Política

Soberanía, sólo un discurso

La diversidad de objetos sobre los que aplicar el concepto de soberanía luce como mínimo excesivo

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La actual mutación del autodenominado “movimiento nacional y popular” tiene, en relación con concepto de soberanía, un apego especial presente en el discurso en un abanico inagotable de ítems, que puede ir desde el espacio sobre nuestras cabezas a un novillo que espera convertirse en un potencial bife…

Tengo para mí que tal diversidad de objetos sobre los que aplicar el concepto de soberanía luce como mínimo excesivo o lisa y llanamente una tomadura de pelo. Es que seguramente mi mirada liberal (perdón por usar esta palabra nefasta para el bien pensante del movimiento nacional), influye para que esa soberanía  tenga la atención que se debe a las cosas que garantizan seriamente una República: su territorio, sus leyes y su moneda.

Dejo para los que son especialistas el tema de las leyes y la moneda, aunque no puedo dejar de mencionar que ambas necesitan de un espacio donde su aplicación sea cumplida y a su vez ellas necesitan ser creíbles, consistentes y respetadas para que, bajo su amparo en un caso o su disposición en el otro, los ciudadanos sientan que son ambas garantías de sus libertades y porvenir.

Pero vayamos al tema de la soberanía y el territorio. En esto el movimiento nacional y popular tiene usualmente un discurso duro, casi beligerante; tanto que, si un observador alejado de las tribulaciones permanentes de estas playas se contentara con ellos, creería a los mismos como una prueba de la determinación del mencionado movimiento de defender esos espacios geográficos de cualquier pretensión que la disputase.

Gigantesco error cometería ese observador, el mismo que cometen a diario y por miles los fanáticos incapaces de distinguir palabras de hechos. Es que la soberanía que el movimiento declama choca con la realidad, la inclemente realidad, que tozudamente se empecina en contradecir esas palabras pronunciadas una y otra vez. Algunos, pocos ejemplos:

Ya en un artículo anterior nos hemos referido a las enormes falencias que se tienen en Argentina para ejercer control efectivo sea en el mar, el espacio aéreo o bien en las fronteras del país. Todos esos espacios, son lugares que en la práctica cualquiera puede utilizarlos con posibilidad entre escasa o nula de que la soberanía de alguna manera lo controle. Y con esa manifiesta falencia, y real impericia para aplicar ideas innovadoras, no dejamos de advertir al mundo acerca de nuestros derechos en el continente Antártico donde, como no puede ser de otra manera, discurso y hechos son cosas diferentes. Nuestra presencia está muy alejada de la que otras naciones cercanas y lejanas y nada me hace pensar que eso cambie en momento alguno.

Pero además los que llevan adelante estas tropelías sin persecución alguna por parte del Estado, declaran abiertamente que desconocen la soberanía argentina, es decir sus autoridades y sus leyes; de allí a proclamar la secesión territorial media muy poco.

Pensemos ahora en el ejercicio de la soberanía que se ejerce en una ciudad de la importancia como la de Rosario, donde lúmpenes, sicarios, mafiosos de toda laya y otras especies del apasionante mundo delincuencial a diario matan, aterran, amenazan, controlan espacios, corrompen políticos, miembros de la justicia y policías. Uno creería que el movimiento nacional y popular tomaría medidas serias para, al menos en una primera etapa, contener el fenómeno y luego avanzar en afectar decisivamente al mismo. Pero no, el movimiento nos aporta su descripción de la situación y se contenta con eso.

Y finalmente tenemos lo que sucede en la Patagonia Cordillerana y con foco reciente en Río Negro. Personas que, en virtud del asesoramiento de un contacto con espíritus ancestrales, reciben de los Cielos, los Espíritus, las Montañas o donde sea, la señal que deben hacerse de las propiedades de otras personas físicas, jurídicas o bien del Estado, y disfrutar de ellos. Recurriendo además de esa violencia sobre el derecho a la propiedad, a la intimidación, a la quema de propiedades, vandalismos, amenaza a particulares y seguramente varias otras acciones contempladas en las leyes, justamente esta última manifestación por excelencia de la soberanía.

Pero además los que llevan adelante estas tropelías, de manera desembozada, y sin persecución alguna por parte del Estado, declaran abiertamente que desconocen la soberanía argentina, es decir sus autoridades y sus leyes; de allí a proclamar la secesión territorial media muy poco. Pues bien, el movimiento nacional y popular, defensor de la soberanía se mantiene prescindente del tema y deja librado al estado provincial para que lo resuelva. Una muestra conmovedora de defensa del federalismo a toda costa.

Pero en este tema en particular, me parece, que el dejar hacer del movimiento nacional y popular se ha transformado en un mainstream de gran parte de la política argentina, que prefiere eludir el tema porque sabe bien los costos que podría acarrearles la decisión de atender decididamente esta amenaza. Profundicemos un poco al respecto. Del lado occidental de la cordillera, la gravedad de la amenaza insurgente en la Araucanía es tal, que las autoridades chilenas han decidido emplear sus FFAA para que operen en la zona en apoyo a Carabineros, y al momento de escribirse esta nota, esas fuerzas militares ya han empleado fuerza letal contra los terroristas (así los califico sin dudas).  

La cordillera en esa zona fronteriza es relativamente baja y permite que personas con conocimiento del terreno pasen de un lado a otro sin ser detectados; y mientras en Chile se atiende esta amenaza recurriendo a los medios más fuertes que tiene el Estado para contener las acciones, de nuestro lado la inacción, sumado al apoyo de no pocos funcionarios a la RAM (resistencia ancestral mapuche), hace que la cordillera actué como una membrana osmótica, que permitirá que los terroristas en Chile crucen a la Argentina cuando las condiciones para operar en el país trasandino sean difíciles o bien para utilizar nuestro territorio como santuario.

Este tipo de situaciones se dieron en el pasado en muchos escenarios a lo largo del mundo, y como nosotros tendemos a minimizar las cosas o a apelar a que el azar resuelva todo, es muy probable que esa situación ocurra.  Cuando lo que describo aquí suceda, estaremos ya a un paso, muy pequeño para que los terroristas tengan un control relativamente seguro de una parte de nuestro territorio, y en esa situación quizás las autoridades, las actuales o las que sean, recién ahí decidirán emplear los recursos más preparados de las Fuerzas de Seguridad argentinas.

En Argentina no querrán jamás cargar con la responsabilidad que todo empleo de la fuerza militar y también de las de seguridad trae aparejado, principalmente la inevitabilidad de que ocurran errores en las operaciones.

Posiblemente recurran a las fuerzas especiales de la Policía Federal, de la Gendarmería Nacional o bien de la Prefectura Naval.  A mi juicio, sería una decisión tardía, pues esas organizaciones de seguridad están más enfocadas en atender a delincuentes fuertemente armados, pero dudo que en condiciones de hacerlo contra terroristas ocupando una porción del territorio nacional.  En otros países, ante un grupo que clama por la secesión de parte del territorio se recurriría al instrumento militar.

En Argentina eso lo descarto, pues tanto el movimiento nacional y popular como el mainstream de la política evitarán esa decisión, ya que no querrán jamás cargar con la responsabilidad que todo empleo de la fuerza militar y también de las de seguridad trae aparejado, principalmente la inevitabilidad de que ocurran errores en las operaciones. A lo que debe sumarse que el instrumento militar local carece del adiestramiento necesario para ser eficiente en un empleo real convencional y mucho menos en uno de las características que podría alcanzar el terrorismo del RAM.

Para cerrar este algo extenso comentario sobre la situación en el Sur argentino, estoy convencido que ya mismo debiera actuarse para evitar que la situación escale, fundamentalmente porque tanto el movimiento nacional y popular como gran parte de la política no tienen la voluntad política para atender esta amenaza en el caso que la misma escale a los niveles de lo que hoy sucede en Chile. Sinceramente, soy pesimista en esto. Profundamente.

En realidad, dada la manifiesta incapacidad del movimiento nacional y popular para atender incluso cuestiones técnicamente menos complejas, no llama la atención que discurso y soberanía sean solamente palabras. Grandilocuentes, fervorosas, plagadas de gestos de histrionismo y conmovedoras para millones de fieles creyentes, que con enorme ingenuidad siguen pensando que el movimiento nacional y popular alguna vez, en las décadas que lleva tratando de hacerlo, unirá el discurso con los hechos.

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