Sociedad

Punto de inflexión

El conexto es propicio para impulsar cambios en la conducta social, aún cuando históricamente la sociedad apeló a otras opciones político-partidarias.

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A fines de la década de 1950, Morton Grodzins aplicó la expresión “tipping point” al estudio de los cambios urbanos. Específicamente, Grodzins analizaba los desplazamientos raciales: cómo los negros iban asentándose en determinadas zonas de las grandes ciudades y como, en simultáneo, la población blanca iba desplazándose desde esas zonas a otras, abandonando lo que hasta ese momento había sido su “territorio”. Esos movimientos de llegada y de partida inicialmente eran aislados, pero con los años se hicieron algo común. Así, Grodzins empleó aquella expresión para identificar el momento en que algo único se convierte en algo común.

Tipping point”: A fines de 1990, Malcom Gladwell explica los procesos de generación y difusión de lo que él llamó “epidemias sociales”. La traducción que se hizo de tal expresión, aplicada al uso de Gladwell, fue “punto clave”, sin embargo, quizás más ajustado sea “punto de inflexión”.

Con el correr de las décadas, la expresión fue adquiriendo diferentes connotaciones y se empleó en distintos contextos. A fines de la década de 1990, Malcom Gladwell la retoma para explicar los procesos de generación y difusión de lo que él llamó “epidemias sociales”. La traducción que se hizo de tal expresión, aplicada al uso de Gladwell, fue “punto clave”, sin embargo, quizás más ajustado sea “punto de inflexión”.

Qué sería un “punto de inflexión”? Partiendo de Grodzins, implicaría el punto (momento) en que una serie de pequeños cambios (sucesos) se vuelve lo suficientemente importante como para constatar que se está ante algo nuevo y más relevante. La idea de “punto de inflexión” es muy pertinente para entender las “epidemias sociales” de Gladwell, porque nos indican si estamos o no frente a un cambio significativo.

Al analizarse el proceso de generación y expansión de una epidemia, el foco está puesto en tres factores, tanto en forma alternada como conjunta, según la perspectiva analítica que se adopte. Son ellos: la enfermedad en sí misma, los portadores de la misma, y el contexto donde ocurre su difusión. En otras palabras, las epidemias dependen tanto del agente causante como de quienes la transmiten, y del entorno en el que se desarrolla aquel agente y en el que se mueven los portadores/transmisores. En los términos de Gladwell serían: “el factor del gancho”, “la ley de los especiales” y “el poder del contexto”.

Al igual que con las epidemias víricas, las sociales detentan tres rasgos que las caracterizan: 1) elevada capacidad de contagio, 2) potencial de generar grandes efectos a partir de pequeñas causas iniciales, y 3) actuación drástica a partir de un momento de inflexión, es decir, no son graduales.

Antes de avanzar con esos agentes, debemos precisar qué entendemos por epidemias sociales. Implica adoptar la perspectiva “epidémica” para analizar e interpretar los cambios que se producen en distintas dimensiones de la vida social, desde las preferencias políticas hasta la vestimenta de moda, desde los hábitos de consumo alimenticio hasta las modalidades expresivas del lenguaje. En tanto que cambios, cada uno de los procesos que afectan a las múltiples dimensiones de la vida humana tiene su propio “punto de inflexión”. Las ideas, los productos, los mensajes y las conductas involucrados en esos procesos de cambio se expanden en el seno social del mismo modo que lo hace un virus en un contexto epidémico. De ahí, entonces, que se apele, como sugiere Gladwell, a la noción de “epidemias sociales”.

Al igual que con las epidemias víricas, las sociales detentan tres rasgos que las caracterizan: 1) elevada capacidad de contagio, 2) potencial de generar grandes efectos a partir de pequeñas causas iniciales, y 3) actuación drástica a partir de un momento de inflexión, es decir, no son graduales.

El tercero de esos rasgos es el que le da sentido a los dos anteriores, en tanto que estas “epidemias sociales” pueden iniciarse o concluirse de ese modo: drásticamente. Y por ende, enmarcan la capacidad de contagio y la magnitud de los cambios que originan; por ejemplo, en ocasiones, un cambio de importante magnitud puede originarse a partir de un acontecimiento es escasa relevancia, e iniciarse (o terminarse) raudamente.

Anteriormente, mencionamos a los tres factores que se abordan para analizar un proceso de cambio desde la perspectiva de las “epidemias sociales”: el agente causante, quienes lo transmiten, y el entorno en el que ocurre su desenvolvimiento. Se trate de estudiar el surgimiento, desarrollo y decadencia de una moda musical, un hábito alimentario o un conjunto de ideas políticas, los tres factores deben indagarse en conjunto, de modo tal enmarcar los tres rasgos epidémicos también mencionados: capacidad de contagio, poder de originar grandes consecuencias a partir de pequeños cambios, y discurrir drásticamente tanto en su surgimiento como en su finalización.

Cuando se desata un proceso epidémico social, quizás se observa antes a los agentes transmisores que al propio agente causante. Esos transmisores, que son quienes impulsan la adopción de una moda o la difusión de una idea política disruptiva, por ejemplo, son individuos particulares, con rasgos propios, con comportamientos específicos que llevaron a Gladwell a denominarlos “especiales”; de ahí su “Ley de los especiales”.

Esos agentes transmisores funcionan al modo del “paciente cero” de cualquier epidemia vírica: son el punto de partida para la difusión del objeto que se transmite (una idea, una moda, un bien, etc.). Pero no todos los “especiales” son iguales; algunos tienen relevancia por su capacidad comunicativa, otros por su don didáctico, otros por su extendida y diversificada red de contactos que amplifican lo que transmite. De ahí que se identifiquen tres tipos de agentes transmisores, cada uno con un nombre ad hoc: los conectores, los mavens, y los vendedores natos.

Los primeros son aquellos agentes que poseen una muy amplia red de contactos, entre los cuales difunden el objeto epidémico, y así se amplifica el alcance del mismo. Los mavens (palabra de origen yiddish) son sujetos que poseen amplios conocimientos sobre el objeto epidémico (un bien o una idea política, por ejemplo) y lo transmiten desinteresadamente, no con el afán de persuadir, sino con el de educar. Finalmente, los vendedores natos son aquellos sujetos que, a diferencia de loa mavens, sí pretenden persuadir, poseyendo un don particular para difundir el objeto o la idea que lo ocupa y llegar eficaz y eficientemente a una amplia población.

Por supuesto, no hay agentes absolutamente puros en la realidad, sino que siempre existe algún grado de mixtura entre un mavens y un vendedor nato, o entre un conector y un vendedor, por ejemplo. Estos “especiales” son un factor decisivo en la difusión de las epidemias sociales, y su peso relativo depende de múltiples aspectos como su capacidad de sociabilidad, su formación intelectual, su poder comunicacional, su carisma, el nivel de conocimiento público que detente, su capacidad de influencia en distintos ámbitos, entre otras cuestiones.

Si los “especiales” son relevantes en el desarrollo del proceso, no menos relevante es el poder y la capacidad adaptativa del agente causante de la epidemia, el denominado “factor gancho”. Y es el “gancho” la capacidad que tiene el objeto epidémico (un bien, una idea, una moda) de estimular su adopción por parte del público. O, si se quiere en términos víricos, su capacidad de contagio. Así como el paramixovirus transmite el sarampión entre los niños, con gran capacidad de contagio -he ahí su “gancho”-, los objetos epidémicos sociales también deben tener algún aspecto que los haga ser aceptados por el público, pero no cualquier “gancho”, sino uno de potencia y calidad tal que origine cambios en el comportamiento social. Un ejemplo hipotético podría ser: en un contexto de resistencia de la población a adoptar determinadas medidas sanitarias, un mensaje gubernamental amenazante o alarmante, correctamente diseñado y transmitido, puede originar un cambio drástico y veloz en el comportamiento de esa población, perdurando en el tiempo y generando una nueva matriz de comportamiento social.

En el imaginario del analista, lo deseable es que el “gancho” de un agente causante de cambio se exprese en alguna forma de cualitativamente superior, por ejemplo, que las ideas políticas que se difunden y son apropiadas por la población, cubran esa trayectoria gracias a su propia calidad. Sin embargo, lo deseable no es lo recurrente. El “factor gancho” muchas veces está en simbiosis, mimetizado, con el “especial” que lo transmite, sobreponiéndose el segundo al primero. En otras palabras, el público genera un cambio porque adopta a un “especial” antes que a las ideas con “gancho” que transmite ese agente.

Todo proceso epidémico social está sujeto a las condiciones y circunstancias del momento, y esto es así, en tanto que los seres humanos son sumamente sensibles a los cambios que se producen alrededor, haciendo que el cambio individual replique el cambio grupal, ampliándolo (al modo de las progresiones geométricas de las epidemias víricas).

El agente causante de la epidemia debe, además de tener “gancho” y elevada capacidad de contagio, contar con la propiedad de adaptarse, de cambiar adecuándose a los contextos y circunstancias. Un ejemplo vírico sería el caso del VIH que, tal como expone J. Goudsmit en su conocido “Viral sex: The nature of AIDS”, pudo identificarse retrospectivamente para la década de 1950, pero sólo se hizo drásticamente mortal en la década de 1980, luego de haber mutado y adaptado a un nuevo contexto.

Y así llegamos al tercer factor de toda “epidemia social”, como es el entorno, o en términos de Gladwell, el “poder del contexto”.

Todo proceso epidémico social está sujeto a las condiciones y circunstancias del momento, y esto es así, en tanto que los seres humanos son sumamente sensibles a los cambios que se producen alrededor, haciendo que el cambio individual replique el cambio grupal, ampliándolo (al modo de las progresiones geométricas de las epidemias víricas).

La influencia del contexto está constatada desde hace muchas décadas, formalizada muy claramente en la teoría de “las ventanas rotas”, esbozada por J. Wilson y G. Kelling, pero aún más profundamente en ese hito de la experimentación social que fue el estudio de P. Zimbardo en la Universidad de Stanford, a inicios de la década de 1970. Quedó demostrado que los individuos, más allá de lo que se denomina “su personalidad”, actúan influenciados por el contexto en el que se mueven, aunque esa actuación sea contradictoria con los patrones de “su personalidad”.

El factor del contexto tiene un poderío relevante en los procesos epidémicos sociales, puesto que expone que con pequeños cambios (quizás difumados desde una perspectiva macroanalítica), se pueden desarrollar aquellos procesos con implicancias significativas. Tal como señaló Zimbardo, ante situaciones específicas intensas, los componentes de la personalidad de cada individuo dejan paso a nuevas conductas (usos, ideas, expresiones), que no son condicentes plenamente con los patrones de su personalidad hasta ese momento.

Pese a la multiplicidad de estudios que exponen la relevancia del contexto, persiste lo que se denomina “error fundamental de atribución” (FAE), que consiste en interpretar las causantes de un proceso en función de las variables visibles (el agente transmisor, por ejemplo), restándole importancia (o ignorando) al contexto donde se da dicho proceso. En otras palabras, se atribuyen los procesos a los agentes de difusión (un individuo que propaga una idea, por ejemplo) y se descuida el contexto que permite dicha difusión (el entorno que genera que esa idea “con gancho”, prenda y se difunda rápidamente, originando bruscos cambios). Si se quiere, se mira a al agente (la persona), antes que al contexto y aún, antes que el objeto epidémico.

La descripción de los factores que configuran una “epidemia social” es un mecanismo útil para analizar procesos que por cotidianos o cercanos, no parecen epidémicos aunque -quizás- lo sean. Un ejemplo es la difusión de ese heterogéneo conjunto que podemos denominar “ideas de la libertad”.

Más allá de la histórica preexistencia de intelectuales liberales que escribían y hablaban para una selecta minoría, y más allá de la experiencia político-partidaria encabezada en las décadas de 1980 y 1990 por Alvaro Alsogaray, la difusión de esas ideas adquieren fuerte visibilidad y expansión a lo largo del último lustro, y aún con mayor fuerza, el último bienio.

Este proceso, ¿es una “epidemia” o, siguiendo con el parangón sanitario, es una simple “gripecita”?

Se señaló anteriormente, que en general se suele prestar más atención al agente transmisor que al agente causante de la epidemia, y esto conduce a focalizar en quiénes y cómo transmiten el objeto epidémico: las “ideas de la libertad”. Básicamente, se identifica un primer grupo de agentes, cada uno con su propio perfil: Javier Milei, José Luis Espert y Diego Giacomini; y muy atrás, con un papel menor en la epidemia, aparece la figura de Ricardo López Murphy. El perfil de los cuatro agentes es diferente, y no es sencillo ubicarlos dentro de los tres tipos clásicos de transmisores que, como también se indicó, no se dan en forma pura en la realidad, sino que se expresan en combinación.

El caso de Milei se acerca bastante claramente a la figura de un mavens, buscando transmitir un mensaje, educando en el objeto epidémico (las “ideas de la libertad”), no adquiriendo un cariz de persuasor pleno, pero sí detentando -en particular, en los últimos meses- algunas aristas de vendedor nato. El Milei mavens se superpone al mensaje, adquiere tal centralidad que el agente infeccioso (las mencionadas ideas) se difuman. A la vez, el Milei vendedor nato, con menor trayectoria pública, pudo -no sin esfuerzo- expandir la epidemia, bajo el formato electoral.

Resulta claro, y sobre todo en los últimos meses, que las figuras de Milei y Espert se erigieron plenamente como agentes transmisores, y fueron -cada uno a su modo- los “especiales” que facilitaron que la epidemia de las “ideas de la libertad” alcance a más gente

Espert, por su parte, detenta un perfil mixto, donde el vendedor nato se entremezcla con el conector. Su larga trayectoria profesional y su habilidad comunicativa en los medios masivos, lo posicionan como un gran “foco infeccioso”, lo cual, al igual que Milei, le permitió un posicionamiento electoral.

Los otros dos agentes mencionados, tiene rasgos particulares y de menor relevancia en el proceso expansivo de esta epidemia. En el caso de Giacomini, su perfil es netamente de mavens, con un estilo didáctico particular, cuestionable para muchos. López Murphy, en cambio, con su larga tradición profesional y política cercana a la Unión Cívica Radical, es claramente un conector: puede difundir ideas entre su amplia red de relaciones, las cuales pueden amplificarse a través de la difusión que realizan aquellos que recibieron sus palabras, pero carece los matices propios de los vendedores natos.

Resulta claro, y sobre todo en los últimos meses, que las figuras de Milei y Espert se erigieron plenamente como agentes transmisores, y fueron -cada uno a su modo- los “especiales” que facilitaron que la epidemia de las “ideas de la libertad” alcance a más gente.

Ahora bien, habiendo identificado a los transmisores, se debe pasar a observar al agente causante de la epidemia: tienen “gancho” suficiente las “ideas de la libertad”?

Señalamos anteriormente que “gancho” es la capacidad que tiene el agente causante de impulsar cambios significativos por parte del público “infectado”. El análisis coyuntural parecería indicar que sí lo tienen, pero acotado, puesto que la difusión que hicieron los agentes transmisores solo llegó a contagiar a un número de sujetos suficiente solo para permitir el ingreso de unos pocos diputados nacionales. Pero tal análisis debe efectuarse con mayor alcance temporal y, en particular, dimensional: es decir, no estudiar sólo el resultado de una elección puntual, sino observar la evolución de la “infección” en el tiempo (cuántos contagios más pueden ocurrir) y en la densidad y profundidad de su operacionalización; por ejemplo, el voto a Milei o Espert es condicente plenamente con el comportamiento social correspondiente a la puesta en prácticas de “ideas de la libertad”? No se poseen elementos para emitir una respuesta sólida en este momento, pero sí debe tenerse esta cuestión como punto de partida para el monitoreo de los cambios, y así definir si se trata de, efectivamente, una epidemia o solo de una “gripecita”. Esta distinción es relevante para comprender si el público (los ciudadanos) adoptó a un “especial” (Milei o Espert), o si se contagio efectivamente del agente causal, gracias a su “gancho”.

En la actual coyuntura argentina, la infección es de “ideas de libertad”, pero si no se convierte en epidemia, si solo adquiere el cariz de una gripe estacional, es factible que surjan agentes transmisores de otro tipo, que respondan a causantes de distinto signo y sí, quizás, ellos se conviertan en epidemia.

Como se indicó anteriormente, todo proceso epidémico está sujeto a las condiciones y circunstancias del momento, que son las que dificultad o facilitan el trabajo de los agentes transmisores y ralentizan o aceleran la capacidad de contagio del agente causante. En el caso que se aborda, el contexto de deterioro político, económico, social y cultural puede entreverse como propicio para surgimiento de una epidemia social que, en este caso, adopta la forma de las “ideas de la libertad”, pero bien podría adquirir un sentido inverso. El mencionado contexto de deterioro, que impacta en las circunstancias individuales de cada persona y configura de ese modo el estado general de la matriz social, deja espacio para que agentes transmisores de distinto tipo puedan difundir infecciones también de distinto tipo. En la actual coyuntura argentina, la infección es de “ideas de libertad”, pero si no se convierte en epidemia, si solo adquiere el cariz de una gripe estacional, es factible que surjan agentes transmisores de otro tipo, que respondan a causantes de distinto signo y sí, quizás, ellos se conviertan en epidemia.

El contexto es propicio para impulsar cambios en la conducta social, aún cuando históricamente la sociedad apeló a otras opciones político-partidarias. Como demostró Zimbardo, las situaciones específicas permiten e impulsan cambios en la “personalidad social”, pero lo hacen en el marco de un escenario abierto, donde los agentes causantes de una epidemia pueden ser de distinto tipo, incluso opuestos entre sí.

Para que la “epidemia social” de las “ideas de la libertad” efectivamente se concrete, es necesario que el agente causante tenga “gancho” y, como también se marcó más arriba, una elevada capacidad de adaptación al contexto. Y a la vez, se requiere que la simbiosis entre causante y transmisor se debilite, a fin de diluir los riesgos derivados de virajes imprevistos de tales agentes transmisores, a la par que la infección se haga fuerte en el cuerpo social, se enraíce más allá de los mavens, conectores y vendedores natos, e impulse, en definitiva, cambios en la realidad que, como condición ineludible en toda expansión epidémica, deben ser drásticos y rápidos. En otras palabras, se deben conjugar determinados procesos y circunstancias para alcanzar el punto de inflexión.

En cada individuo está la decisión de alcanzar aquel punto, de impulsar una epidemia o limitarse a transcurrir una “gripecita”.

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