Política

Fallo democrático

Sesgos sistémicos en las elecciones argentinas

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Cada vez que se aproxima un turno electoral, se repiten una y otra vez las referencias a que “la gente no sabe votar”, “la gente vota mal”, “la gente es cómoda y no quiere cambiar”, y una larga retahíla de pseudo-explicaciones que intentar dar cuenta de los resultados eleccionarios, máxime cuando se espera que no coincidan con los gustos del analista.

Explicar qué vota el elector puede abrevar en distintas vertientes analíticas. Una posibilidad es la de nutrirse del enfoque desarrollado por Bryan Caplan, quien explica las decisiones que toma el votante como propias de seres irracionales y con fuertes sesgos en sus ideas económicas, que los impulsan a definiciones específicas por quién votar o por quién no votar.

Esa irracionalidad se afianzaría en el costo: tomar decisiones irracionales en la vida diaria (comprar un kilogramo de papas, optar por un trabajo, elegir una carrera universitaria, enamorarse de otra persona), si son sistemáticas, acarrearían tantos costos que harían inviable vivir de ese modo. Sin embargo, cuando el costo es bajo o muy bajo, las personas pueden tomar decisiones eleccionarias sin percatarse ni sufrir inmediatamente ese costo (“voto a X o a Z, total mi voto no cambia nada”). En otras palabras: actuar irracionalmente cuando el costo es bajo se torna racional.

Alejándose ligeramente de la teoría convencional de la elección pública (y mucho más de los postulados de la economía conductual) Caplan replantea la noción de fallo democrático. Mientras los analistas tradicionales de la mencionada teoría hacen hincapié en que dicho fallo se deriva de la intersección entre políticos y burócratas -egoístas y bien organizados-, agentes con intereses específicos a costa del resto de la sociedad -rent-seeking- y electores indiferentes e ignorantes, Caplan centra la explicación en la actitud del público elector: los gobernantes son conocedores de lo que los electores quieren y piensan (con sus sesgos), y hacen en consecuencia (sin importar las consecuencias de ese hacer), retornando ese accionar en ganancias de votos en las elecciones subsiguientes.

El denominado “efecto dotación” implica que las personas tienden a valorar algo por el solo hecho de poseerlo. Aun cuando puedan existir razones valederas para desprenderse de esa posesión, tal efecto hace que esas personas no atiendan a esas razones y se aferren a su posesión.

El enfoque de Caplan detenta múltiples aristas, todas ellas interesantes y disparadoras de reflexión y discusión. Sin embargo, y apelando a la visión mertoniana de las teorías intermedias, quizás para contribuir a la explicación de porqué la gente vota lo que vota, es factible apelar a herramientas derivadas de, precisamente, un enfoque sumamente criticado por Caplan, como es el de los sesgos cognitivos identificados desde la perspectiva de la economía conductal.

Como señalamos más arriba, frente a las consecuencias negativas de la aplicación de malas políticas en determinados territorios, se suelen leer expresiones del tipo “se lo buscaron”, “que se la aguanten por votar a esos”, “hubieran votado bien”, etc. Se trata de reacciones viscerales, nacidas desde la impotencia, aunque también desde la ignorancia de las causales que impulsan esa dirección de la votación. Algunos conceptos de la economía conductal pueden ayudar a entender y explicar porqué sucede lo que sucede.

El denominado “efecto dotación” implica que las personas tienden a valorar algo por el solo hecho de poseerlo. Aun cuando puedan existir razones valederas para desprenderse de esa posesión, tal efecto hace que esas personas no atiendan a esas razones y se aferren a su posesión. Y esto se ve agudizado cuando el contexto no contribuye a que ese “algo” pueda ser reemplazado por otra cosa.

Colateralmente, el “efecto dotación” se refuerza con otra cuestión: la “aversión a la pérdida”. Los experimentos de economía conductal demuestran claramente que los agentes sufren más las pérdidas de lo que disfrutan las ganancias.

En tanto esto, se refuerza el apego a la dotación que detentan: “Tengo algo que es mío, no quiero perderlo, aunque lo que pudiera ganar sea mejor; ¿qué pasaría si no lo ganase y a la vez perdiese lo que tengo? No, mejor me quedo con lo que ya tengo. Más vale pájaro en mano que cien volando.

Esta combinación de “efecto dotación” con “aversión a la pérdida” conducen a generar el llamado “sesgo de statu quo”: ante una posibilidad de cambio -de resultado incierto- ese sesgo impulsa a ver claramente los beneficios de mantener la situación tal y como está en el presente (el statu quo).

La población de amplias zonas del país, que vienen de generaciones tras generaciones adaptadas a vivir pavlovianamente (“te doy y vos reaccionás votándome”), desarrollan el “sesgo de statu quo” de manera lógica y natural.

Aunque existan razones valederas (objetivamente valederas?), el “efecto dotación” (lo que se tiene -un empleo público- y/o lo que se recibe -planes sociales, subsidios diversos, bolsones de comida-) sumado a la “aversión a la pérdida” (“qué pasa si me rebelo y no lo voto?, pierdo mi empleo/plan/subsidio/bolsón?”), terminan por reforzar el “sesgo de statu quo”.

Así, entonces, reclamar “que reaccionen” es entendible como respuesta visceral, mezcla de indignación e impotencia, pero es poco realista desde la práctica social que se desenvuelve en sociedades compuestas por miles de agentes donde el “efecto dotación” y la “aversión a la pérdida” consolidaron un férreo “sesgo de statu quo”.

La combinación de “efecto dotación” con “aversión a la pérdida” conducen a generar el llamado “sesgo de statu quo”: ante una posibilidad de cambio -de resultado incierto- ese sesgo impulsa a ver claramente los beneficios de mantener la situación tal y como está en el presente.

Cambiar la situación derivada del predominio de ese sesgo no es fácil ni se hace tuiteando desde un cómodo sillón y rebozando indignación. Richard Thaler apuesta a los “nudge” (empujoncitos) para incentivar los pequeños cambios de actitud que, de a poco, terminan de neutralizar aquel sesgo.

No es seguro que ese mecanismo sirva para la situación sociopolítica argentina, pero en cambio sí es seguro que señalar a la población local como culpable de su propia situación, sin contextualizar el porqué de eso, solo sirve para reforzar la aversión a la pérdida, para que se abracen a su dotación y así abroquelarse en el statu quo.

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