Economía

Mentira: no llevamos 90 años de decadencia

Borrar los ’90 y sus éxitos económicos, sociales, políticos e institucionales de la memoria de los argentinos es la tarea en la que llevan empeñados veinte años los enemigos de la libertad

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Se habla de que Argentina lleva “90 años de decadencia”, se dice que venimos “cuesta abajo” desde 1930 y se insiste en que “desde que llegó Perón no paramos de empeorar”. Todas esas frases y otras similares son falsas.

Los años entre 1990 y 1999 fueron de prosperidad. Se erradicó la inflación (que durante el gobierno de Alfonsín había acumulado un total de 1.972.211%) y hubo años en que el IPC argentino aumentó menos que el de Estados Unidos. El crecimiento económico alcanzaba ritmos asiáticos y era uno de los mayores del mundo. La gente pudo volver a ahorrar y comprar su casa con un crédito hipotecario.

El pasaporte argentino, que en 1989 no alcanzaba para entrar en Reino Unido, en 1999 era suficiente para entrar sin visa a EE.UU. y casi todos los países avanzados.

La imagen exterior del país tuvo una mejora notable. Por eso muchísimas empresas participaron en las privatizaciones. Privatizaciones que hicieron posible conseguir un teléfono en 48 horas y que el gas dejara de cortarse en invierno y la luz dejara de cortarse en verano. De importar petróleo, Argentina pasó a exportarlo. También se exportaba electricidad.

Hubo una crisis muy fuerte, derivada de la devaluación del peso mexicano (“efecto Tequila”). Pero eso mismo fue un síntoma de progreso: la crisis se superó sin devaluar el peso ni confiscando o alterando los contratos privados. Había libertad para elegir la moneda en la que uno quería ahorrar o endeudarse.

El avance espectacular de esos años no fue solo económico. Argentina solucionó todos los conflictos limítrofes con Chile (que Alfonsín había dejado pendientes, pese a regalar el Canal de Beagle a Pinochet) y se restablecieron las relaciones con el Reino Unido. EE.UU. designó a Argentina “aliado extra OTAN”, distinción que solo tenían otros siete países, entre ellos Australia, Corea del Sur, Israel, Japón y Nueva Zelanda. El pasaporte argentino, que en 1989 no alcanzaba para entrar en Reino Unido, en 1999 era suficiente para entrar sin visa a EE.UU. y casi todos los países avanzados.

El éxito de esos gobiernos se basó en dos aspectos: 1) ideas correctas, que rescataban el espíritu liberal de la Constitución; 2) la conjunción de un genio político (Carlos Menem) y un genio económico (Domingo Cavallo)

Además, hubo más libertad de prensa que nunca antes, con la privatización de casi todos los canales de TV y radios estatales. El delito de “desacato a la figura presidencial”, con el que Alfonsín silenciaba críticas, fue borrado del Código Penal. También se suprimió el servicio militar obligatorio, esa forma moderna de esclavitud.

Incluso los ’90 fueron años de progreso institucional: se cumplieron los plazos de dos mandatos presidenciales consecutivos, cosa que no había ocurrido en los 70 años previos. La Constitución Nacional fue reformada con un amplio consenso. El proyecto de presupuesto se presentaba puntualmente cada año.

Pese a todo lo anterior, se insiste en incluir ese período dentro de una larga etapa de decadencia. No digo que los ’90 hayan sido años perfectos, sin errores ni aspectos negativos. Sí digo que, teniendo en cuenta el punto de partida y su final, los gobiernos de Carlos Menem fueron los mejores de la historia argentina, solo superados por los de Julio Argentino Roca.

El éxito de esos gobiernos se basó en dos aspectos: 1) ideas correctas, que rescataban el espíritu liberal de la Constitución; 2) la conjunción de un genio político (Carlos Menem) y un genio económico (Domingo Cavallo), una dupla equiparable a la de Adenauer y Erhard.

Borrar los ’90 y sus éxitos económicos, sociales, políticos e institucionales de la memoria de los argentinos es la tarea en la que llevan empeñados veinte años los enemigos de la libertad. Veinte años queriendo convencernos de que cuanto más grande el Estado es mejor, pero los resultados son cada vez peores. Incluir los ’90 dentro de una gran etapa de decadencia es caer en la trampa de los liberticidas y autoflagelarnos con la idea de que no somos capaces de hacerlo mejor y de que Argentina no tiene arreglo. Rescatar lo que se hizo bien en los ’90 es el primer paso para frenar el avance de los estatistas y encarar el futuro con alguna esperanza

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