Política

Por Dios y por la Patria

La elección de fórmulas por fuera del reglamento no fue un recurso elegido por un único sector partidario o ideológico

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La última ronda de juramentos en el Congreso de la Nación Argentina y varias legislaturas subnacionales, pusieron de relieve un fenómeno que excede lo anecdótico o meramente circunstancial. En tal sentido, si bien el periodismo en general aludió a las extrañas fórmulas elegidas por los legisladores buscando meramente la sorpresa del lector, lo cierto es que el hecho en sí invita a un diagnóstico mucho más profundo de nuestra política nacional.

La elección de estas fórmulas sirve para dejar traslucir cuál es la idiosincrasia de un cuerpo político que, a pesar de renovar nombres, sigue teniendo como factor común ciertos rasgos que en gran medida explican la decadencia en la que nos encontramos insertos hace varias décadas.

En primer lugar, cabe señalar que la elección de fórmulas por fuera del reglamento establecido en las distintas cámaras no fue un recurso elegido por un único sector partidario o ideológico. Desde aquellos que juraron por “Les trabajadores de la Salud, héroes contra la pandemia” o por “Echar al FMI de la Argentina y América Latina”, pasando por quienes lo hicieron por “Perón, por Eva, por Néstor, lealtad absoluta a Cristina” y llegando a quienes decidieron poner sus actos públicos ante el fiel de la balanza de «Las víctimas del terrorismo», la convergencia estuvo en apartarse de los reglamentos, usos y costumbres establecidos, y aprovechar el sacro momento del juramento para destacar una causa propia a la que erigen como bandera de ese mandato que comienza.

En segundo lugar, y mucho más importante, la elección de estas fórmulas sirve para dejar traslucir cuál es la idiosincrasia de un cuerpo político que, a pesar de renovar nombres, sigue teniendo como factor común ciertos rasgos que en gran medida explican la decadencia en la que nos encontramos insertos hace varias décadas.

Jurar por Dios, por la Patria o los Santos Evangelios no es meramente una formalidad o el cumplimiento de “mandatos conservadores”, como dijo algún comentarista por allí, sino una alusión clara a factores que en el imaginario público aluden ni más ni menos que a lo trascendente; a aquello que escapa a los instantes circunstanciales y mira con el respeto necesario a la historia que las mujeres y hombres construimos con nuestras acciones. Por tanto, la elección de los distintos juramentos que fueron practicados hace pocos días, no hace más que desnudar el inconsciente de una dirigencia política que se encuentra hace décadas enredada en la idolatría de simples mortales y en la batalla por causas que, justas o no, se encuentran lejos de representar ni el gran desafío ni el enorme potencial que tiene nuestro país.

Es absolutamente imposible que Argentina vire el timón por fuera de esta deriva de constante decadencia, si quienes son honrados por el pueblo con el mandato de representarlo, creen que esa representación se la deben no a valores transcendentes que simbolizan la construcción de un mejor país sino a ciertos hombres y mujeres o a determinadas causas puntuales que les han servido, en un caso y otro, simplemente para llegar a ese lugar sagrado que es una banca legislativa.

La dirigencia política argentina ha perdido el faro hace muchísimas décadas. Se ha convertido día tras día, meramente, en los partícipes de una orgía endogámica que reproduce prácticas y temas que le son importantes solo a ellos mismos.

El fenómeno en sí, de todos modos, va más allá de una moda de época. Como señalaba hace pocas semanas en otra nota, expresiones como Yrigoyenismo, Peronismo, Frondizismo, Alfonsinismo, Menemismo, Macrismo y Kirchnerismo, debieran ser suficientes para detectar un patrón malsano en el que la gravitación de los hombres es superior a la institucionalización de las prácticas y las ideas y, agregaría hoy, al trabajo político conjunto por garantizar la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino.

La dirigencia política argentina ha perdido el faro hace muchísimas décadas. Se ha convertido día tras día, meramente, en los partícipes de una orgía endogámica que reproduce prácticas y temas que le son importantes solo a ellos mismos, convirtiendo el ejercicio político en un nefasto como sí del que no provienen proyectos de grandeza sino meras chicanas infantiles que luego son vituperadas o celebradas por un pueblo que transita la romería cansina de un constante empobrecer. Esta pobreza, cabe aclarar, no se circunscribe tan solo al campo económico sino al mismo tiempo a lo intelectual y moral, volviéndonos así cada día más brutos en nuestras formas y más decadentes en nuestras ideas.

De aquel país que supo primeriar a muchos otros en el valor de la libertad; de aquella nación de los premios nobeles, de la energía nuclear, de los aviones a reacción, de los majestuosos diques, de las invenciones tecnológicas y los desarrollos científicos, hemos arribado a esta realidad que tomamos como la única propia, en la cual parecemos solo competir por alcanzar semana tras semana algún nuevo ranking de atraso, convirtiéndonos en el único país del mundo que retrocede sistemáticamente, mientras olvida lo que alguna vez fue. Un escenario atroz que recuerda las sórdidas páginas de “El país de las últimas cosas” de Auster, pero potenciado por nuestra característica habilidad de hacer de lo malo algo incluso peor.

Reclamar el compromiso con otras formas de ejercer el poder y no abonar con el aplauso o la idolatría, más allá del gusto ideológico de cada cual, las mismas tonterías irresponsables y mediocres que han generado este manicomio a cielo abierto que somos hoy.

Creer, por tanto, que esa idiosincrasia inmediatista e infantil que han mostrado nuestros legisladores hace pocos días, no se relaciona de forma directa con todo lo descripto anteriormente no solo es ingenuo sino en gran medida cómplice. Y esto, porque comprenderlo en su justa medida amerita de forma contundente, reclamar el compromiso con otras formas de ejercer el poder y no abonar con el aplauso o la idolatría, más allá del gusto ideológico de cada cual, las mismas tonterías irresponsables y mediocres que han generado este manicomio a cielo abierto que somos hoy.

Seguir pensando al país como un estadio de fútbol en el cual se aplaude al propio y se insulta al ajeno, independientemente de sus acciones; seguir prestando aquiescencia a que se usen las bancas para representar chiquitajes pueriles y desbordes emocionales y, sobre todo, aceptar pasivamente que aquellos que embestimos en puestos de poder nos enrostren de forma grotesca que su lealtad es para sus jefes políticos y no para la Nación que nos contiene, nos hace tan responsables de este pozo en el que vivimos, como aquellos que se dedican a cavarlo diariamente.

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