Sociedad

Un faro para mi país

Argentina hace décadas que dejó de ser pensada y soñada para pasar a ser llorada y sufrida.

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El 12 de Junio de 1982, por la noche, Argentina se convertía en el primer país (y único hasta el momento), en haber lanzado un misil Exocet MM38 (Mar – Mar) desde tierra hacia un buque enemigo. No sólo fue un hecho extraordinario desde lo técnico, sino que como si fuera poco, fue exitoso: el misil logró impacto efectivo sobre el Crucero británico H.M.S. Glamorgan, inhabilitándolo por completo para el combate.

¿Cuántas películas y series se hubieran inspirado en estos hechos en otras latitudes? ¿Cuántos personajes históricos y ficticios hubieran nacido de ambas proezas? ¿Cuántas horas se dedicarían en las currículas escolares a explicar lo conquistado por nuestros compatriotas? ¿Por qué nuestras aulas están llenas de un llanto lastimero eterno? ¿Por qué nuestras series y películas insisten en la carencia, la pobreza, la marginalidad, el desarraigo, la pérdida, la tristeza, el fracaso, la ausencia, el dolor?

Los que no están en tema tal vez no logren dimensionar el hecho. Lanzar desde tierra un misil preparado para ser montado sobre un buque, construir su lanzadera, dotarlo de los sistemas de guía, aprovisionarlo, dirigirlo efectivamente y luego lanzarlo ya es de por sí toda una proeza. Sin mencionar el milagro de haber dado en el blanco y el lograrlo adaptando herramientas, inventando sobre la marcha procedimientos, dejando atrás lo posible para lograr lo imposible, en condiciones climáticas absolutamente desfavorables: un logro técnico y militar que pocas naciones pueden contar.

Siempre que llega el 02 de abril recuerdo esta y otras anécdotas: como la de los pilotos que reaprovisionaban combustible en vuelo casi sin práctica (una de las maniobras más difíciles de la aviación); los que salían escoltando los Super Etendard con los Pucará, pegados a las olas para evadir los radares; o esos mismos pilotos de los Etendard que sabían desde un principio que su autonomía de vuelo no les permitiría regresar.

También a los efectos de esta nota sirve traer del recuerdo la epopeya sanmartiniana. Cualquiera que haya estado a los pies de la cordillera, alguna vez en su vida, no puede evitar dimensionar lo fabuloso de aquella gesta heroica que, conducida por el gran Don José de San Martín, terminó no sólo con nuestro país libre de la égida realista, sino que también sirvió para liberar a otros pueblos y de forma desinteresada. La campaña liderada por San Martín es estudiada hoy día en la mayoría de los colegios militares del mundo. No sólo por la proeza militar en sí, sino por la cantidad de decisiones que El Libertador tuvo que tomar para alcanzar su objetivo y la calidad de estas; decisiones que incluyen la negociación con comunidades aborígenes, el entrenamiento de tropas sin previa formación, la adaptación de armamento y de tácticas a un terreno nuevo, la logística y la inteligencia desplegada, etc.

Echeverría define al resentimiento como una emoción de pérdida profunda que concatena internamente la siguiente línea argumental: “Yo quiero X, pero no puedo tenerlo. No puedo tenerlo porque injustamente H me lo quitó. Yo soy víctima de una injusticia y por eso no tengo X”.

Llegados a este punto le pregunto al lector (y le pido pensar bien las respuestas): ¿Cuántas películas y series se hubieran inspirado en estos hechos en otras latitudes? ¿Cuántos personajes históricos y ficticios hubieran nacido de ambas proezas? ¿Cuántas horas se dedicarían en las currículas escolares a explicar lo conquistado por nuestros compatriotas? Y con esa respuesta en mente, le pregunto ahora: ¿por qué aquí no ocurre? ¿Por qué nuestras aulas están llenas de un llanto lastimero eterno? ¿Por qué nuestras series y películas insisten en la carencia, la pobreza, la marginalidad, el desarraigo, la pérdida, la tristeza, el fracaso, la ausencia, el dolor?

¿Casualidad?

Fue Nietzsche uno de los primeros en relacionar lo que él llamó moral del esclavo con el resentimiento. Deberían pasar luego decenas de años para que el sociólogo y doctor en filosofía chileno, Rafael Echeverría, relacionase el resentimiento con el desempoderamiento. Palabras más, palabras menos, Echeverría define al resentimiento como una emoción de pérdida profunda que concatena internamente la siguiente línea argumental: “Yo quiero X, pero no puedo tenerlo. No puedo tenerlo porque injustamente H me lo quitó. Yo soy víctima de una injusticia y por eso no tengo X”.

El sentimiento de victimización subsume al individuo (vale lo mismo para las sociedades) en un bucle de desempoderamiento que a su vez se traduce en dependencia para los que se atribuyen el rol de justicieros: si soy víctima, mi propia capacidad de salir adelante se ve condicionada por aquella (supuesta) injusticia atávica, por ende, yo ya no tengo los recursos o el poder de salir adelante por mí mismo. Para ello me falta algo. Y ese algo me debe ser provisto desde afuera. También todo esto lo explica magistralmente el filósofo Hugo Landolfi en su libro “De Víctima a Protagonista”.

Nos emocionan únicamente las historias en las cuales somos víctimas de “alguna mano negra” que nos subsume en nuestra decadencia e imposibilidad; que nos “corta las piernas”.

Nótese que este es el tipo de argumento que genera que 500 años después aún parte de Latinoamérica siga explicando su subdesarrollo por la colonización española, o el mismo tipo de razonamiento que ha generado el enorme éxito de aquella aberración literaria titulada “Las Venas Abiertas de América Latina”; aberración que, dicho sea de paso, fue repudiada por su propio autor, Eduardo Galeano, antes de morir, por la falta de rigurosidad histórica y lo arbitrario de lo que allí se declama.

Nuestro país ya no escapa a la regla latinoamericana. Argentina hace décadas que dejó de ser pensada y soñada para pasar a ser llorada y sufrida. Nos emocionan únicamente las historias en las cuales somos víctimas de “alguna mano negra” que nos subsume en nuestra decadencia e imposibilidad; que nos “corta las piernas”. No importa que a ese argumento se le opongan hechos históricos tangibles en los cuales de víctimas no tuvimos nada. Y no sólo por aquella gesta libertadora ya mencionada, sino por el desarrollo militar, tecnológico, económico, civil y cultural, que alguna vez exportamos a todos nuestros países limítrofes como han sabido hacer las grandes naciones, antes de convencernos a nosotros mismos de que debíamos reptar dando lástima, con una humildad fingida (que gracias a Dios aún nos cuesta), como una ofrenda para ser aceptados y pertenecer.

Vale preguntar entonces nuevamente, querido lector: ¿a quién le habrá convenido este relato con el que se educan nuestros jóvenes hace décadas? ¿Quiénes son aquellos que nos prometen la justicia que como supuestas víctimas merecemos?

Argentina necesita que la mirada de los que pueden avizorar más allá de las coyunturas vuelva a poder expresarse. Que aquellos que en los desiertos ven ciudades, que en los mares y ríos ven puentes, que en la adversidad ven posibilidades vuelva a ponderar sobre los que nos cantan el tango lastimero de la decadencia mañana tras mañana, noche tras noche.

Para salir de donde estamos, Argentina necesita nuevamente un faro que la guíe, que la imagine, que la sueñe. Un espacio que ilumine con pensamientos trascendentes nuestra verdadera posibilidad histórica. Una comunión de pensadores que logre desapegarse de la enorme gravitación que genera un relato mordaz y lastimero que nos ata a cadenas ficticias que nos autogeneramos, como un paciente neurótico de extrema gravedad. Argentina necesita que la mirada de los que pueden avizorar más allá de las coyunturas vuelva a poder expresarse. Que aquellos que en los desiertos ven ciudades, que en los mares y ríos ven puentes, que en la adversidad ven posibilidades vuelva a ponderar sobre los que nos cantan el tango lastimero de la decadencia mañana tras mañana, noche tras noche. Argentina, nuevamente, necesita liberarse ¿Y por qué no también ayudar a liberar a otros? Alguna vez fuimos grandes. Alguna vez fuimos vanguardia de libertades. La historia nos llama nuevamente. Seamos un faro más alto y poderoso. Iluminemos nuevamente. En orden y progreso. En unión y libertad.

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