Política

Asia no es el futuro

El futuro ya llegó (los que no llegamos fuimos nosotros)

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El futuro ya llegó (los que no llegamos fuimos nosotros)

Asia no es el futuro, es el presente. Los argentinos, como de costumbre, tenemos algunas dificultades para acertarle a los tiempos globales y eso ocurre, sobre todo, entre quienes están en el gobierno, en las devaluadas elites empresariales, sindicales e intelectuales y en el poco eficiente aparato burocrático que conduce, en la práctica, al Estado nacional.

El impacto por la creación de la RCEP fue enorme. Curiosamente, el mismo día en que esos 15 países firmaban la RCEP, el entonces canciller Felipe Solá afirmaba que su gobierno prefería “un acuerdo bilateral con China [antes] que a través del MERCOSUR».

Para muestra sobran los botones, pero elijo uno: el 15 de noviembre de 2020 se firmó el Tratado de libre comercio más grande de los existentes hasta hoy en día. La Asociación Económica Integral Regional (RCEP por sus siglas en inglés) que integra a los diez países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN): Brunéi, Camboya, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Myanmar, Singapur, Tailandia y Vietnam. A estos se suman, nada más ni nada menos, que China, Corea del Sur, Japón y los de Oceanía (Australia y Nueva Zelanda).

El impacto por la creación de la RCEP fue enorme y se espera que se consolide en los próximos años. Curiosamente, el mismo día en que esos 15 países firmaban la RCEP, el entonces canciller Felipe Solá afirmaba que su gobierno prefería “un acuerdo bilateral con China [antes] que a través del MERCOSUR». No hace falta ser un experto para darse cuenta que la asimetría de esa relación sólo podría poner a la Argentina en una evidente situación de debilidad y aun de mayor dependencia. Sin embargo, siendo realistas, ¿el MERCOSUR serviría para un acuerdo con China?

El MERCOSUR, otro fantasma que recorre la región

El MERCOSUR dejó hace tiempo de ser una instancia válida de integración regional, de coordinación de políticas macro, de estímulo de la actividad económica o de procesamiento de conflictos entre vecinos. La política argentina (y la izquierda latinoamericana del siglo XXI) hicieron con el MERCOSUR lo mismo que con otras instancias de la vida pública: aquello que debería ser flexible y evaluado en torno a la eficiencia y a su productividad, se convirtió en un mamotreto ideológico, sostenido en cuestiones identitarias (la Patria Grande o Nuestra América) y una estructura desmedida en relación a su impacto en la realidad.

El MERCOSUR dejó hace tiempo de ser una instancia válida de integración regional, de coordinación de políticas macro, de estímulo de la actividad económica o de procesamiento de conflictos entre vecinos.

De hecho, el final de la asociación podría ser fechado en 2005, en el marco del recordado conflicto con las papeleras que terminó en las cortes de La Haya y que no pasó ni cerca del MERCOSUR, ámbito natural donde las partes podrían haber negociado sus diferencias. Significativamente, los países miembros hicieron esfuerzos públicos para sacar el tema papeleras de la agenda común. Buscaban así, paradójicamente, “preservar al MERCOSUR”, como si este sirviera para alguna otra cosa más trascendente, en ese momento, que resolver el grave diferendo que mantenían Argentina y Uruguay.

Los últimos meses ha estallado otra de las crisis recurrentes, cuando Uruguay pidió –razonablemente- alguna flexibilización para poder hacer negocios con China de forma directa e individual. La respuesta de los socios, sobre todo de Argentina, no pudo ser más irracional. Como si alterar el funcionamiento del MERCOSUR fuera una herejía, sin siquiera evaluar el estado de cosas globales, las situaciones nacionales post pandemia, el pobre balance de la asociación en la última década y aferrándose a la letra del Tratado de Asunción (texto fundacional firmado en 1991) cual si fueran las sagradas escrituras.

¿Un modelo alternativo en Asia-Pacifico?

El MERCOSUR se desarrolló en forma opuesta a la de ASEAN y la RCEP (y también al sentido común). El pragmatismo y la eficiencia dejaron de ser valores estratégicos y colectivos cuando el verdadero objetivo de la integración se volcó a la recuperación de un pasado mítico, sostenido en una supuesta unidad identitaria de los pueblos latinoamericanos funcional a relatos progres inmunes a la realidad y al paso del tiempo.

La RCEP mostró todo lo contrario. A priori, hasta pareció sorpresivo que China y Australia, que están en medio de un intenso conflicto, hayan aparcado sus diferencias para confirmar el TLC. Lo mismo con países tradicionalmente ubicados en veredas geopolíticas diferentes como China, Vietnam, Japón y Corea de sur. Sin embargo, bussines are business. Hay que hacer buenos negocios, lo demás no importa nada.

El mérito de haber llegado a concretar la RCEP es fundamentalmente de los miembros de la ASEAN, diez países de tamaños y economías menores si las comparamos con China e India, los dos gigantes de la región. La heterogeneidad recargada es la principal característica de la ASEAN. Sin embargo, encontraron que, más allá de sus diferencias, todos podían beneficiarse de la acción colectiva y que así, además, el poder geopolítico de cada uno se maximizaba.

La ASEAN no tiene un objetivo único, un destino manifiesto y mucho menos un paraguas identitario o coordenadas ideológicas para su funcionamiento.

Desde su fundación, la ASEAN entendió que el pragmatismo era el camino y que por esa vía podían acordar y trabajar conjuntamente países de muy distinto signo y tradiciones: Indonesia y Malasia países de mayoría musulmana que oscilan entre ser democráticos y semidemocráticos, Filipinas, de mayoría cristiana y bajo la presidencia del populista Rodrigo Duterte, Vietnam comunista y Laos ahí nomás, Singapur ícono del capitalismo autoritario, Camboya y Myanmar con dictaduras, Brunei, un sultanato y Tailandia un país budista bajo control militar, pero con elecciones competitivas.

La ASEAN no tiene un objetivo único, un destino manifiesto y mucho menos un paraguas identitario o coordenadas ideológicas para su funcionamiento. Facilitar la seguridad y el desarrollo de sus miembros fue la norma básica que los unió y los mantiene juntos. Por eso han construido una institucionalidad (y una incipiente burocracia) solo a medida que la ASEAN ha mostrado resultados positivos y requería pasar a otro nivel. Incluso el idioma oficial de la asociación es el inglés, para facilitar la comunicación de una región con múltiples idiomas. Por supuesto que integrar la ASEAN no inhabilita a sus miembros para hacer acuerdos económicos con quien quieran por fuera del bloque.

En cada momento los países miembros fueron diseñando sus estrategias en función de lo que la realidad iba exigiendo. En sus inicios, coincidiendo con la guerra de Vietnam, fueron una comunidad de seguridad que solo agrupaba a los países no comunistas. Después, de a poco, decidieron abrirse e integrar al resto. También empezaron a priorizar la economía y la industrialización. Luego ASEAN sirvió para atraer inversiones extranjeras directas y salir de la crisis de 1998 consolidando climas de negocio positivos.

Más recientemente se dedicaron a avanzar en la cuestión de aranceles y facilitar la conectividad, apostando a un mercado más grande y a hacer la economía regional un tanto más abierta, y a la vez, mas complementaria. Sobre todo, confiarle la mayor parte de ese trabajo al sector privado.

A diferencia de América Latina y su permanente intrascendencia, el sudeste de Asia, por su ubicación privilegiada y los múltiples corredores (y recursos) que de allí se desprenden, es escenario constante de las disputas por el poder global y la famosa guerra de Vietnam es sólo un ejemplo de los niveles que puede alcanzar. Y por supuesto, no olvidar que deben lidiar con China y su Ruta de la Seda y el conflicto del Mar de la China Meridional. Pero, a diferencia del MERCOSUR, no patean la pelota afuera, justamente, porque es adentro de ASEAN que aumenta el valor nacional.

ASEAN es una comunidad basada en la necesidad de acordar flexiblemente para conseguir objetivos concretos y su principal obstáculo es, a la vez, parte de una de las definiciones centrales (y pieza crucial de la llamada ASEAN way): no meterse en la vida de los países miembros. A diferencia del modelo europeo y de las pretensiones desmedidas del MERCOSUR, no existe una delegación de soberanía, ni se proyectan faraónicos parlamentos, ejércitos comunes ni se planean complejos instrumentos legales para castigar a quienes se desvíen del “camino correcto”.

Ciertamente, enfrentan dificultades, ciclos mejores y peores y -como en la mayor parte de Asia Oriental- hay cuestiones vinculadas a la democracia, la vigencia de los Derechos Humanos y prácticas ambientales que deben ser señaladas por todo aquel con algún mínimo espíritu liberal. Sobre eso, hay preguntas que necesariamente debemos hacer sin temor a la psicopatía progre de la apropiación cultural y el consiguiente sello del sesgo colonialista. Ambos conforman un combo cancelador que China (y sus voceros especialistas autóctonos) han sabido explotar mejor que nadie.

La coyuntura actual, con el recalentamiento de la región con la formación del AUKUS (alianza entre Australia, Gran Bretaña y Estados Unidos), el aumento de las amenazas sobre la democrática Taiwán, y el giro maoísta 2.0 de China, pone a los países de ASEAN frente a un momento de inestabilidad y debilidad y en medio de un conflicto que escapa a sus posibilidades de control.

Mientras tanto, el gobierno argentino incrementa la producción de papelones internacionales e insiste en acrecentar la dependencia con China, ignorar al sudeste asiático o incluso a la propia India

Pero a la vez, esta nueva situación -abierta luego de la salida de Estados Unidos de Afganistán- y las consecuencias del COVID en las economías ASEAN, puede estimular una coyuntura propicia para explorar nuevas alianzas con países de América Latina. No hay que olvidar que los países ASEAN superan el 3% del PBI global, representan el 7% del comercio mundial y su población sumada asciende a casi 600 millones de personas. Todo ello los coloca como la sexta economía más rica del mundo y la tercera más grande de Asia, luego de China y Japón.

Mientras tanto, el gobierno argentino incrementa la producción de papelones internacionales e insiste en acrecentar la dependencia con China, ignorar al sudeste asiático o incluso a la propia India.

Pocos días después de asumir, el nuevo (ministro de exteriores) Cafiero manifestaba en sus primeras declaraciones públicas que quería una cancillería que «camine el país», que sea «federal» y de «despacho abierto». Saluden al futuro que se va.

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