Cultura

El fin de la infancia

Minotauro, 227 páginas, edición 2008

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El 5 de abril de 2063, poco después de la Tercera Guerra Mundial, el científico Zefram Cochrane probará en el espacio exterior un motor de empuje por curvatura (warp). La hazaña sin precedentes llamará la atención de una civilización alienígena benévola, organizada según los preceptos de la lógica, que desde hace tiempo observaba a los terrícolas. Es probable que el apretón de manos entre Cochrane y los visitantes de Vulcano se haya convertido en el más famoso Primer Contacto de la ficción científica (escribir “ciencia ficción” es un error) de nuestro tiempo, pero naturalmente no es el único que puede atrapar nuestra imaginación.

Arthur Charles Clarke (1917-2018), uno de los maestros del género, sitúa el Primer Contacto a fines de la década del cincuenta, en plena guerra fría. Colosales naves flamean sobre las capitales del mundo, justo cuando Estados Unidos y Rusia se habían enzarzado en una alocada carrera espacial. La raza humana ya no estaba sola. Los Superseñores, cuyo aspecto recuerda a un ser que ha aterrado a los niños de todos los tiempos, arrean a la humanidad a una Edad de Oro. Bajo una suerte de administración colonial basada en la ciencia y la razón, desaparecen la ignorancia, la enfermedad, la pobreza y el temor al cabo de cincuenta años. El precio pagado parece poco: se abolieron el arte y la aventura. Pero ésta generación afortunada será la última del Homo Sapiens sobre la Tierra. El oro es también el color del crepúsculo.

El fin de la infancia (Minotauro, 227 páginas, edición 2008) fue entregada por primera vez a la imprenta en 1954. Se trata de uno de esas obras de ficción razonada que desgranan un concepto en casi todos los párrafos. La apuesta es fuerte: Clarke ofrece una teoría total del universo. La prosa seduce por su elegancia y por su humor inteligente, un par de toques típicamente ingleses. La trama abarca la trama un siglo y medio de historia humana.

Dos virtudes hacen a la novela muy recomendable: las ideas que expone; y la imaginación portentosa sentado en el timón. Mr. Clarke nos cautiva no sólo con el Primer Contacto, también fragua una Edad Utópica de la humanidad (entre todas las creencias religiosas solo subsiste en ella una especie de budismo purificado); retrata el mundo colosal de los Superseñores en el centro de la constelación Carina; especula sobre Dios (la Supermente), la evolución natural y las paradojas de los viajes espaciales (¡oh!, la dilatación del tiempo); y profetiza un final de nuestra especiae que se opondría por igual al pesimismo y al optimismo. Deja un advertencia: “Los hombres y mujeres somos como niños que juegan y pelean dentro de un parque, lejos de las realidades terribles del mundo exterior», es decir de las fuerzas insuperables que provienen del espacio profundo.

Arthur Clarke, el racionalista esperanzado, tiene la gentileza de diseñar para sus lectores un proyecto de comunidad perfectaNueva Atenas, dedicada a salvaguardar tradiciones artísticas, bajo la atenta mirada de los Superseñores. La utopía brota pues en un par de islas paradisíacas del Pacífico y se basa en la ciencia moderna y en los pacientes estudios de los psicólogos sociales. El sistema funciona bien porque nada trascendente puede hacerse sin la aprobación de los comités respectivos (los cargos duran un año y son rotativos) y que porque la comunidad es lo bastante reducida (50 mil habitantes) para que todos tomen parte en su dirección y ser, de ese modo, verdaderos ciudadanos (¿el secreto del modelo escandinavo?). El ideal de Nueva Atenas es que todos traten de hacer algo, por pequeño que sea, mejor que los demás.

Un rasgo curioso del libro es que si bien la ideología clarkeana postula que la ciencia debe ser la única certeza, al final se acepta que hay poderes en la mente que los científicos no pueden encerrar. Las limitaciones del tiempo y del espacio no existen para los poderes parafísicos. Causas y efectos, incluso, pueden trastocarse.
 

La historia de la culminación de la especie humana que se le ocurrió al autor de Odisea 2001  abarca ciento cincuenta años fascinantes, como se dijo más arriba. Desde el Primer Contacto hasta el Ultimo Hombre. Quizás ese final, que no es trágico, sino melancólico, es lo que tratan de decirnos las antiguas religiones, conjetura Clarke, el genio.

Calificación: Muy bueno
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