Sociedad

Disidencia y batalla cultural

Esta referencia pública constante a la batalla cultural es un fenómeno relativamente nuevo. Quiero decir, la batalla en sí tiene ya mucho tiempo, pero no el hecho de su reivindicación en la cosa pública.  

Compartir:

La noción de batalla cultural irrumpió en la vida pública en los últimos tiempos. Presente desde hace años en ámbitos más restringidos, como el académico, se expone hoy en los medios de comunicación, también en las estructuras del poder político-partidario y ni que hablar en la palestra de las redes sociales, donde se la usa a destajo. Esta referencia pública constante a la batalla cultural es un fenómeno relativamente nuevo. Quiero decir, la batalla en sí tiene ya mucho tiempo, pero no el hecho de su reivindicación en la cosa pública.  

Sin embargo, como tanto sucede en estos tiempos, la definición de esta noción resulta opaca, pues todo el mundo la menta, pero pocos puedan dar cuenta de su significado auténtico. En este breve artículo, y de la mano de los que mucho saben, trataré de echar algo de luz respecto de esta confrontación en la que, lo queramos o no, estamos inmersos.

¿Qué es la batalla cultural?    

Lo que está en juego en esta batalla es la propia existencia de la comunidad política.

Cabe decir en principio que toda batalla es parte de una guerra. A mi entender, la batalla cultural es parte de la guerra revolucionaria cuyo objetivo último es lograr el poder total y absoluto en todos los órdenes.  

En segundo término, es preciso señalar que si hay batalla es porque existen dos bandos contendientes. Como en toda guerra, hay “amigos” y “enemigos” y, en principio, es bueno que eso suceda pues significa que existe en la comunidad la voluntad y la decisión de subsistir políticamente. La vocación de dar pelea. Porque lo cierto es que, y esta es la tercera cuestión, lo que está en juego en esta batalla es la propia existencia de la comunidad política.

Esta batalla que se libra hoy tiene dos planos estrechamente vinculados. Uno es el plano de los Estados nacionales, el otro el de globalismo o, al menos, lo que antes se denominaba el “Occidente”. Esos planos, o lugares, en los que se desarrolla la batalla cultural, están imbricados, terminan siendo uno sólo, aunque con matices, como veremos.

En el plano de lo nacional, es difícil pensar la batalla cultural a partir del sistema político-partidario. De hecho, hoy casi todos los espacios políticos hablan y pregonan la “batalla cultural”, aunque en realidad muchos de ellos se refieren a la batalla por los votos, que es otra cosa. Lo cierto es que la generalidad de los partidos, más allá de matices de conductas o disidencias parciales, comparte la agenda hegemónica de la batalla cultural. 

Por otro lado, para terminar con esta introducción, decimos que la batalla cultural que señalamos implica -ni más ni menos- la imposición de una visión del hombre y del mundo. Es decir, que el que la gane, se queda con todo.  

Sociedad civil y sociedad política

Decíamos que la batalla cultural proviene o es parte de la Revolución Cultural propia del marxismo. En su versión occidental –quiero decir, más allá de lo acaecido en la URSS o en China, donde se libró también una “revolución cultural – el origen de esta batalla se encuentra en el pensamiento del marxista italiano Antonio Gramsci, quien formuló una teoría y una praxis aplicada en todo el mundo occidental.

La escuela, los medios de comunicación, la Iglesia, y su misión en el marco de la batalla ideológica, es la creación e imposición de un nuevo sentido común, de un nuevo modo de pensar. 

Una de sus cuestiones más originales del pensamiento gramsciano es la distinción entre sociedad civil y sociedad política. Para Gramsci, la sociedad civil es “el conjunto de los organismos denominados privados que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante ejerce sobre toda la sociedad”[1]. Para él la sociedad civil es el campo de batalla donde se dirimen las ideologías, para lograr la hegemonía –la supremacía- sobre las clases subalternas. Esos grupos u organismos son la escuela, los medios de comunicación, la Iglesia, y su misión en el marco de la batalla ideológica, es la creación e imposición de un nuevo sentido común, de un nuevo modo de pensar. 

Pero, por otro lado, Gramsci señala la existencia de la sociedad política, esto es “los organismos que ejercen una función coercitiva y de dominio directo en el campo jurídico, político y de la fuerza armada”. Para él, la sociedad política es el Estado. 

Así, la total hegemonía intelectual o ideológica de la sociedad civil, aunada con la coerción de la sociedad política, redunda en la victoria en la batalla cultural. Para definir esto Gramsci utiliza un concepto interesante: “hegemonía acorazada de coerción”, es decir el mecanismo mediante el cual el Estado blinda, acoraza, a la ideología dominante en la sociedad civil.

Para Gramsci, lo esencial es conseguir la hegemonía intelectual. Ese es el primer paso. Y ese paso es esencialmente la batalla cultural. Entonces, ¿cuál es el fin que persigue esta batalla cultural? Pues la toma del poder mediante la transformación, el trastocamiento, del sentido común. Pero no sólo el poder político -la cooptación de la instancia estatal o sociedad política-, sino también el poder económico, el ideológico y lo que podríamos llamar espiritual, es decir, el dominio sobre todas las personas.

El lenguaje en la batalla cultural   

Gramsci planteó la necesidad revolucionaria de la cooptación de las “casamatas de la cultura” en la sociedad civil, esto es la educación, la Iglesia, los medios de comunicación, la colonización ideológica de la justicia, de la cultura, etc. Esa tarea, esa guerra de zapa ideológica, tiene a la ideologización del lenguaje por arma principal.  De hecho, Gramsci fue el primer sistematizador de la estrategia de la guerra semántica, esto es la utilización del lenguaje como arma ideológica, aunque no fue el último, pues su “descubrimiento” sigue vigente en nuestras sociedades gobernadas por una democracia que se vuelve cada día más totalitaria. 

Han maximizado el potencial del lenguaje para trasmutar el sentido común, partiendo de la desnaturalización y deconstrucción de todas las normas sociales.

Es cierto que no se trata de una cosa nueva ni inventada por el comunismo -de hecho, los “clubes” iluministas de la Francia prerrevolucionaria planteaban justamente eso con la creación de la llamada “opinión pública”- pero la izquierda le ha dado un sentido nuevo, profundizándolo, y llevando adelante un proceso de “deconstrucción” del lenguaje que le ha permitido subvertir –invertir- múltiples realidades. Han maximizado el potencial del lenguaje para trasmutar el sentido común, partiendo de la desnaturalización y deconstrucción de todas las normas sociales.

En este proceso de “resignificación” de toda la realidad, quizás ningún ejemplo es tan claro como el de la tan mentada “transversalización” de la “perspectiva de género”, al punto de que no hay ámbito social que no esté atravesada por la imposición de esa ideología. 

El papel del Estado

Hemos visto que para Gramsci, como para el neomarxismo (el del “ideólogo kirchnerista Ernesto Laclau, por ejemplo), la sociedad política es el Estado, esto es los organismos o instituciones que administran el poder de coerción y dominio. Por caso, es común escuchar a Alberto Fernández hablar del Estado cuando en realidad se refiere al gobierno del Estado, circunstancialmente administrado por su partido o frente político. 

No podemos seguir sosteniendo el equívoco de que el gobierno es el Estado. Hablando con rigurosidad, lo que llamamos Estado es la sociedad política, es decir una “sociedad de sociedades”, en la que se participa al pertenecer a una familia, a un gremio, a una empresa, o a un municipio y no sólo a través de la actividad político-partidaria.

Casi huelga decir que el Estado, la comunidad política, tiene por fin último al Bien Común, que no es el bien individual, ni es la suma de los bienes individuales; sino el bienestar integral de la sociedad como un todo. El contenido de ese bien común incluye el orden, la concordia política, el derecho, la satisfacción de necesidades materiales, la realización de valores culturales, éticos, políticos y espirituales.

Los Estados actuales, y pensamos primero y antes que nada en el argentino, están cada vez más lejos de ser promotores de ese Bien Común pues, aún bajo la forma de gobierno democrática, padecen cada vez más el virus totalitario. Y cuando decimos totalitarismo, queremos decir tiranía.

Pues bien, los Estados actuales, y pensamos primero y antes que nada en el argentino, están cada vez más lejos de ser promotores de ese Bien Común pues, aún bajo la forma de gobierno democrática, padecen cada vez más el virus totalitario. Y cuando decimos totalitarismo, queremos decir tiranía.

En pos de claridad, pensemos por ejemplo en la cuestión de la división de poderes, que durante mucho tiempo fue el non plus ultra de la garantía de una sociedad libre. Hoy el gobierno del Estado se ríe de los preceptos de Montesquieu y busca la refusión de esas tres ramas del poder, para concentrarlas en un todo monolítico. Como ha expresado Juan Ángel Soto, “el despliegue del Leviatán hobbesiano que observamos hoy resulta en verdad inédito”[2]. En Argentina esto es cosa conocida: siempre bajo la excusa de las cíclicas crisis, vivimos en un estado de excepción permanente que ahora se ha visto sumamente agudizado, so pretexto de la pandemia. 

 Al respecto, cabe citar en extenso a Giorgio Agamben, filósofo que proviene del marxismo, quien logra explicar lo que hoy sucede con el Estado y la sociedad en el marco del estado de excepción pandémica como regla.   

 

Lo que la epidemia muestra claramente es que el estado de excepción, al que los gobiernos nos han familiarizado desde hace tiempo, se ha convertido en la condición normal. Los hombres se han acostumbrado tanto a vivir en un estado de crisis permanente que no parecen darse cuenta de que su vida se ha reducido a una condición puramente biológica y ha perdido no sólo su dimensión política sino también cualquier dimensión humana. Una sociedad que vive en un estado de emergencia permanente no puede ser una sociedad libre. Vivimos en una sociedad que ha sacrificado su libertad por las llamadas «razones de seguridad» y que así se ha condenado a vivir continuamente en un estado de miedo e inseguridad[3].

En nuestro país, un buen ejemplo de este permanente estado de excepción es el proyecto de ley que el Presidente acaba de enviar al Congreso y que es copia de la norma que Ángela Merkel impuso en Alemania. El proyecto de marras conlleva más y más restricciones, más facultad de gobernar a los decretazos, más suma del poder público y por lo tanto menos estado de derecho. Insistimos en esto, de acuerdo al precitado Soto: “las medidas de confinamiento a las que nos vemos sometidos se tratan, además de lo evidente, del mayor experimento social de la historia de la humanidad”[4].  

Pero conviene recordar que la excepcionalidad del Estado, y su patología monolítica, no implica la distracción de la “agenda” ideológica. En efecto, bajo la acción de lo que antes se llamaba “grupos de presión”, que hoy vemos como minorías radicalizadas, el gobierno del Estado acata directivas ideológicas en procura de no defraudar los objetivos de la Agenda impuesta globalmente por organizaciones supranacionales.

Pensemos en dos ejemplos claros: los feminismos radicales (emergentes del trotskismo) y las pretensiones político-territoriales del terrorismo indigenista. Ambas minorías, ajenas por entero al bien común de la comunidad, encuentran la satisfacción plena de sus locas exigencias en las instituciones del Estado democrático. La Ley de legalización del aborto y el reciente fallo de la Corte Suprema respecto del “derecho de la Nación Mapuche” a no reconocer autoridad al estamento municipal, suponen dos casos paradigmáticos de lo venimos diciendo.

Como dijimos arriba, la batalla cultural se desarrolla en dos planos interrelacionados: la instancia nacional, la del Estado nación, y la global de los órganos supranacionales. Veamos ahora qué significación posee el mandato globalista en la batalla cultural.

Globalismo y batalla cultural

Nos encontramos ante una paradoja. Por un lado, el Estado nacional adquiere carácter monolítico, con el solapamiento de la división de poderes y el estado de excepción como regla, pero por otro se debilita cada vez más por el poder del llamado globalismo. En efecto, los gobiernos se encuentran cada vez más constreñidos y limitados ante los dictados de los poderes globales que les exigen concesiones respecto de la soberanía. De ese modo, para poder sostenerse en el poder, los gobiernos conceden cada vez más privilegios a las instancias supranacionales, en desmedro de la soberanía política, territorial, económica y jurídica.

La batalla cultural se desarrolla en dos planos interrelacionados: la instancia nacional, la del Estado nación, y la global de los órganos supranacionales.

La sujeción al Foro de San Pablo y al Grupo de Puebla, por caso, es significativa a este respecto. En estos nucleamientos de la izquierda, en el que convergen presidentes, partidos políticos, líderes de organizaciones sociales y grupos narcoterroristas, se encuentran las bases ideológicas de los violentos alzamientos que padecen, por ejemplo, Chile y Colombia. Levantamientos éstos que, a no dudarlo, cuentan con el aval de medios de comunicación y de las poderosas elites sin rostro.  

Pero no sólo de generar catástrofes y convulsiones sociales vive el Foro de San Pablo pues también representa una punta de lanza para la “batalla cultural” en el sentido que venimos señalando. Son estos enclaves ideológicos los que promueven la sistemática deconstrucción de nuestras sociedades, al ritmo de la máxima marxista siempre vigente: “cuanto peor, mejor”.            

Pero el Foro de San Pablo es también una caja de resonancia de la Agenda impuesta por el Globalismo. Pensemos, por sólo dar un ejemplo, en los Objetivos del Desarrollo Sostenible, dados en el marco de la Agenda 2030, y veremos cuántas coincidencias hallamos entre el proyecto de la ONU y el de los grupos de la izquierda radicalizada reunidos en torno de San Pablo y Puebla. Bajo el “paraguas” del Desarrollo Sostenible, se sostiene la igualdad de género, la educación inclusiva, la “vida sana”, el cambio climático, el nuevo giro de los derechos humanos y un largo etcétera. La agenda globalista y la agenda izquierdista suelen ser un solo corazón. El viejo internacionalismo marxista, mixturado ahora con la exigencia globalista de la renuncia a las soberanías nacionales en pos de un “único mundo”[5].

A modo de conclusión: la disidencia   

La “batalla cultural” no es una rencilla electoral, ni un combate por los cargos. Es una batalla por la propia existencia de la comunidad. Y casi huelga decir que la venimos perdiendo o, lo que es lo mismo, que la viene ganando ese “progresismo” global que atenta contra las comunidades de nuestras patrias. No obstante, debemos seguir en la brecha, en orden a defender nuestra auténtica libertad. Pienso ahora en unas palabras de José de San Martín, que vienen muy a cuento en nuestros días aciagos. Esto le escribía el Libertador al General Guido: 

Los hombres no viven de ilusiones sino de hechos. Que me importa que se repita hasta la saciedad que vivo en un país de libertad, si por el contrario se me oprime. ¡Libertad! ¿Para que un hombre de honor se vea atacado por una prensa licenciosa, sin que haya leyes que lo protejan? ¡Libertad! ¿Para que, si me dedico a cualquier género de industria, venga una revolución que me destruya el trabajo de muchos años y la esperanza de dejar un bocado de pan para mis hijos? Maldita sea tal libertad, ni será el hijo de mi madre el que vaya a gozar de los beneficios que ella proporciona, hasta que no vea establecido un gobierno que los demagogos llamen tirano y que proteja contra los bienes que brinda tal libertad.

En defensa de la libertad de nuestra comunidad, a nosotros nos queda la disidencia. En efecto, frente al status quo político, y también mental, nosotros somos los verdaderos disidentes. Pienso en la disidencia en el sentido que esta adquirió bajo el totalitarismo soviético y que llevaban a cabo personas o grupos que lo enfrentaban. Es cierto que la disidencia conlleva acallamiento, persecución, hostigamiento y quizás medidas más extremas, según vemos.

En aquellos años de opresión totalitaria en la URSS la disidencia creó el sistema de samizdat, que era el circuito de la copia y distribución de la literatura prohibida por la tiranía y que servía para sortear la censura y la persecución. Hoy las cosas han cambiado, sólo porque ya no utilizamos el mimeógrafo, pero el sentido de la disidencia es el mismo.

En la escuela, la Universidad, en el juzgado o la fiscalía, la dirección de una pyme, o en el Congreso, como es mi caso, hay que cultivar la disidencia, sin aceptar la hegemonía revolucionaria de los que presentan la destructiva batalla cultural. La disidencia es, en principio, nuestro modo de pelear esa batalla que amenaza nuestra existencia como comunidad. Ser disidentes para enseñar perentoriamente que hay otra concepción del hombre, de la política, de la economía, del mundo. Para señalar con fuerza que el matrimonio y la familia subsisten, que las tradiciones siguen vigentes, que la Patria aún vive, que hay un orden natural por defender, que la fe sigue siendo el resguardo y el motivo de nuestra esperanza.


[1]. – Véase Eduardo Martín QUINTANA: Aproximación a Gramsci, Buenos Aires, Educa, 2000.

[2]. – Juan Ángel SOTO: El despertar del Leviatán en un mundo distópico, en: AAVV: Pandemónium. ¿De la pandemia al control total?, edición digital, 2020.

[3]. – Giorgio AGAMBEN: ¿En qué punto estamos? La epidemia como política,2020.   

[4]. – SOTO, Op.Cit

[5]. – Véase el magnífico libro de Juan Claudio SANAHUJA: El desarrollo sostenible. La nueva ética internacional, Buenos Aires, Vórtice, 2003. 

Compartir:

Recomendados