Política

¿En qué está pensando la oposición?

La lógica electoral en Juntos por el Cambio ha sumergido toda discusión interna en torno a un programa de gobierno: “primero hay que ganar, después se verá”

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Hace unos días apareció en Revista Seúl una nota titulada  “¿Y si les sale bien?”, que me pareció muy elocuente respecto de los parámetros estratégicos que maneja la oposición. Su autor, Eugenio Palopoli, se define como un cambiemita raso, pero el texto tiene la virtud de reflejar lo que parece ser el sentido común actual de Juntos por el Cambio. El autor parte de una observación acertadísima: puede que al Gobierno le salga bien su plan de ajuste sucio y desprolijo a mediano plazo, y llegue con chances reales de ganar en 2023. Pensar que están terminados y que no volverían más es un error que ya cometió la oposición en 2019. Esta es precisamente la perspectiva que le interesa al autor. Bien hasta aquí.

Después empiezan los problemas: de los escenarios posibles -uno catastrófico y otro de recuperación moderada- sostiene que lo que hay que desear es que no haya un colapso económico social de consecuencias imprevisibles, lo que equivale a decir que el kirchnerismo alcance el 2023 con posibilidades de ganar. Esa puede ser una perspectiva razonable para el ciudadano común, pero no para la oposición. Y es que el problema no está en el plano de los deseos, sino de las decisiones. El autor reconoce que el Gobierno tiene pocas chances de cerrar un acuerdo satisfactorio, tanto con el FMI como con la oposición. En función del escenario deseable que se ha definido ¿no debería la propia oposición hacerse cargo de lograr el mejor acuerdo posible?

¿Hasta cuándo es prudente sostener ese planteamiento resultadista? Quizá lo era antes de la elección: ahora no se puede retrasar más, en una sociedad enferma de incertidumbre e imprevisión, que podría tener en la oposición un referente claro.

No nos dice nada al respecto. Y debería hacerlo, porque el horizonte en el que la oposición se juega sus chances de ser gobierno en 2023 es precisamente ese. Su propio margen de gobernabilidad en un hipotético regreso al poder depende de ello. ¿Existe algún consenso en Juntos por el Cambio sobre este punto? Da toda la impresión de que no. 

La lógica electoral en Juntos por el Cambio ha sumergido toda discusión interna en torno a un programa de gobierno: “primero hay que ganar, después se verá”. ¿Hasta cuándo es prudente sostener ese planteamiento resultadista? Quizá lo era antes de la elección: ahora no se puede retrasar más, en una sociedad enferma de incertidumbre e imprevisión, que podría tener en la oposición un referente claro.

El repunte que puede beneficiar al Frente de Todos en los próximos años no se derivará de una reforma profunda sino del ciclo ascendente de una economía que lleva una década en recesión. Esperar que entonces aprovecharán para meter mano y hacer los cambios que son necesarios para estabilizar la economía es ignorar la lógica miope del kirchnerismo. Todas las distorsiones y los problemas estructurales seguirán ahí agazapados, precipitando el fin del ciclo expansivo. ¿Cuál será la ventaja comparativa de la propuesta política de Juntos por el Cambio (o como se llame entonces) en ese contexto, como no sea un programa de gobierno que entusiasme a una clase media deprimida y sin horizonte de prosperidad ni de desarrollo?

El giro más revelador aparece en la conclusión de la nota. El autor se muestra comprensivo ante las concesiones de Juntos por el Cambio a la centroizquierda para asegurar su voto, pero explica que algo tiene que hacer con los tontitos de los libertarios (lo dice de un modo apenas más delicado) que le restan votos por derecha. Dice que la mayoría de los principios del liberalismo son constitutivos de Cambiemos. Extraño: van a buscar los votos de la centroizquierda y el progresismo pero los dejan de votar los sectores ideológicos que dicen representar. Como diría Rafael Alberti:


Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.
Por ir al norte, fue al sur.

Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba


Quizá no lo estén entendiendo, quizás no se estén explicando bien. Lo cual confirma que el problema no pasa por lo que se le diga o no al electorado, o los sectores que logre atraer en las elecciones, sino que Juntos por el Cambio parece no poseer un programa de gobierno coherente, porque hasta ahora viene funcionando como una colectora de votos antikirchneristas.

Juntos por el Cambio parece no poseer un programa de gobierno coherente, porque hasta ahora viene funcionando como una colectora de votos antikirchneristas

Nadie quiere discutir programas de gobierno en la oposición. La comparación es deliberadamente odiosa, pero se parece demasiado a la actitud irresponsable del presidente Fernández y el ministro Guzmán cuando a poco de asumir se les preguntó si tenían un plan económico. En Juntos por el Cambio se asume que cualquier discusión en ese sentido pone en juego la masa crítica de apoyos para constituirse en una propuesta electoral con posibilidad de vencer en 2023.

En 2020, el exministro de Economía Lacunza definía con precisión la índole de un plan económico: se trata de un instrumento de bien público que sirve para tomar decisiones, útil tanto para el ciudadano común o el consumidor como para el empresario o el inversor. Sin definiciones ni rumbo por parte del Gobierno, los ciudadanos podrían encontrar en la oposición un posicionamiento crítico y propositivo y, eventualmente, marcar la agenda oficialista.

Las razones posibles por las que Juntos por el Cambio no se define programáticamente no son menos inquietantes que las que tiene el propio gobierno: o tiene un plan y no lo quiere revelar para que no espantar a los sectores progresistas o de centroizquierda que lo integran, o directamente no lo tiene.  

Nadie quiere discutir programas de gobierno en la oposición

Esta resistencia a definir el programa de gobierno obliga a Juntos por el Cambio a realizar planteamientos un poquito esquizofrénicos ante el desafío de liberales como Milei o Espert, como el que hace otro resultadista, Diego Papic, en “Liberales somos todos”, también aparecido en Seúl. Se niegan a enarbolar un discurso liberal con el que aparentemente se identifican, que es cada vez más demandado y adquiere mayor fuerza entre el electorado (y no sólo en el segmento de la clase media y alta), pero atacan a quienes sí se atreven a hacerlo. Son el perro (liberal) del hortelano. El desgranamiento por derecha, más aún ante el espectáculo del internismo desatado en la coalición, seguirá avanzando.

En la tensión propia de toda política democrática entre aglutinamiento y diferenciación, Juntos por el Cambio parece decantarse decididamente por el primer polo – una catch all coalition– con el pretendido objeto de optimizar la performance electoral. Se juega todo a la batalla del 2023, olvidándose de que -quiera o no- tiene que hacer política hasta entonces -lo que le permitirá operar sobre sus chances de triunfar- y deberá hacerla también después, si consigue ganar. Busca constituirse en una alternativa de poder para la sociedad.

¿A qué espera Juntos por el Cambio para hacer público -en caso de que lo tuviere- su plan de gobierno?

El problema es que la sociedad, en un grado no menor ni subordinado, demanda sentido y conducción. Las elecciones son sólo una parte de la política. ¿A qué espera Juntos por el Cambio para hacer público -en caso de que lo tuviere- su plan de gobierno? ¿Lo hará después de que haya recuperado el poder, cuando los aliados díscolos ya no puedan restarle apoyo electoral? ¿Aprovechará para discutirlo entonces, con todos los socios de la coalición? ¿La curva de aprendizaje en el poder incluirá un periodo inicial de discernimiento, antes de aplicar el paquete de reformas urgentes que necesita el país? Cualquiera de esas alternativas arroja una sombra preocupante sobre sus posibilidades de constituirse nuevamente en la fuerza política del cambio verdadero.

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