Sociedad

La reconquista del sentido común

El sistema educativo argentino ha sido eficiente a lo largo de las décadas en educar; la cuestión que hemos desatendido demasiado tiempo es qué; qué se enseña en esas escuelas de primer y segundo nivel y qué en aquellas aulas del sistema universitario nacional.

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Extraña combinación de palabras aquella de “batalla cultural”. Aún más extraña la forma en que comenzó a utilizarse con frecuencia creciente entre aquellos que aún no cedemos al tanguero berretín del qué vachaché. Sí, porque el costo inicial de (sobre) vivir en el que tal vez sea el proyecto político nacional más fracasado del Siglo XX y lo que va del XXI, es ese tamiz cínico con el que se puede llegar a observar el declinar colectivo, sin mayor pena y, por supuesto, sin aspiración a la gloria.

Sin embargo, a algunos (afortunadamente muchos) no nos fue dado el ungüento de la resignación para sobrellevar que el 62% de jóvenes y niños viva hoy debajo de la línea de la pobreza. Tampoco para soslayar con esa nostalgia también tanguera que alguna vez fuimos otra cosa; una en la que el territorio no era una pléyade de villas miserias, en donde el tan vituperado ego argentino se justificaba con premios nóbeles, aviones a reacción, energía atómica, exportación cultural y un sistema educativo envidiado no solo por casi toda américa latina sino también por varios países de Europa. Los argentinos leíamos bien, vestíamos bien y comíamos mejor. Y los que no, aquellos que por las circunstancias propias de un país en crecimiento aún no habían alcanzado tales estándares de vida (típicos de una clase media pujante a la altura de muchas potencias del mundo de aquél entonces), al menos aspiraban a hacerlo mediante el trabajo y el esfuerzo y no viceversa: intentando destruir lo aún no alcanzado para que la pobreza sea la regla y no la excepción.

Es justamente por todo eso, que digo en un principio que somos tal vez el mayor fracaso colectivo contemporáneo que existe en el globo: porque otrora logramos lo tal vez inimaginable, dada nuestra australidad supina, y lo convertimos luego mediante la alquimia de las ideas absurdas, en esta parodia de país en donde la miseria ya se ha carcomido hasta a la esperanza.

Sí, fuimos eso. Y justamente aquí vienen las sutilezas de esa batalla que hoy pretende darse. Porque ese enfrentamiento entre cosmovisiones del mundo no puede acotarse a aspectos económicos como sucede las más de las veces hoy día, básicamente porque éstos son solo subproductos de estos paradigmas y no viceversa. Es necesario entonces ir mucho más allá, y desanclarnos de aquellas afirmaciones absurdas a las que intencionadamente nos ataron para hundirnos en este presente demencial.

En este sentido, véase como se nos ha ido convenciendo con el paso de las décadas de no ser más que otro país latinoamericano; como al mismo tiempo, se nos echó encima ese manto de culpa por mirar a Europa como origen y como faro y por pertenecer a esa egoísta, vende patria, cipaya, fascista clase media, aun cuando justamente ésta no tenga nada de todo eso y haya sido, desde Aristóteles en adelante, el bien más preciado de cualquier sociedad: una vasta clase media anhelante de progreso material y cultural.

A la postre, se vuelve evidente que la subversión tuvo menos de plomo que de tinta, y no por minimizar los horrores criminales de toda esa banda de imbéciles que tiñeron de sangre nuestro suelo con consignas absurdas, en un país que prácticamente no tenía desocupación y cuya movilidad social resultaba la envidia de muchos en el mundo, sino por sopesar los efectos postreros que tuvo la reconfiguración del sentido común para nuestra patria.

Si para muestra sigue valiendo un botón, obsérvese como por intermedio de la ley 27.095, desde 2015, cada 7 de octubre se “celebra” en nuestro país el Día Nacional de la Identidad Villera, como si en lugar de trabajar en conjunto por erradicar la miseria y aumentar el estándar de vida de nuestra población, se convirtiese a ésta en una especie de anhelo identitario que debe protegerse y honrarse en lugar de combatirse. En el mismo sentido, el “soy peronista, maradoniano, populista, negrero, etc. Ante la disyuntiva planteada, por Domingo Faustino Sarmiento, yo estoy con la barbarie” que supo afirmar el actual Ministro de Ambiente, Juan Cabandié en 2010, deja de verse como un instante de arrebato lisérgico del miembro de La Cámpora y puede entenderse más bien, como su proyecto de país.

La dicotomía sarmientina que obsesiona a los cabandié del establishment, sigue hoy más vigente que nunca, aunque esta ya no tenga que ver con el enfrentamiento entre campo y ciudad, como les gusta azuzar a algunos astutamente, sino entre un modelo tan ubicuo como violento, embrutecedor, irracional y pobrista, y otro basado en los valores primarios de cualquier sociedad medianamente moderna y próspera: el progreso, el orden, la libertad, la producción, el trabajo, la justicia, el diálogo y, sobre todo, la racionalidad. Y si algo aterra a ese otro lado de la grieta permanente, es que como pudo verse en 2008, muchos en el campo y otros tantos en la ciudad, pueden hermanarse frente a esta amenaza, sin distinción de avenidas o tranqueras.

La gran pregunta del final es como puede haberse propagado tanta estupidez conceptual, tanta barbarie intelectual, al punto de que esta sea sostenida incluso insospechadamente por sus propias víctimas, las más de las veces. Y la respuesta, aunque difícil de aceptar para muchos es: por la escuela. El sistema educativo argentino ha sido eficiente a lo largo de las décadas en educar; la cuestión que hemos desatendido demasiado tiempo es qué; qué se enseña en esas escuelas de primer y segundo nivel y qué en aquellas aulas del sistema universitario nacional.

En tal sentido, los propagadores de esta barbarie colectiva han sido inteligentes en penetrar nuestras currículas instalando como verdad científica su arbitrario paradigma. Cientos de miles de jóvenes, cada año, pasan por el sistema educativo formal aprendiendo, entre otras cosas, que la pobreza es producto de los empresarios, que el Estado está ahí para protegerlos de ellos, que la patria es una bandera llena de colores que cruza todas las fronteras, que Julio Argentino Roca es solo un asesino, que Perón fundó la patria y que Kirchner la dignificó. Que luego de 14 años de escolarización obligatoria no puedan entonces ni interpretar un texto ni completar un curriculum, a nadie importa, mientras puedan reproducir acríticamente las tonterías que les han prodigado.

Decía al comienzo que resulta extraña la combinación de palabras como batalla y cultura, justamente porque esta última tiene mucho menos de enfrentamiento que de amor y seducción. La cultura no es otra cosa que el modo de ejercer la vida; el continente de formas, por ejemplo, de producir, de cocinar, de relacionarse con otros, de hacer arte y de celebrar. Por tanto, la cultura no puede propagarse mediante el plomo o el garrote, aunque tantas veces se haya intentado, porque sin el amor que proviene de lo verdadero esta se vuelve una pantomima artificial que languidece, mientras florece a su alrededor la contracultura necesaria, una y otra vez.

Por tanto, la mentada batalla cultural que se proponga dar vuelta la página mortecina en la que se inscribe nuestro país hoy, no debiera implicar menos que un heroico animarse; animarse a vencer la espiral del silencio que proviene de un sentido común implantado, falso, violento y organizado, y animarse a vivir la vida según los valores que conllevan al progreso y la armonía y no a la violencia y la destrucción. Y para ello no hace falta más que coraje para hablar, escribir y para estar lado a lado con quienes se animan a enfrentar esta hegemonía circunstancial. Sin medias tintas y sin temor ni al escarnio ni al rechazo, y esgrimiendo en todo momento el escudo de la verdad y la espada de la convicción. –

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