Massachusetts por una beca de una importante fundación norteamericana, junto a más de 20 “jóvenes líderes” de aquel momento (aclaro que las comillas son porque tengo enormes reparos al momento de unir esas dos palabras con la arbitrariedad con que suele hacerse).

Relaté, en la conjunción de esos pocos cientos de caracteres que permite la plataforma del pajarito azul, que de esos más de 20 viajantes sólo tres o cuatro sosteníamos una visión contraria a los “socialismos del siglo XXI” tan en boga en aquél entonces, a regímenes como Irán o Corea del Norte y que sólo este pequeño grupo minoritario de los becarios éramos profundamente críticos del proceso kirchnerista que para entonces ya daba muestras sobradas de corrupción y excesos de poder en nuestro país. De más está decir que, como suele suceder cuando se rompe la espiral del silencio y se afirma algo contrario al sentido común que los grupos intentan sostener, sufrimos el ostracismo, la burla y el maltrato que experimentan los parias que, como Wilson, intentan sólo buscar la verdad, más allá del humor de moda y el interés personal.

Mi sorpresa devino de la decena de mensajes que me enviaron usuarios desconocidos para consultarme si la anécdota era cierta. Incrédulos, de algún modo, del hecho que gente con título de grado, de mínima un posgrado, varios viajes por el mundo encima, becarios de una fundación norteamericana, pudieran estar defendiendo regímenes asesinos como los de Chávez, Ortega o Ahmadinejad o negando la degradación corrupta que para entonces sufría ya nuestro país.

Una elite intelectual que actúa con pretensión científica pero que en realidad milita abierta (y no tan abiertamente) ideas extremas sin que muchas veces la población de a pie lo sepa

El fenómeno, al mismo tiempo se relaciona íntimamente con ese ¿por qué? que muchos lanzan con verdadera angustia e intriga, al observar lo ocurrido en Chile, país en el que finalmente terminó imponiéndose el candidato de la izquierda radicalizada, Gabriel Boric. Y, a decir verdad, es una pregunta interesante de responder, sobre todo si consideramos que el país trasandino es el segundo con menor pobreza de la región, detrás de Uruguay, y que, por ejemplo, según un informe de la OCDE de 2018, éste se encaminaba a convertirse en el primer país de la región en alcanzar los US$30 mil per cápita para 2022.

Sin embargo, en 2019 sobrevinieron las protestas incendiarias, el comienzo de la reforma constitucional y, dos años después, la llegada al Palacio de la Moneda de un candidato cuya militancia previa no estuvo exenta de la reivindicación de la peor violencia política, como cuando se lució sosteniendo risueñamente una remera con el cráneo perforado del ex senador chileno Jaime Guzmán, o como cuando se comprometió públicamente a defender el legado del Frente Patriótico Manuel Rodriguez Autónomo, responsable de secuestros y atentados aún tras el regreso de la democracia en aquél país. Ni mencionar su visión complaciente para con los así denominados Mapuches, que no dudan en recurrir a acciones fácilmente calificables de terroristas en la Araucanía Chilena y también en este otro lado de la cordillera.

Se preguntará el lector a esta altura qué une a los tres fenómenos. ¿Qué tiene que ver el fallecido Wilson, la anécdota de mi viaje a Massachusetts y la victoria electoral de Boric? La respuesta es sencilla: los tres acontecimientos desnudan la existencia de una elite intelectual que actúa con pretensión científica pero que en realidad milita abierta (y no tan abiertamente) ideas extremas sin que muchas veces la población de a pie lo sepa.

La pregunta sobre si el ser humano nace siendo una tabula rasa lista para ser llenada con la cultura de su entorno inmediato o si, por el contrario, todos nosotros venimos al mundo con alguna especie de “instinto” o predisposición biológica puntual que incida en nuestro comportamiento posterior, es válida. Y esa validez puede razonarla cualquier niño al descubrir que el ser humano, aún con sus maravillosas particularidades, no deja de ser un animal. ¿Acaso los animales no tienen instinto? ¿Acaso los animales no tienen predisposiciones diferentes? ¿Acaso no asumimos continuamente que es más fácil adiestrar a un Border Collie que a un Dálmata? ¿Acaso no damos por descontado que las golondrinas migran con alguna especie de guía innata? ¿Por qué eso sería válido para un mamífero canino o para un ave y no para nosotros? ¿Por qué el humano sería el único animal sin “precondiciones” naturales derivadas de su acervo genético?

El acceso a financiamiento implica satisfacer a pares y, esos pares, a su vez han transitado el mismo camino, por tanto, ya han sido “guiados” por la huella que deja el dinero que financió sus carreras. Lo mismo ocurre, muchas veces, con los artistas. ¿Y quién invierte y financia más en este mundo? Sí, adivinó: la izquierda.

Note el lector que en lo anterior no hay afirmaciones, sólo preguntas. Sin embargo, esas preguntas no son “políticamente correctas” y, por tanto, no debieran hacerse. O al menos es lo que creyeron científicos de la izquierda como Stephen Jay Gould quien no dudó en militar en contra de Wilson con acusaciones de racismo y sexismo sólo por investigar la posibilidad de que la verdad científica no estuviese dentro de lo que el progresismo quería que fuese, debido a su militancia política. Esto es quizá lo que más llama la atención de la ciudadanía no informada que presupone que el mundo científico se encuentra despolitizado y que es justamente allí en donde la verdad reside o, al menos, es continuamente buscada. Y a su vez, esta es quizá la idea más peligrosa, porque permite que quienes allí militan sus causas, lo hagan con un amparo de neutralidad a priori que no existe como tal.

La razón de por qué los intelectuales suelen militar ideas de izquierda fue analizada de forma magistral por pensadores de la talla de Ludwig von Mises o Robert Nozick. A los efectos de esta nota sólo voy a invitar al lector a repasar sus argumentos y voy a sumar de mi parte uno mucho más concreto y sencillo basado en mi experiencia: ´cause money talks, o dicho en español: porque el dinero manda. Todo aquél con pretensión de convertirse en un científico, de cualquier rubro, sabe que va a necesitar financiamiento. Lo entendía el magnífico Leonardo da Vinci, quien no dudó en apalancar sus investigaciones satisfaciendo los caprichos de sus mecenas y lo entiende perfecto, a los pocos meses de transitar los claustros académicos, cualquier joven intelectual. El acceso a financiamiento, viajes, becas, ascensos académicos y publicaciones implica las más de las veces satisfacer a pares y, esos pares, a su vez han transitado el mismo camino, por tanto, ya han sido “guiados” por la huella que deja el dinero que financió sus carreras. Lo mismo ocurre, muchas veces, con los artistas (sobre todo cuando aquello que tienen para ofrecer no es demandado por el público). ¿Y quién invierte y financia más en este mundo? Sí, adivinó: la izquierda.

Esos mismos intelectuales financiados los que luego ocupan espacios de relevancia no sólo en la formación de otros académicos sino en puestos de decisión estratégica de organismos internacionales con enorme poder e influencia sobre nuestras vidas

Los argentinos ya estamos advertidos, en gran medida debido a la brutalidad y falta de sutileza con que esto ocurre en nuestro país, a que organismos como el INCAA o el CONICET financien investigaciones y películas absurdas sólo porque llevan implícita o explícitamente una carga progresista en ellas. Lo que muchas veces no se conoce es que otro tanto ocurre a nivel internacional, incluso en espacios académicos considerados intachables. Y lo que tampoco suele pensarse, es que son esos mismos intelectuales financiados los que luego ocupan espacios de relevancia no sólo en la formación de otros académicos sino en puestos de decisión estratégica de organismos internacionales con enorme poder e influencia sobre nuestras vidas.

Así las cosas, el espacio para la verdad y la razón va siendo ocupado por una militancia supina que ocurre de espaldas al ciudadano de a pie cuya cercanía más inmediata con el fenómeno sucede dentro de ese lugar al que entregan a sus hijos durante varias horas por día en un promedio regional de 12 años. Sí, las escuelas son el lugar preferido de la intelligentsia para verter su militancia teñida de ciencia en aquellos que se encuentran más abiertos al adoctrinamiento: los niños y los adolescentes. Y mientras sus padres van a buscar el sustento diario y ocuparse de su familia, los jóvenes son inoculados en secreto con un veneno que deriva siempre en la destrucción de los lazos sociales tradicionales y en el fomento del resentimiento. Y esto, porque como bien supo explicar el gran Jean-Marie Domenach en “La Propaganda”, este arte se ha vuelto más efectivo sobre las poblaciones porque “[…] las comunidades que no eran del Estado fueron desarticuladas con el fin de que desapareciese toda intermediación y que el individuo estuviese expuesto sin defensa a las solicitaciones de la propaganda. Eran pocos los domingos en que una familia podía reunirse en la intimidad.

Esto último es quizá fundamental para terminar de entender el fenómeno chileno. País en el que jamás se podría haber esperado que venciese lo peor de la izquierda regional salvo por el hecho de que existe una juventud que ha sido adoctrinada desde hace décadas por vectores de inoculación, como son las escuelas y el arte, en la creencia de que éste, el país más próspero y menos desigual de la región, desde cualquier estadística econométrica, es un infierno capitalista que debe ser transformado en ese paraíso socialista que ya experimentan otras sociedades como la nicaragüense, la venezolana y, por qué no decirlo, también la argentina.

La derecha no ha comprendido a tiempo que sin los marcos teóricos adecuados la realidad no se impone por sí sola.

Vale decir, por último, que la derecha no ha comprendido a tiempo que sin los marcos teóricos adecuados la realidad no se impone por sí sola. Es por eso por lo que este sector viene perdiendo de forma extrema la hoy ya famosa “batalla cultural”, dado que sigue aun considerando ingenuamente que con presentar gráficos de torta o de barra en formato power point va a convencer de lo certero a quienes albergan en su corazón una emoción que inteligentemente el progresismo ha puesto allí para que la razón y la verdad pasen a ser, simplemente, algo sin importancia.

La creciente pérdida de libertades, la destrucción de los lazos comunitarios, la militancia creciente del odio y la imposición de doctrinas cada día más extremas, debiera ser un punto de inflexión para terminar de asumir que la batalla no se da sólo en el campo económico y que la verdad, aun siendo cierta, y, lo que es más, justamente porque es cierta, también debe ser explicada.

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