Cultura

Las partículas elementales

Michel Houellebecq. 1998 -Anagrama, 273 páginas.

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Todos los grandes escritores son reaccionarios: Balzac, Flaubert, Baudeleire, Dostoievsky, escribió Michel Houllebecq. Uno podría agregar muchos nombres a la lista como Borges, Nabokov, Thomas Mann, Chesterton, Vargas Llosa o Celine y advertir sobre algunas excepciones como Thomas Pynchon, pero el asunto de este artículo es destacar el exito tanto artístico como comercial de Houllebecq al transitar el sendero fecundo del conservadorismo, ya sea por afinidad ideológica, estrategia promocional o resentimiento del feo. Nada menos importante en literatura que las motivaciones de un autor.

La segunda novela que Houllebecq entregó a la imprenta es un magnífico manifiesto reaccionario. Las partículas elementales (Anagrama, 273 páginas) sostiene, en efecto, que ninguna sociedad es viable sin el eje federador de una religión, abomina de la visión hedonista de la vida y plantea que el concepto de libertad individual no puede servir de base a ningún progreso humano. En el fondo de la nausea contemporánea -remarca- brillan sólo un par de chispas, el amor conyugal y la familia. Y las mujeres siempre son mejores que los hombres.

La novela fue publicada por primera vez en 1998 y aún tiene mucho que decirnos, pues está empapada en Alta Filosofía. Narra la vida del científico Michel Djerzinski, artífice de la «tercera mutación metáfisca», que supuestamente se producirá durante este siglo cuando se apliquen a la genética principios de la física cuántica.

Por «mutación metafísica» debemos entender una «transición radical y global de la visión del mundo adoptada por la mayoría de los seres humanos». La primera fue el cristianismo; la segunda, la aparición de la ciencia moderna hace 500 años que degeneró en el racionalismo individualista. El libro pretende ser un panfleto erudito que denuncia «el suicidio de Occidente», un testimonio de su decadencia moral y social. Al final del texto, veremos que quizás todo se trate de un juego metalingüístico de la trama, pero no importa: antes de eso encontramos un torrente de ideas -como campanazos- que atrapan toda nuestra atención. ¡Un escritor que cita a Kant!­

El segundo carácter rotundo del libro es el hermanastro del biólogo, un tal Bruno que se gana la vida como profesor de literatura moderna. Si la vocación de Michael D. es contribuir al progreso del conocimiento, la meta principal en la vida de su medio hermano es la cacería sexual, lo seguimos a campamentos nudistas y clubes de swinggers. Ambos personajes, no obstante, están anestesiados para el amor. Tienen una parte del alma amputada. A Houllebecq le interesa retratar los desastres que provoca tanto en las personas como en la sociedad «el consumo libidinal de masas de origen norteamericano». Los hippies -dispara- «representan el mal, trajeron el mal». Cuando una madre o un padre asumen ese estilo de vida los resultados son devastadores para los hijos.

Oigamos su vozarrón jupiterino: «la liberación sexual no ha sido la culminación de un sueño comunitario sino más bien se trató de un nuevo escalón en la progresiva escalada del individualismo que provocó la destrucción del último islote de comunismo primitivo en el seno de la sociedad liberal: la familia, el último tabique que separa al individuo del mercado».

­Una tradición

­Atento a una profunda tradición de la literatura francesa que consiste en elevar al artista a la categoría de pensador de la evolución (o la descomposición) social, Houllebecq juega magistralmente al sociólogo, al antropólogo, el economista y al filósofo. A veces al voleo y a menudo no tiene razón. Arroja, por así decirlo, al niño por el desagüe en lugar de deshacerse sólo del agua sucia. ­

Más allá del «vacío existencial en muchos días, del consumismo desaforado, de la exacerbación del deseo en proporciones inauditas que devora a tantas almas desorientadas», Occidente -como expresión histórica de la democracia liberal- sigue siendo la mejor opción disponible para la humanidad en su conjunto. Fukuyama dio en el blanco hace treinta años en El fin de la historia.

Puede que el malestar europeo que se expresa en novelas como Las partículas elementales parezca a un lector criollo algo esnob. En medio de una vida desordenada, con tantas urgencias, la melancolía de los pueblos prósperos difícilmente nos conmueva. Pero admitamos que los atribulados habitantes de países en desarrollo tenemos problemas comunes con los ciudadanos del Primer Mundo. Sabemos de que habla Houllebecq cuando denuncia que «la violencia física -la manifestación más perfecta del indiviadualismo- reapareció en nuestras calles por la tendencia a la atomización social».

Pucha, la Argentina tiene muchos vicios del Primer Mundo pero pocas de sus virtudes.

«Ya no estamos en tiempos de Celine, ya nadie escribe lo que se le da la gana sobre ciertos temas», se lee en otro pasaje afortunado de Las partículas elementalesuna novela espléndida, con una prosa cristalina, cargada de conceptos y términos científicos. Afortunadamente, queda un puñado de talentosos como Houllebecq que, con la lucidez de los depresivos, desafía la peste de la corrección política, otro síntoma de nuestra decadencia cultural.­

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